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La cercanía de la letra - Tununa Mercado

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Sensualidad, erotismo, escritura minuciosa y refinada como un bordado o un tapiz (arte que también practica), revelan a Tununa Mercado como una escritora que irrumpe con estilo, temática y obsesiones casi sin precedentes ni parentescos en nuestra narrativa, quizás porque -como dijo Daniel Freidenberg- sus afinidades y líneas de influencia entre sobre todo en los poetas y los pintores. Su obra se mueve entre el relato, la descripción, la autobiografía y el ensayo, y en todas sus formas el exilio y la memoria representan el núcleo de indagación fundamental. Imposible de encasillar como novelista, cuentista o ensayista, ofrece su escritura de gran solidez, originalidad y calidad literarias, como referente para la literatura argentina y latinoamericana contemporánea.

Hija de una escribana y un abogado criminalista, nació en Córdoba el 25 de diciembre de 1939, como Nilda Mercado, y se crió en el seno de una familia perteneciente a la burguesía ilustrada de esa provincia, en temprano contacto con libros y obras de arte. Estudió Letras en la Universidad Nacional de Córdoba, donde conoció al profesor e investigador Noé Jitrik, con quien se casó y tuvo dos hijos. En 1964 se trasladó con su familia a Buenos Aires, donde pronto formó parte del grupo de intelectuales integrado por el mismo Jitrik, César Fernández Moreno, Paco Urondo, Alberto Vanasco, Miguel Brascó y Juan Gelman. En 1966, de un modo casi se diría secreto, envía el libro de cuentos Celebrar a la mujer como a una pascua (Casa de las Américas, La Habana, 1967) al Premio Casa de las Américas, y obtiene Mención de honor. Poco más tarde, ante la mordaza que impone el onganiato, se va con su familia a Francia, gracias a una oferta que recibe su marido para enseñar en la universidad de Besancon y allí da cursos de historia y civilización de América latina. Es testigo de primera mano del mayo francés, al tiempo que pondera, desde lejos, el Cordobazo. En 1970 regresan a la Argentina y un año más tarde empieza a trabajar en el diario La Opinión, referente de la prensa progresista de la época. En 1973, luego del golpe de estado chileno, participa en acciones y comités de solidaridad con ese país y en 1974, mientras su marido viaja por trabajo a México, recibe amenazas de muerte de parte de la Triple A, motivo por el que decide exiliarse hasta el final de la dictadura. En México forma parte de una comisión de solidaridad con exiliados argentinos y se convierten, tanto ella como su marido, en referentes de la colonia de argentinos exiliados; trabaja como periodista free-lance, como miembro de la dirección colectiva de la revista feminista Fem y como encargada de prensa de la Dirección de Artes Plásticas del Instituto Nacional de Bellas Artes. En esos años escribe Canon de alcoba. En 1987, regresa definitivamente a Buenos Aires y comienza a publicar: Canon de alcoba (cuentos, Ada Korn, 1988/Seix Barral 2009), En estado de memoria (novela, Ada Korn, 1990/Alción 1998/Seix Barral 2010), La letra de lo mínimo (ensayos, Beatriz Viterbo, 1994), La madriguera (novela, Tusquets, 1996), Narrar después (ensayo, Beatriz Viterbo, 2003) y Yo nunca te prometí la eternidad (novela, Planeta, 2005). Obtuvo, por su escritura, la beca Guggenheim, el Premio Konex Diploma al Mérito en el rubro "Cuento: quinquenio 1999-2003", el Premio Boris Vian, por Canon de alcoba y el premio Sor Juana Inés de la Cruz por Yo nunca te prometí la eternidad.


Ella dijo:

Siempre tuve problemas para designar lo que yo hago. Las fronteras entre ficción y no ficción en mi escritura son muy lábiles. En el momento en que yo me comprometo con el texto, estoy haciendo ese trasvasamiento entre lo literario, lo histórico y lo personal. Yo no invento novelas de caballería. De todas maneras, creo que es muy diferente a las novelas históricas que hemos estado leyendo en Argentina en los últimos años. Entrevista de Pablo Gianera, La Nación, domingo 19 de junio de 2005.

