LILIA LARDONE/Vidas de mentira y otras verdades
Nació en Córdoba, el 24 de octubre de 1941, pasó su infancia en un pueblo de esa provincia y estudió Letras en la Universidad Nacional de Córdoba. Gestora cultural de intensa actividad, capacitadora docente en lectura y literatura destinada a niños y jóvenes y coordinadora de talleres de escritura, publicó las novelas Puertas Adentro (Alfaguara, 1998/Babel Ediciones, 2008) y Esa chica (Rubén Libros, 2006), los libros de cuentos Vidas de mentira (Alción, 2003), Vidas de mentira y otros relatos (Babel Ediciones, 2011) y Papiros (Grupo Editorial Norma, 2002) y para niños, entre otros, las novelas Caballero Negro (Primer Premio Latinoamericano de Literatura Infantil y Juvenil Norma/Fundalectura, Bogotá, 1999) y La fábrica de cristal (Siete Vacas, 2007), los cuentos ilustrados Los Picucos (Comunicarte, 2005), El nombre de José (Edelvives, 2010) y El día de las cosas perdidas (Edelvives, 2010) y el libro de poemas La niña y la gata (Comunicarte, 2007). Ha realizado intensa tarea como recopiladora y antóloga: Azor Grimaut, antología. Recopilación y notas (Editorial Municipal de Córdoba, 1993), Nunca escupas para arriba. Selección de coplas de Córdoba (Colección Los Fileteados, Colihue, 1994), El Cabeza Colorada. Cuentos cordobeses (Colección Los Fileteados, Colihue, 1997), Córdoba cuenta, antología de literatura para niños (Comunicarte, 2010) y Es lo que hay. Antología de la narrativa joven en Córdoba (Babel Editorial, 2009). Publicó los libros de poemas Pequeña Ofelia (2003) y diario del río (2003), ambos en Ediciones Argos, el ensayo Poesía & Infancia. Estudio crítico sobre la difusión de la poesía en la escuela (Colección Piedra Libre al debate, CEDILIJ, 1997) y los libros sobre talleres de escritura realizados en colaboración La escritura en el taller (Anaya, 2008) y El taller de escritura creativa (Comunicarte, 2011)
Ella dijo
Me gustan las historias de gente común. No de grandes heroínas, ni de excepcionales talentos, ni de poderosos, sino de gente que vive en pueblos, caso Puertas Adentro, o en ciudades, como en Esa chica. Mi interés está en entregar al lector una trama casi siempre llena de huecos –la vida está llena de huecos- e invitarlo a contribuir con su experiencia personal para completarlos. Son los espacios vacíos de la escritura los que llaman a una participación más activa del lector. Para eso escribo. Historia de gente común, Entrevista a Lilia Lardone, Revista nómada, Universidad Nacional de San Martín, Año 2, Número 12, Buenos Aires, 2008. Por Leandro Calle (entrevista completa en www.lilialardone.com.ar )
Lo femenino es lo privado, todavía. Es la esfera en la que ocurren los hechos más fuertes de la vida de las mujeres. En las pequeñas poblaciones, detrás de vidas que en lo público parecen opacas, hay una suma de pasiones, represiones y acciones dignas de la aventurera más audaz. La vida privada en los pueblos se construye en torno al poder de observación de los gestos más pequeños, que son vestigios de grandes tormentas personales enterradas. Las mujeres de Puertas Adentro observan y son observadas, hablan poco, pero se hablan a sí mismas todo el tiempo. Entrevista de Jorge Barón Biza-La Voz del Interior, 3 de diciembre de 1998 (entrevista completa en www.lilialardone.com.ar )
Se dijo de ella
Lilia Lardone lee la infancia, no sólo como raíz o talismán (tampoco como simple conjuro del dolor) sino como secreto, como inscripción a descifrar. Paulina Vinderman, contratapa de Pequeña Ofelia.
Puertas Adentro es una gran novela sobre la incomunicación. Lilia Lardone explora aquí el precio que las personas pagan por mantenerse fieles a principios en desmedro de sus pasiones. En este sentido, Lardone acierta en el planteo psicológico de los personajes. Traza un mosaico en el que los conflictos generacionales no se resuelven en una moralina vacía de sentido: se transforman en un interrogante acerca del sentido profundo de ciertas convenciones sociales. Fernando Esteves – Revista Ágata, Buenos Aires, 1998.