Se dijo de ella:

Sedosa, consistente, morosa y a la vez tensa, la prosa de Tununa Mercado se parece mucho a la poesía: cualquier cosa, supone, aun la más abstracta o difusa, puede ser escrita si encuentra su ritmo y su tono. No faltan, en el fluir de esa corriente, las frases y las observaciones que emergen como la súbita condensación de una verdad, pero esto no parece responder a un saber previo sino a la capacidad de descubrimiento que la escritura suele tener cuando se la ejerce de un modo tan solitario e intransigente", Daniel Freidemberg. Revista Ñ, Clarín, domingo 7 de febrero de 1999.

Antieros

Comenzar por los cuartos. Barrer cuidadosamente con una escoba mojada el tapete (un balde con agua debe acom­pañar ese tránsito desde la recámara del fondo y por las otras recámaras hasta el final del pasillo). Recoger la basura una pri­mera vez al terminar la primera recámara y así sucesivamente con las otras. Regresar a la primera recámara, la del fondo, y quitar el polvo de los muebles con una franela húmeda pero no mojada. Sacudir sábanas y cobijas y tender la cama. La colcha debe cubrir la almohada, bajo la cual se pone el pijama o el camisón del durmiente. Poner en orden las sillas y otros ob­jetos que pudieran haber sido desplazados de su sitio la víspe­ra (siempre hay una víspera que "produce" una marca que hay que subsanar). Un primer recorrido habrá permitido rescatar vasos, tazas, botellas, ropa sucia, depositados sucesivamente en la cocina y el lavadero. Pasar al segundo cuarto que ya ha­brá sido barrido como los otros, el pasillo, y los baños que dan a él. Repetir allí las acciones llevadas a cabo en el anterior: sa­cudir el polvo, airear las sábanas y cobijas, tender la cama con las sábanas bien estiradas (el pliegue es un enemigo), alisar la almohada luego de esponjarla, entrar bien las sábanas y cobi­jas debajo del colchón; en el ángulo de cada uno de los pies, la ropa de cama debe ser entrada en dos etapas, primero ha­cia la derecha y luego hacia la izquierda y viceversa –depende del lado en cuestión– para formar un pico que se correspon­derá geométricamente con el ángulo. El estado óptimo: la ten­sión del lienzo debe ser como la de los bastidores del bordado. En el tercer cuarto predisponerse a tender una cama matrimonial; calcular por lo tanto los movimientos para eco­nomizar el máximo de tiempo posible. La operación de entrar la sábana de abajo y luego la segunda sábana debe hacerse, más allá de toda lógica, por separado; la astucia de plegarlas juntas produce un efecto que no deja dormir en toda la noche. La economía debe consistir, más bien, en agotar el mayor número de operaciones en un lado antes de pasar al otro. Una vez finalizada la etapa de la limpieza y arreglo de las recáma­ras echar un vistazo a cada una para ajustar cualquier detalle que hubiera podido ser dejado de lado; corregirlo; dejar apenas entreabiertas las persianas, la ventana entornada, las cortinas corridas. Gozar un instante, por turno, en el vano de la puer­ta de cada habitación, el quieto resplandor que segrega el in­terior en la semipenumbra. En los baños, tallar con pulidores especiales todo lo que sea mayólica y azulejos. Abrir la llave del agua caliente para lograr vapor, el mejor limpiador de es­pejos. Frotar y frotar hasta sacar brillo, aromatizar con pro­ductos especiales –nunca con el puro cloro, que despide olor a miseria–; reacomodar jabones, jaboneras, botellas de cham­pú, de acondicionadores, potes de crema y cosméticos, dejando fuera de los botiquines la menor cantidad de elementos. Doblar correctamente las toallas, combinando entre la de ba­ño y la de la cara, el color más afín. (Quien limpia no debe mirarse en el espejo.) Fregar el piso, verificar si falta papel, no dejar un solo pelo en ninguno de los artefactos del baño, ni siquiera en los peines y cepillos. Pasar luego a la sala. Recoger todo lo que esté tirado, barrer con un escobillón y pasar des­pués una franela con algún lustrador, solamente para rectifi­car el encerado (tarea que debe realizarse una vez por mes en forma total y que diariamente sólo admite un retoque); qui­tar con un plumero el polvo de los libros y de las hojas de las plantas (éstas también requieren una limpieza profunda cada diez o más días); reubicar, ordenar, meticulosamente dar cier­ta armonía a la disposición de los objetos sobre los estantes, los aparadores, los trinchantes, las vitrinas y todo el mobilia­rio; sacudir los cortinados, darles aire para que queden renovados, con una buena caída. Dar forma a los cojines, estirar perfectamente las alfombras y las carpetas; poner un gran cui­dado en regar las plantas sin desparramar agua. Quitar el pol­vo de los marcos de los cuadros; si hubiera una mancha sobre los vidrios rociarlos con un poquito de limpiador ad-hoc y pa­sar encima una gamuza seca; sacudir también los vanos de las puertas y ventanas, los alféizares, las alfarjías; con un cepillo sacar la tierra de las alforzas. Con un estropajo seco sacarle brillo al parquet. Si los cobres y platas estuvieran tristes darles una pasadita; si las caobas tuvieran la palidez de la depresión, levantarlas con un poco de lustrador. En el sillón más muelle, el de pana verde de preferencia, tenderse unos instantes con un pequeño cojín en el cuello y, desde ese lugar, entregarse a la visión de un espacio deslumbrante, con las cor­tinas a medio cerrar y las ventanas abiertas que dejan pasar, por entre las plantas y los linos, una brisa llena de aromas. En­tretanto habráse puesto en el fuego a hervir un agua, no cual­quier agua, sino la justa y necesaria para echar los huesos del puerco con algunas verduras pertinentes: cebollas de verdeo, hinojos, apio, culantro, tomillo, laurel y mejorana: esta agua hierve a olla y puerta cerrada, lejos de esa atmósfera pura de limpieza que exalta los sentidos en la sala, a mediados del día, cuando la gente se esmera en sus oficinas o se desespera en sus automóviles yendo a las citas de negocios. La brisa ondea el voile pero apenas consigue mover las cortinas, anudadas con un cordón dorado a cada lado del ventanal, en bandeaux. Sa­carse los zapatos para sentir la frescura cálida del terciopelo. Llevar la mano derecha suavemente desde la pantorrilla hasta el muslo y acariciarla, confirmando que esa piel puede perfec­tamente competir con la pana; no subir más arriba la mano; desprenderse la blusa y dejar unos momentos los pechos al ai­re, erguirse y, con la mano en jarras, mirarse el perfil en el es­pejo del fondo de la vitrina, por entremedio de las copas de cristal. Salir de la sala y, previamente, cerrar la camisa, aboto­narla y reacomodar los pliegues de la falda bajo el delantal. Entrar en la cocina, humeante por los huesos que hierven a todo vapor en la olla y cuyo destino es sólo convertirse en ba­se para algún otro manjar. Echar el polvo detergente en un re­cipiente de plástico, el que se usa de costumbre, y hacer una mezcla espumosa con agua caliente; lavar los trastos del desa­yuno: tazas, jarritas, cucharas, cuchillos, platos, todo lo que hubiese sido retirado de la mesa y acumulado en la pileta. Pensar una vez más, como todos los días, que es una lástima no poder usar guantes de hule, aceptando, por consiguiente, el deterioro que los detergentes producen en la piel (hongos incluidos); usar las fibras que el objeto requiera: zacate, lana de aluminio o simplemente esponja. No dejar el trapito que se usa para secar la mesada colgado del mezclador de agua; no queda bien en el orden de la cocina. Limpiar las hornallas, raspar, pulir, frotar hasta dejar todo como un espejo. Sobre los azulejos, pasar un trapo con limpiador en polvo; ir acumulando la basura en un bote pequeño, que después será volcada en el mayor, debidamente protegido con una bolsa grande de plástico o con un forro de papel de diario confeccionado a esos efectos. Pasar el trapo por el piso; una y dos veces, escu­rriendo y chaguándolo cada vez. Ordenar, sobre todo ordenar; guardar en los armarios todo lo que esté afuera; reacomodar las cosas en el refrigerador. Saber, por ejemplo, que una beren­jena, como en el viejo cuento, puede estar arrinconada en el fondo, como bola de toro de exportación; que las zanahorias pueden tener un destino fálico, arrojadas a la puerta de un lu­panar y recubiertas de un opaco preservativo; que los pepinos pueden servir a la muchacha de las historias inmorales en sus ceremonias narcisistas; que el hongo más lúbrico no puede compararse con la morilla que el profesor de lingüística fran­co ruso le propuso a su colega franco alemana en una sesión amorosa vegetal; que las verduras y las frutas —salsifíes, nabos, mangos paraíso y petacones, semillas de mamey, chiles an­chos, pasillas y mulatos, chilacayotes y chayotes, pitayas y camotes— pueden ser el contenido secreto de la valija del viajante que anda de pueblo en pueblo ofreciéndose para ciertas prácticas que responden a vicios particulares.