Lilia Lardone despliega su literatura como en destellos, en frases que de repente abren una herida en el registro diáfano del relato e implantan la inquietud. Emanuel Rodríguez, La Voz del Interior, 21/9/06
…cuentos asentados sobre un lenguaje necesario y cuidado, a la vez que habla sobre desamores, memorias inútiles, pequeñas y grandes penas de las gentes que se mueven en los escenarios de todos los días y sienten el filo de la verdadera cara de la vida puesta en palabras. Angélica Gorodisher, contratapa de Vidas de mentira.
La época dorada se ubica bastante atrás, en un espacio indefinido e inmenso. En la época dorada la madre es joven, muy bella, y se viste con trajes de los que dan testimonio las fotografías color sepia. Las telas cuelgan de su cuerpo esbelto, ciñen ciertas zonas, aflojan en otras, y trasmiten una sensación de elegancia natural. El lugar de la belleza, entonces, es la madre.
También el del amor, no hacia la hija, sino el amor al padre. Padre había desaparecido pero se cumplía una extraña condición, contraria a las leyes físicas de los cuerpos: aún muerto, su presencia tenía más peso que la de los otros. Su memoria, los trazos de las huellas que dejara, poseían más consistencia que una vida cualquiera de los cotidianos visitantes a la casa. La memoria del padre, sólida e inconmovible, pertenece a una zona sin discusión, sin posible resistencia: Padre ha sido maravilloso, el mejor padre, el mejor esposo, el mejor hijo. Y por más que la hija se esfuerza en recuperarlo, es su culpa que el recuerdo no venga más que a través de las fotografías.
ESTA IDEA DEBE DEFINIRSE CADA VEZ MÁS
Aproximación, CÁMARA RÁPIDA: el muchacho de la foto tiene una corbata moñito. Cómo, en un pueblo perdido en medio de la pampa gringa, alguien pudo fotografiarse en una mañana de invierno, sentado en el banco de la plaza, la pierna derecha cruzada sobre la izquierda con provocación, los brazos abiertos y apoyados sobre el borde superior del banco de la plaza, abarcándolo, con el sombrero que tapa un poco el letrero del Banco, la corbata moñito y el traje de grandes solapas, impecable.
En el pueblo, en el Club Recreativo del pueblo, adonde iban los que tenían que ir, se bailaban tangos, y valses, y pasodobles. Y se hacían concursos. La pareja elegida, en la época dorada, fue la de Ella con Él. Ganaron la medalla de oro, pesada, oro macizo. Se los ve recorrer la pista, leves, en abrazo estrecho que no impide los movimientos audaces.
Agrega que en algún momento fue vendida para pagar las cuentas del entierro de Padre, o de su operación, o posteriormente destinada al pago del alquiler.
Segunda época dorada, cuando Ella y Él se conocen, se reconocen, se aman. Y luego, él muere.
Las hermanas de Él, que han conservado el perfil caballuno del padre, apenas si le sonríen cuando Ella las saluda en la fiesta del club. Pero Él la lleva hasta la pista y empiezan a bailar “Desde el alma”, y todos les dejan espacio, ellos ruedan por la pista de mosaicos rojos, las bombitas de colores enmarcan sus giros, su vaivén, la cabecita ondeada pasa, el mentón fino de ella se eleva aunque él domina el espacio, giro tras giro, la imagen de una felicidad en movimiento eterno, un vaivén que no va a detenerse nunca.
La cercanía de la letra - Tununa Mercado

Sensualidad, erotismo, escritura minuciosa y refinada como un bordado o un tapiz (arte que también practica), revelan a Tununa Mercado como una escritora que irrumpe con estilo, temática y obsesiones casi sin precedentes ni parentescos en nuestra narrativa, quizás porque -como dijo Daniel Freidenberg- sus afinidades y líneas de influencia entre sobre todo en los poetas y los pintores. Su obra se mueve entre el relato, la descripción, la autobiografía y el ensayo, y en todas sus formas el exilio y la memoria representan el núcleo de indagación fundamental. Imposible de encasillar como novelista, cuentista o ensayista, ofrece su escritura de gran solidez, originalidad y calidad literarias, como referente para la literatura argentina y latinoamericana contemporánea.