Saber todo esto, mientras la olla echa humos que ascien­den al tuérdano, aunque ese tuérdano haya sido reemplazado por una enorme campana con luces y tragaires que le chupan la conciencia a los alimentos. Después arremeter con la cebo­lla, la reina, picarla pertinazmente desde arriba e ir logrando los pedazos más diminutos con ese sistema que, por milagro, puede hasta hacerla desaparecer bajo la hoja del cuchillo; rehogarla en el fuego lentamente, dejando apenas que se dore. Sobre esa base construir el gran edificio, con la carne dejada en pesadumbre durante noche y día, los jitomates, los ajos quemados hasta la extenuación para extraerles toda el alma, la sustancia hecha papilla (¿por qué los ajos tienen que desapa­recer? ¿por qué?), las hierbas, ajedrea predominante, y la copi­ta que se bebe a medida que con ella y otra y otra se alimenta el cuerpo receptivo de la carne por impregnación, macera­ción, "mijotage". El tiempo transcurre agigantando los granos del arroz, creando espumas suplementarias en la superficie del caldo, dejándose invadir por los olores de las hierbas cada vez más despojadas de su esencia, meros tallos, escasas nervaduras que intentan sobrevivir al máximo de sí que se les exprime. Nadie, ningún extraño puede irrumpir en esta sesión en la que todo se hace por hábito pero en la que cada detalle em­pieza de pronto a cobrar un sentido muy peculiar, de objeto en sí, de objeto que se dota de una existencia propia, para no decir prodigiosa. El aceite cubre la superficie de los aguacates pelados, resbala por su piel y se chorrea sobre el plato; el ajo expulsado de su piel con el canto del cuchillo deja aparecer una materia larval; la sangre brota de la carne y, correlativamente, produce una segregación salival en la boca; el limón despide sus jugos apretado por los dedos; la piel de los garban­zos se desliza entre los dedos y el grano sale despedido sobre la fuente; la leche se espesa en la harina de la salsa; el huevo sale de su cáscara y deja ver su galladura; la pasta amasada en forma de cilindro se estira sobre la mesa y rueda bajo la pal­ma de la mano; al calamar le salta, por acción de los dedos, una uña transparente de su mero centro; a la sardina le brota un pececito del vientre; la lechuga expulsa su cogollo. Volver a desabotonarse la blusa y dejar los pechos al aire y, sin mu­chos preámbulos, como si se frotara con alguna esencia una endivia o se sobara con algún aliño el belfo de un ternero, cu­brir con un poquito de aceite los pezones erectos, rodear con la punta del índice la aureola y masajear levemente cada uno de los pechos, sin restablecer diferencias entre los reinos, mez­clando incluso las especies y las especias por puro afán de ve­rificación, porque en una de esas a los pezones no les viene bien el eneldo, pero sí la salvia. Dejar que los fuegos ardan, que las marmitas borboteen sus aguas y sus jugos y que la campana del tuérdano absorba como un torbellino los vahos. Apagar y, en el silencio, percibir con absoluta nitidez el ruido de la transformación de la materia. Rememorar que adentro, todo está listo, que no hay nada que censurar, que en cada si­tio por el que pasaron las escobas y los escobillones, las jergas y los estropajos, todo ha quedado reluciente, invitando al reposo y a la quietud del mediodía; confirmarse también, y una vez más que, salvo algún proveedor a quien no hay que abrirle, nadie vendrá a interrumpir la sesión hasta casi las cuatro de la tarde. Poner, no obstante, el pestillo de seguridad en la puerta; quitarse lisa y llanamente la blusa y, después, la falda. Quedarse sólo con el delantal, mientras, con diferentes cucha­ras, probar una y otra vez, de una olla y la otra, los sabores, rectificándolos, dándoles más cuerpo, volviendo más denso su sentido particular. Con el mismo aceite con que se ha freído algunas de las tantas comidas que ahora bullen lentamente en sus fuegos, untarse la curva de las nalgas, las piernas, las pan­torrillas, los tobillos; agacharse y ponerse de pie con la preste­za de alguien acostumbrado a gimnasias domésticas. Reducir aún más los fuegos, casi hasta la extinción y, como vestal, pa­rarse en medio de la cocina y considerar ese espacio como un anfiteatro; añorar la alcoba, el interior, el recinto cerrado, prohibidos por estar prisioneros del orden que se ha instaurado unas horas antes. Untarse todo el cuerpo con mayor meti­culosidad, hendiduras de diferentes profundidades y carácter, depresiones y salientes; girar, doblarse, buscar la armonía de los movimientos, oler la oliva y el comino, el caraway y el curry, las mezclas que la piel ha terminado por absorber trastornando los sentidos y transformando en danza los pasos cada vez más cadenciosos y dejarse invadir por la culminación en medio de sudores y fragancias.

http://www.lamaquinadeltiempo.com/contempo/mercado1.html

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Pequeño Marshall ilustrado - Niní Marshall

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Su enorme carrera como comediante nos hace olvidar su lugar de escritora, sus guiones y obras de teatro, sus monólogos excepcionales, su manejo de los cuadros de costumbres. Creó una galería de personajes inolvidables, estereotipos argentinos de comienzos del siglo XX, vinculados entre sí, hasta formar una red como Catita, su abuela Doña Caterina, la gallega Cándida, la judía Doña Pola, la mucama Belarmina , la aristócrata Mónica Bedoya Hueyo de Picos Pardo Unzué Crostón, la eterna solterona Niña Jovita, la turista Miss Bárbara Mc Adam o Lupe, la sufrida mexicana esposa de un borracho, una galería de mujeres que en su ridiculez o su ingenuidad retratan nuestros sufrimientos y extravagancias, revelan nuestros modo de ser.

Nació en Buenos Aires, en 1903, como Marina Esther Traverso y murió en la misma ciudad, en 1996. Fue actriz, cantante, comediante, escritora de sus obras de teatro, los diálogos de sus películas, un libro de memorias (Editorial Moreno, 1985) y numerosos monólogos. Se inicio en la revista Sintonía, en la década del 30, donde llevaba la sección de Humor, hizo más de cuarenta películas, más de 30 participaciones radiales, varias conducciones televisivas y catorce obras de teatro. La llamada Chaplin con faldas, Dama del Humor, Gran Payasa del Siglo, retrató los arquetipos de la inmigración argentina, especialmente en los personajes de la gallega Cándida y la italiana Catita. Durante el peronismo, hacia 1943, se la acusó de deformar el idioma, por lo que tuvo que exiliarse en México. Se casó en dos oportunidades, con Felipe Edelmann, con quien tuvo a su única hija, Ángeles, y con Marcelo Salcedo. Entre sus películas más conocidas se encuentran La novela de un joven pobre, Ya tiene comisario el pueblo, Catita es una dama, Hay que educar a Niní y Cleopatra era Cándida y entre sus obras de teatro podríamos citar El pequeño Marshall-Luz ilustrado, Y se nos fue...redepente! y Coqueluche. En los años sesenta, la Universidad de La Plata se interesó por su modo de captar el habla de los distintos estratos sociales y convirtió a sus monólogos en material de estudio. Buena parte de su obra está reunida en Las travesuras de Niní: los mejores libretos de Catita, Cándida, Niña Jovita y otras criaturas (Planeta, 1994). Recibió infinidad de premios, desde el Premio Sensación Radiofónica (1937) y el Premio a la Mejor Actriz Cómica del Cine Argentino (1956) de las primeras épocas, pasando por el Konex de Platino (1981) hasta los muchos reconocimientos a su trayectoria recibidos en sus últimos años, como el de Ciudadana Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires (1989), el Martín Fierro a la trayectoria artística (1989), Santa Clara de Asís (1990) y el Premio Podestá a la trayectoria artística (1992). Se han escrito sobre ella numerosos libros, entre otros Niní Marshall, artesana de la risa (Laura Santos, Alejandro Petruccelli, Diego Russo, Letra Buena, 1993), Niní Marshall desde un ayer lejano (Abel Posadas, Colihue, 1993), Niní Marshall, la máscara prodigiosa (Susana Degoy, Manrique Zago, 1997) ,¡Niní está viva! (Patricia Narváez y ángeles Abregó, Sudamericana, 2003) , Niní Marshall y el humor como refugio (Marily Contreras, Libros del Zorzal, 2003) , Niní Marshall, la biografía (Raúl Etchelet, La Crujía, 2005) y Niní Marshall: todas las voces (Josefina Delgado, Aguilar, 2006)

Se dijo de ella:
De la mano de Niní, los argentinos nos reímos de nosotros mismos, de la prepotencia y la cursilería, de la mezquindad y la picardía. Susana Degoy. La máscara prodigiosa. Manrique Zago, 1997.