Hija de una escribana y un abogado criminalista, nació en Córdoba el 25 de diciembre de 1939, como Nilda Mercado, y se crió en el seno de una familia perteneciente a la burguesía ilustrada de esa provincia, en temprano contacto con libros y obras de arte. Estudió Letras en
Ella dijo:
Siempre tuve problemas para designar lo que yo hago. Las fronteras entre ficción y no ficción en mi escritura son muy lábiles. En el momento en que yo me comprometo con el texto, estoy haciendo ese trasvasamiento entre lo literario, lo histórico y lo personal. Yo no invento novelas de caballería. De todas maneras, creo que es muy diferente a las novelas históricas que hemos estado leyendo en Argentina en los últimos años. Entrevista de Pablo Gianera,
Se dijo de ella:
Sedosa, consistente, morosa y a la vez tensa, la prosa de Tununa Mercado se parece mucho a la poesía: cualquier cosa, supone, aun la más abstracta o difusa, puede ser escrita si encuentra su ritmo y su tono. No faltan, en el fluir de esa corriente, las frases y las observaciones que emergen como la súbita condensación de una verdad, pero esto no parece responder a un saber previo sino a la capacidad de descubrimiento que la escritura suele tener cuando se la ejerce de un modo tan solitario e intransigente", Daniel Freidemberg. Revista Ñ, Clarín, domingo 7 de febrero de 1999.
Antieros
Comenzar por los cuartos. Barrer cuidadosamente con una escoba mojada el tapete (un balde con agua debe acompañar ese tránsito desde la recámara del fondo y por las otras recámaras hasta el final del pasillo). Recoger la basura una primera vez al terminar la primera recámara y así sucesivamente con las otras. Regresar a la primera recámara, la del fondo, y quitar el polvo de los muebles con una franela húmeda pero no mojada. Sacudir sábanas y cobijas y tender la cama. La colcha debe cubrir la almohada, bajo la cual se pone el pijama o el camisón del durmiente. Poner en orden las sillas y otros objetos que pudieran haber sido desplazados de su sitio la víspera (siempre hay una víspera que "produce" una marca que hay que subsanar). Un primer recorrido habrá permitido rescatar vasos, tazas, botellas, ropa sucia, depositados sucesivamente en la cocina y el lavadero. Pasar al segundo cuarto que ya habrá sido barrido como los otros, el pasillo, y los baños que dan a él. Repetir allí las acciones llevadas a cabo en el anterior: sacudir el polvo, airear las sábanas y cobijas, tender la cama con las sábanas bien estiradas (el pliegue es un enemigo), alisar la almohada luego de esponjarla, entrar bien las sábanas y cobijas debajo del colchón; en el ángulo de cada uno de los pies, la ropa de cama debe ser entrada en dos etapas, primero hacia la derecha y luego hacia la izquierda y viceversa –depende del lado en cuestión– para formar un pico que se corresponderá geométricamente con el ángulo. El estado óptimo: la tensión del lienzo debe ser como la de los bastidores del bordado. En el tercer cuarto predisponerse a tender una cama matrimonial; calcular por lo tanto los movimientos para economizar el máximo de tiempo posible. La operación de entrar la sábana de abajo y luego la segunda sábana debe hacerse, más allá de toda lógica, por separado; la astucia de plegarlas juntas produce un efecto que no deja dormir en toda la noche. La economía debe consistir, más bien, en agotar el mayor número de operaciones en un lado antes de pasar al otro. Una vez finalizada la etapa de la limpieza y arreglo de las recámaras echar un vistazo a cada una para ajustar cualquier detalle que hubiera podido ser dejado de lado; corregirlo; dejar apenas entreabiertas las persianas, la ventana entornada, las cortinas corridas. Gozar un instante, por turno, en el vano de la puerta de cada habitación, el quieto resplandor que segrega el interior en la semipenumbra. En los baños, tallar con pulidores especiales todo lo que sea mayólica y azulejos. Abrir la llave del agua caliente para lograr vapor, el mejor limpiador de espejos. Frotar y frotar hasta sacar brillo, aromatizar con productos especiales –nunca con el puro cloro, que despide olor a miseria–; reacomodar jabones, jaboneras, botellas de champú, de acondicionadores, potes de crema y cosméticos, dejando fuera de los botiquines la menor cantidad de elementos. Doblar correctamente las toallas, combinando entre la de baño y la de la cara, el color más afín. (Quien limpia no debe mirarse en el espejo.) Fregar el piso, verificar si falta papel, no dejar un solo pelo en ninguno de los artefactos del baño, ni siquiera en los peines y cepillos. Pasar luego a la sala. Recoger todo lo que esté tirado, barrer con un escobillón y pasar después una franela con algún lustrador, solamente para rectificar el encerado (tarea que debe realizarse una vez por mes en forma total y que diariamente sólo