Es una de las escritoras más notables de la literatura argentina, desatendida, entre muchas otras cosas, por el viejo prejuicio contra todo texto no sustentado en papel impreso…. desde muy temprano, parece haber madurado un vasto fresco de mujeres que reflejaran, con sus propias palabras y no con las palabras uniformadoras de la Academia, cada una a un estrato de la sociedad argentina. Una especie de Comedia Humana caricatural, centrada en el fenómeno típicamente argentino de la movilidad social. Leopoldo Brizuela. La Nación, 2003

No se conformó con interpretar diferentes personajes, sino que además les dio alma a través de sus libretos, rigurosos, precisos, que nunca se rebajaron al chiste grosero ni precisaron de la procacidad para lograr la carcajada. Marily Contreras. Niní Marshall: el humor como refugio. Libros del Zorzal. 2003.

Ella dijo:
Creo mis personajes observando a la gente, prestando atención a los pequeños defectos que pueden causar risa. Yo voy a la peluquería, por ejemplo, y paro la oreja para ver lo que hablan los clientes. Es increíble lo que pueden decir allí las mujeres …http://trucosdeescritor.blogspot.com/2010_09_01_archive.html

Un paseo encantador

Catita: ¡As noches!...Seré curiosa:¿me empresta el teléfono,si no le es molestia?.Permiso. Viá llamar a mi novio(Marca),a ver si desde aquí tengo más suerte,porque hace una semana que no consigo comunicarme.¡¡¡Hola!!!¿Con quién hablo?...¡El señor Benedito Provolone,si me hace el osequio...De parte de Catalina Pizzafrola a sus pieses..desde hoy una amiga más...¡Se cortó!(Cuelga)¡Como andan estos artefatos!...(Marca)A ver si lo pesco en el garage...(Tararea una cancioncita)¡Hola!¿El senior Provolone?...La novia le habla...¿Qué se fué al estranjero?...¿Pero a cuál estranjero?¿A uno cerca o al más estranjero de todos? ¿Ande se fue?¿Lo qué?¡Allí va usté,grosero!...(Cuelga)¡Hay cada uno má de cuatro!¡Es enútil! ...no me puedo comunicar con él.Desde el domingo,que me envitó a estrenar la camioneta que acaba de comprar,inoro su esistencia!.
Me invitó a dar un paseo,y lo pasamos ragio,porque me se coló toda la familia asi que en lugar de cargar sólo conmigo,tuvo que cargar con el cuerpo humano de mi amá,los cuerpo humano de los chicos y el cuerpo humano del perro.Y,si,no lo íbamos a dejar,porque tenemo un perro guardián que cuando se queda solo,se muere de miedo,¡pobrecito!¡Total que contando el perro y la gallina,éramos diecisiete pasajeros en la camioneta!... Si, a la batarasa también la llevamo,pa que se distrajiera,porque anda tan triste con la muerte de Gardel...¡Sa,con la muerte del gallo,que le pusimo gardel,porque cantaba que era la locura!...¡Y claro,la batarasa lo estrania!...¡Cuando el gallo falleció,ella se enfermó con una fiebre,que hasta ponía los güevos fritos,de la fiebre que tenía!.Buá,siguiendo con el paseo...La primera que subió fue mi amá.Pa entrarla hubo que sacarle la puerta a la camioneta,porque mi amá pesa ciento ochenta kilo,y de los kilos más pesados. Sa,no puede adergazar,a pesar de la indicación del dotor,de que coma bife con ensalada p´adergazar...¡Y eso que la sigue con una costancia!...A la maniana,se toma su jugo de cirgüela,su café con leche,pan y manteca, su fatura con marmelada,y encima su bife con ensalada p´adergazar...Al almuerzo,se come su cacho de bondiola, sus ravioles al tuco, su estofado con papas, su queso,su fruta y encima, su bife con ensalada p´adergazar. A la tarde, se manda su chocolate con crema,sus pasteles de durce,sus masitas surtidas y encima, su bife con ensalada p´adergazar...Y a la noche ¡a la noche está que revienta!...¡Pero no adergaza!...¡Así que entró a los rempujones en la camioneta, y al sentarse, le dejó un ujero en el asiento, que parecía una palangana!...