admite un retoque); quitar con un plumero el polvo de los libros y de las hojas de las plantas (éstas también requieren una limpieza profunda cada diez o más días); reubicar, ordenar, meticulosamente dar cierta armonía a la disposición de los objetos sobre los estantes, los aparadores, los trinchantes, las vitrinas y todo el mobiliario; sacudir los cortinados, darles aire para que queden renovados, con una buena caída. Dar forma a los cojines, estirar perfectamente las alfombras y las carpetas; poner un gran cuidado en regar las plantas sin desparramar agua. Quitar el polvo de los marcos de los cuadros; si hubiera una mancha sobre los vidrios rociarlos con un poquito de limpiador ad-hoc y pasar encima una gamuza seca; sacudir también los vanos de las puertas y ventanas, los alféizares, las alfarjías; con un cepillo sacar la tierra de las alforzas. Con un estropajo seco sacarle brillo al parquet. Si los cobres y platas estuvieran tristes darles una pasadita; si las caobas tuvieran la palidez de la depresión, levantarlas con un poco de lustrador. En el sillón más muelle, el de pana verde de preferencia, tenderse unos instantes con un pequeño cojín en el cuello y, desde ese lugar, entregarse a la visión de un espacio deslumbrante, con las cortinas a medio cerrar y las ventanas abiertas que dejan pasar, por entre las plantas y los linos, una brisa llena de aromas. Entretanto habráse puesto en el fuego a hervir un agua, no cualquier agua, sino la justa y necesaria para echar los huesos del puerco con algunas verduras pertinentes: cebollas de verdeo, hinojos, apio, culantro, tomillo, laurel y mejorana: esta agua hierve a olla y puerta cerrada, lejos de esa atmósfera pura de limpieza que exalta los sentidos en la sala, a mediados del día, cuando la gente se esmera en sus oficinas o se desespera en sus automóviles yendo a las citas de negocios. La brisa ondea el voile pero apenas consigue mover las cortinas, anudadas con un cordón dorado a cada lado del ventanal, en bandeaux. Sacarse los zapatos para sentir la frescura cálida del terciopelo. Llevar la mano derecha suavemente desde la pantorrilla hasta el muslo y acariciarla, confirmando que esa piel puede perfectamente competir con la pana; no subir más arriba la mano; desprenderse la blusa y dejar unos momentos los pechos al aire, erguirse y, con la mano en jarras, mirarse el perfil en el espejo del fondo de la vitrina, por entremedio de las copas de cristal. Salir de la sala y, previamente, cerrar la camisa, abotonarla y reacomodar los pliegues de la falda bajo el delantal. Entrar en la cocina, humeante por los huesos que hierven a todo vapor en la olla y cuyo destino es sólo convertirse en base para algún otro manjar. Echar el polvo detergente en un recipiente de plástico, el que se usa de costumbre, y hacer una mezcla espumosa con agua caliente; lavar los trastos del desayuno: tazas, jarritas, cucharas, cuchillos, platos, todo lo que hubiese sido retirado de la mesa y acumulado en la pileta. Pensar una vez más, como todos los días, que es una lástima no poder usar guantes de hule, aceptando, por consiguiente, el deterioro que los detergentes producen en la piel (hongos incluidos); usar las fibras que el objeto requiera: zacate, lana de aluminio o simplemente esponja. No dejar el trapito que se usa para secar la mesada colgado del mezclador de agua; no queda bien en el orden de la cocina. Limpiar las hornallas, raspar, pulir, frotar hasta dejar todo como un espejo. Sobre los azulejos, pasar un trapo con limpiador en polvo; ir acumulando la basura en un bote pequeño, que después será volcada en el mayor, debidamente protegido con una bolsa grande de plástico o con un forro de papel de diario confeccionado a esos efectos. Pasar el trapo por el piso; una y dos veces, escurriendo y chaguándolo cada vez. Ordenar, sobre todo ordenar; guardar en los armarios todo lo que esté afuera; reacomodar las cosas en el refrigerador. Saber, por ejemplo, que una berenjena, como en el viejo cuento, puede estar arrinconada en el fondo, como bola de toro de exportación; que las zanahorias pueden tener un destino fálico, arrojadas a la puerta de un lupanar y recubiertas de un opaco preservativo; que los pepinos pueden servir a la muchacha de las historias inmorales en sus ceremonias narcisistas; que el hongo más lúbrico no puede compararse con la morilla que el profesor de lingüística franco ruso le propuso a su colega franco alemana en una sesión amorosa vegetal; que las verduras y las frutas —salsifíes, nabos, mangos paraíso y petacones, semillas de mamey, chiles anchos, pasillas y mulatos, chilacayotes y chayotes, pitayas y camotes— pueden ser el contenido secreto de la valija del viajante que anda de pueblo en pueblo ofreciéndose para ciertas prácticas que responden a vicios particulares.
Saber todo esto, mientras la olla echa humos que ascienden al tuérdano, aunque ese tuérdano haya sido reemplazado por una enorme campana con luces y tragaires que le chupan la conciencia a los alimentos. Después arremeter con la cebolla, la reina, picarla pertinazmente desde arriba e ir logrando los pedazos más diminutos con ese sistema que, por milagro, puede hasta hacerla desaparecer bajo la hoja del cuchillo; rehogarla en el fuego lentamente, dejando apenas que se dore. Sobre esa base construir el gran edificio, con la carne dejada en pesadumbre durante noche y día, los jitomates, los ajos quemados hasta la extenuación para extraerles toda el alma, la sustancia hecha papilla (¿por qué los ajos tienen que desaparecer? ¿por qué?), las hierbas, ajedrea predominante, y la copita que se bebe a medida que con ella y otra y otra se alimenta el cuerpo receptivo de la carne por impregnación, maceración, "mijotage". El tiempo transcurre agigantando los granos del arroz, creando espumas suplementarias en la superficie del caldo, dejándose invadir por los olores de las hierbas cada vez más despojadas de su esencia, meros tallos, escasas nervaduras que intentan sobrevivir al máximo de sí que se les exprime. Nadie, ningún extraño puede irrumpir en esta sesión en la que todo se hace por hábito pero en la que cada detalle empieza de pronto a cobrar un sentido muy peculiar, de objeto en sí, de objeto que se dota de una existencia propia, para no decir prodigiosa. El aceite cubre la superficie de los aguacates pelados, resbala por su piel y se chorrea sobre el plato; el ajo expulsado de su piel con el canto del cuchillo deja aparecer una materia larval; la sangre brota de la carne y, correlativamente, produce una segregación salival en la boca; el limón despide sus jugos apretado por los dedos; la piel de los garbanzos se desliza entre los dedos y el grano sale despedido sobre la fuente; la leche se espesa en la harina de la salsa; el huevo sale de su cáscara y deja ver su galladura; la pasta amasada en forma de cilindro se estira sobre la mesa y rueda bajo la palma de la mano; al calamar le salta, por acción de los dedos, una uña transparente de su mero centro; a la sardina le brota un pececito del vientre; la lechuga expulsa su cogollo. Volver a desabotonarse la blusa y dejar los pechos al aire y, sin muchos preámbulos, como si se frotara con alguna esencia una endivia o se sobara con algún aliño el belfo de un ternero, cubrir con un poquito de aceite los pezones erectos, rodear con la punta del índice la aureola y masajear levemente cada uno de los pechos, sin restablecer diferencias entre los reinos, mezclando incluso las especies y las especias por puro afán de verificación, porque en una de esas a los pezones no les viene bien el eneldo, pero sí la salvia. Dejar que los fuegos ardan, que las marmitas borboteen sus aguas y sus jugos y que la campana del tuérdano absorba como un torbellino los vahos. Apagar y, en el silencio, percibir con absoluta nitidez el ruido de la transformación de la materia. Rememorar que adentro, todo está listo, que no hay nada que censurar, que en cada sitio por el que pasaron las escobas y los escobillones, las jergas y los estropajos, todo ha quedado reluciente, invitando al reposo y a la quietud del mediodía; confirmarse también, y una vez más que, salvo algún proveedor a quien no hay que abrirle, nadie vendrá a interrumpir la sesión hasta casi las cuatro de la tarde. Poner, no obstante, el pestillo de seguridad en la puerta; quitarse lisa y llanamente la blusa y, después, la falda. Quedarse sólo con el delantal, mientras, con diferentes cucharas, probar una y otra vez, de una olla y la otra, los sabores, rectificándolos, dándoles más cuerpo, volviendo más denso su sentido particular. Con el mismo aceite con que se ha freído algunas de las tantas comidas que ahora bullen lentamente en sus fuegos, untarse la curva de las nalgas, las piernas, las pantorrillas, los tobillos; agacharse y ponerse de pie con la presteza de alguien acostumbrado a gimnasias domésticas. Reducir aún más los fuegos, casi hasta la extinción y, como vestal, pararse en medio de la cocina y considerar ese espacio como un anfiteatro; añorar la alcoba, el interior, el recinto cerrado, prohibidos por estar prisioneros del orden que se ha instaurado unas horas antes. Untarse todo el cuerpo con mayor meticulosidad, hendiduras de diferentes profundidades y carácter, depresiones y salientes; girar, doblarse, buscar la armonía de los movimientos, oler la oliva y el comino, el caraway y el curry, las mezclas que la piel ha terminado por absorber trastornando los sentidos y transformando en danza los pasos cada vez más cadenciosos y dejarse invadir por la culminación en medio de sudores y fragancias.
http://www.lamaquinadeltiempo.com/contempo/mercado1.html
Para leer la nota en el diario La Capital de Rosario hacer click acá
Pequeño Marshall ilustrado - Niní Marshall

Su enorme carrera como comediante nos hace olvidar su lugar de escritora, sus guiones y obras de teatro, sus monólogos excepcionales, su manejo de los cuadros de costumbres. Creó una galería de personajes inolvidables, estereotipos argentinos de comienzos del siglo XX, vinculados entre sí, hasta formar una red como Catita, su abuela Doña Caterina, la gallega Cándida, la judía Doña Pola, la mucama Belarmina , la aristócrata Mónica Bedoya Hueyo de Picos Pardo Unzué Crostón, la eterna solterona Niña Jovita, la turista Miss Bárbara Mc Adam o Lupe, la sufrida mexicana esposa de un borracho, una galería de mujeres que en su ridiculez o su ingenuidad retratan nuestros sufrimientos y extravagancias, revelan nuestros modo de ser.
Nació en Buenos Aires, en 1903, como Marina Esther Traverso y murió en la misma ciudad, en 1996. Fue actriz, cantante, comediante, escritora de sus obras de teatro, los diálogos de sus películas, un libro de memorias (Editorial Moreno, 1985) y numerosos monólogos. Se inicio en la revista Sintonía, en la década del 30, donde llevaba la sección de Humor, hizo más de cuarenta películas, más de 30 participaciones radiales, varias conducciones televisivas y catorce obras de teatro. La llamada Chaplin con faldas, Dama del Humor, Gran Payasa del Siglo, retrató los arquetipos de la inmigración argentina, especialmente en los personajes de la gallega Cándida y la italiana Catita. Durante el peronismo, hacia 1943, se la acusó de deformar el idioma, por lo que tuvo que exiliarse en México. Se casó en dos oportunidades, con Felipe Edelmann, con quien tuvo a su única hija, Ángeles, y con Marcelo Salcedo. Entre sus películas más conocidas se encuentran La novela de un joven pobre, Ya tiene comisario el pueblo, Catita es una dama, Hay que educar a Niní y Cleopatra era Cándida y entre sus obras de teatro podríamos citar El pequeño Marshall-Luz ilustrado, Y se nos fue...redepente! y Coqueluche. En los años sesenta,
Se dijo de ella:
De la mano de Niní, los argentinos nos reímos de nosotros mismos, de la prepotencia y la cursilería, de la mezquindad y la picardía. Susana Degoy. La máscara prodigiosa. Manrique Zago, 1997.
Es una de las escritoras más notables de la literatura argentina, desatendida, entre muchas otras cosas, por el viejo prejuicio contra todo texto no sustentado en papel impreso…. desde muy temprano, parece haber madurado un vasto fresco de mujeres que reflejaran, con sus propias palabras y no con las palabras uniformadoras de
No se conformó con interpretar diferentes personajes, sino que además les dio alma a través de sus libretos, rigurosos, precisos, que nunca se rebajaron al chiste grosero ni precisaron de la procacidad para lograr la carcajada. Marily Contreras. Niní Marshall: el humor como refugio. Libros del Zorzal. 2003.
Ella dijo:
Creo mis personajes observando a la gente, prestando atención a los pequeños defectos que pueden causar risa. Yo voy a la peluquería, por ejemplo, y paro la oreja para ver lo que hablan los clientes. Es increíble lo que pueden decir allí las mujeres …http://trucosdeescritor.blogspot.com/2010_09_01_archive.html
Un paseo encantador
Catita: ¡As noches!...Seré curiosa:¿me empresta el teléfono,si no le es molestia?.Permiso. Viá llamar a mi novio(Marca),a ver si desde aquí tengo más suerte,porque hace una semana que no consigo comunicarme.¡¡¡Hola!!!¿Con quién hablo?...¡El señor Benedito Provolone,si me hace el osequio...De parte de Catalina Pizzafrola a sus pieses..desde hoy una amiga más...¡Se cortó!(Cuelga)¡Como andan estos artefatos!...(Marca)A ver si lo pesco en el garage...(Tararea una cancioncita)¡Hola!¿El senior Provolone?...La novia le habla...¿Qué se fué al estranjero?...¿Pero a cuál estranjero?¿A uno cerca o al más estranjero de todos? ¿Ande se fue?¿Lo qué?¡Allí va usté,grosero!...(Cuelga)¡Hay cada uno má de cuatro!¡Es enútil! ...no me puedo comunicar con él.Desde el domingo,que me envitó a estrenar la camioneta que acaba de comprar,inoro su esistencia!.
Me invitó a dar un paseo,y lo pasamos ragio,porque me se coló toda la familia asi que en lugar de cargar sólo conmigo,tuvo que cargar con el cuerpo humano de mi amá,los cuerpo humano de los chicos y el cuerpo humano del perro.Y,si,no lo íbamos a dejar,porque tenemo un perro guardián que cuando se queda solo,se muere de miedo,¡pobrecito!¡Total que contando el perro y la gallina,éramos diecisiete pasajeros en la camioneta!... Si, a la batarasa también la llevamo,pa que se distrajiera,porque anda tan triste con la muerte de Gardel...¡Sa,con la muerte del gallo,que le pusimo gardel,porque cantaba que era la locura!...¡Y claro,la batarasa lo estrania!...¡Cuando el gallo falleció,ella se enfermó con una fiebre,que hasta ponía los güevos fritos,de la fiebre que tenía!.Buá,siguiendo con el paseo...La primera que subió fue mi amá.Pa entrarla hubo que sacarle la puerta a la camioneta,porque mi amá pesa ciento ochenta kilo,y de los kilos más pesados. Sa,no puede adergazar,a pesar de la indicación del dotor,de que coma bife con ensalada p´adergazar...¡Y eso que la sigue con una costancia!...A la maniana,se toma su jugo de cirgüela,su café con leche,pan y manteca, su fatura con marmelada,y encima su bife con ensalada p´adergazar...Al almuerzo,se come su cacho de bondiola, sus ravioles al tuco, su estofado con papas, su queso,su fruta y encima, su bife con ensalada p´adergazar. A la tarde, se manda su chocolate con crema,sus pasteles de durce,sus masitas surtidas y encima, su bife con ensalada p´adergazar...Y a la noche ¡a la noche está que revienta!...¡Pero no adergaza!...¡Así que entró a los rempujones en la camioneta, y al sentarse, le dejó un ujero en el asiento, que parecía una palangana!...
Enseguiga metimo la gallina. Al entrar se espantó un poco...y empezó a cacariar como una loca...y enllenó el coche de plumas y de cacareos...pero en cuanto agarró confianza, se posó en el hombro de mi novio, y empezó a picotiarle el ojo...¡Porque es de cariniosa!... Tras la gallina metimo al perro,que de contento, se puso al lamberle el cogote a Benedito¡Con un entusiasmo!...
Buá,enseguida entramo a los chicos...¡El bochinche que hicieron!...porque se peliaban por las ventanillas, subiendo y abajando los vidrios, hasta que mi amá se cansó, y pa darles una leción, de cuatro punietazos acabó con los vidrios..."Ahí está-dijo-¡Ahora no hay vidrios pa ninguno!"Entonces Benedito, que es muy fino, le dice:" Señora ¿porqué no me rompe el parabrisa tamién,asi nos entra más fresco?".¡Y claro, le dió bronca, porque está tan orgulloso con su camioneta!... ¡Y que la tiene adornada como pa una kermese!
Adelante,en el capote,le ha puesto la estuata de un tal Mercurio,que era un prócer,que usaba botines con alas,y que está asi:en atitú de pegar un volido(Pose).A los costados,dos banderitas;atrás,una cortina con fleco;adentro,cuatro floreros con flores de papel; en el parabrisa, cinco calcamunías pegadas; corgando, de mascota,sus botines de fútbol;y encima del espejo, el retraso de casamiento de los padres. Buá,por fin arrancamo...Las primeras cuadras, las hicimos con bastante carma porque con la novedá, los chicos iban entretenidos, uno le escribía en el techo,otro le rascaba la pintura, otro le arrancaba los flecos,otro le escupía en el cenicero...¡Amorosos estaban!... El pedrito agarró el plumero,y le hizo una limpieza a la camioneta,que no le dejó un ujero sin urgar,porque hasta las orejas de Benedito le plumerió...¡tesoro!...Pero al rato empezaron a ponerse pegajosos.El más chiquito,Canalito,se largó a llorar a los gritos,tanto que mi amá no tuvo más remedio que darle...el busto...Si,porque mi amá lo alimenta personalmente...Y,tiene ocho meses...Es el hijo número trece...Por eso le puso Canal de nombre...Trece hijos tiene mi amá..."¡Ay-como yo le digo-¡Basta vieja!" Pero me dice:"Y,Dios me los manda"."¡Si,Dios se los manda,pero usté también,no lo ponga en el compromiso!". Buá,por fin se calmó Canalito,y empieza a ladrar el perro...¿endivinen por qué?...Porque vió pasar un perro de policía...que es la ilusión de él:ser perro de policía...pero no podemo costiarle los estudio...Todo lo que sabe hacer,es pararse en dos patas,que le enseniamo nosotros,y pararse en tres que lo hace por su cuenta,como cualquier perro... ¡Buá,a todo esto,la mafalda,abriendo y cerrando una puerta,le agarra una oreja al perro! ¡Desgracia humana!...(A uno)¿Lo qué?¿Si perdió la oreja?¡No!¡No la perdió!...Filimente la encontramo arriba´e la alfombra!...Pero buscándola, el Nicola saca la cabeza por la ventanilla, y le pasa raspando un ónibus,que casi se la lleva!... ¡Miren si se queda sin cabeza pa toda la vida!...
¡Suerte que Benedito hizo una mañobra que lo salvó, pero con la mañobra, los estrellamo contra el cordón de la vereda!... ¡Ay mi amá!...¡se tumbó pa un costado que no había forma de volverla a sentar! Recién cuando el Poroto, en un descuido de Benedito, torció el volante y los estrellamo contra el otro cordón, se enderezó mi amá. L´único que en el entrevero, aplastó a la gallina que del susto puso un güevo prematuro,que le dicen...sin cáscara...y claro,se le derramó en la tapicería...¡Qué pena!...¡Al precio que están los güevos!...¡Ah,pero el que los dió el gran susto fue el Mingo!... Resurta que todo el tiempo se lo pasó jugando a tocar la bocina,a escuenderse, ¿no?...Cuando en una de esas,Benedito distraído agarra un martillo,y sin querer le encaja un martillazo en la mano y le machuca los dedos...(A Uno) ¡Si,sin querer!...¡Fue una desgracia!...¡Pobre Mingo!... Pero bien mirado, fue una desgracia con suerte,porque se sosegaron todos como por arte de mágica...Hasta el perro, que no había parado de ladrar todo el camino, se sentó como un angel, a rascarse sus insetos... Entonces mi amá, aprovechó la tranquilidá, p´abrir la canastra y hacer un pini...(A Uno)¡Si, un pini adentro de la camioneta, porque era la hora de la merienda,y Benedito ya estaba verde de la dibilidá!(A Uno)¿Lo qué?¿Qué como quedó la camioneta después del pini? Perfeta, porque los güesos y las cáscaras, las escuendimo abajo´e la alfombra,y bebidas no quedaron, porque las que no se tomaron, se derramaron y las lambió el perro,asi que todo quedó perfeto. ¡Regio estuvo el paseo!¡Regio!...¡¡Y Benedito se quedó encantado!! Pero yo no sé...Desde ese dia,no le he vuelto a ver el pelo...y cada vez que lo llamó,me dicen que no está, que se fue
¡Vaya a a saber!...¡Los hombres son tan incostantes!...
http://www.bambalinasteatro.com.ar/monologocomedia1.htm#Un%20Paseo
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