Enseguiga metimo la gallina. Al entrar se espantó un poco...y empezó a cacariar como una loca...y enllenó el coche de plumas y de cacareos...pero en cuanto agarró confianza, se posó en el hombro de mi novio, y empezó a picotiarle el ojo...¡Porque es de cariniosa!... Tras la gallina metimo al perro,que de contento, se puso al lamberle el cogote a Benedito¡Con un entusiasmo!...
Buá,enseguida entramo a los chicos...¡El bochinche que hicieron!...porque se peliaban por las ventanillas, subiendo y abajando los vidrios, hasta que mi amá se cansó, y pa darles una leción, de cuatro punietazos acabó con los vidrios..."Ahí está-dijo-¡Ahora no hay vidrios pa ninguno!"Entonces Benedito, que es muy fino, le dice:" Señora ¿porqué no me rompe el parabrisa tamién,asi nos entra más fresco?".¡Y claro, le dió bronca, porque está tan orgulloso con su camioneta!... ¡Y que la tiene adornada como pa una kermese!
Adelante,en el capote,le ha puesto la estuata de un tal Mercurio,que era un prócer,que usaba botines con alas,y que está asi:en atitú de pegar un volido(Pose).A los costados,dos banderitas;atrás,una cortina con fleco;adentro,cuatro floreros con flores de papel; en el parabrisa, cinco calcamunías pegadas; corgando, de mascota,sus botines de fútbol;y encima del espejo, el retraso de casamiento de los padres. Buá,por fin arrancamo...Las primeras cuadras, las hicimos con bastante carma porque con la novedá, los chicos iban entretenidos, uno le escribía en el techo,otro le rascaba la pintura, otro le arrancaba los flecos,otro le escupía en el cenicero...¡Amorosos estaban!... El pedrito agarró el plumero,y le hizo una limpieza a la camioneta,que no le dejó un ujero sin urgar,porque hasta las orejas de Benedito le plumerió...¡tesoro!...Pero al rato empezaron a ponerse pegajosos.El más chiquito,Canalito,se largó a llorar a los gritos,tanto que mi amá no tuvo más remedio que darle...el busto...Si,porque mi amá lo alimenta personalmente...Y,tiene ocho meses...Es el hijo número trece...Por eso le puso Canal de nombre...Trece hijos tiene mi amá..."¡Ay-como yo le digo-¡Basta vieja!" Pero me dice:"Y,Dios me los manda"."¡Si,Dios se los manda,pero usté también,no lo ponga en el compromiso!". Buá,por fin se calmó Canalito,y empieza a ladrar el perro...¿endivinen por qué?...Porque vió pasar un perro de policía...que es la ilusión de él:ser perro de policía...pero no podemo costiarle los estudio...Todo lo que sabe hacer,es pararse en dos patas,que le enseniamo nosotros,y pararse en tres que lo hace por su cuenta,como cualquier perro... ¡Buá,a todo esto,la mafalda,abriendo y cerrando una puerta,le agarra una oreja al perro! ¡Desgracia humana!...(A uno)¿Lo qué?¿Si perdió la oreja?¡No!¡No la perdió!...Filimente la encontramo arriba´e la alfombra!...Pero buscándola, el Nicola saca la cabeza por la ventanilla, y le pasa raspando un ónibus,que casi se la lleva!... ¡Miren si se queda sin cabeza pa toda la vida!...
¡Suerte que Benedito hizo una mañobra que lo salvó, pero con la mañobra, los estrellamo contra el cordón de la vereda!... ¡Ay mi amá!...¡se tumbó pa un costado que no había forma de volverla a sentar! Recién cuando el Poroto, en un descuido de Benedito, torció el volante y los estrellamo contra el otro cordón, se enderezó mi amá. L´único que en el entrevero, aplastó a la gallina que del susto puso un güevo prematuro,que le dicen...sin cáscara...y claro,se le derramó en la tapicería...¡Qué pena!...¡Al precio que están los güevos!...¡Ah,pero el que los dió el gran susto fue el Mingo!... Resurta que todo el tiempo se lo pasó jugando a tocar la bocina,a escuenderse, ¿no?...Cuando en una de esas,Benedito distraído agarra un martillo,y sin querer le encaja un martillazo en la mano y le machuca los dedos...(A Uno) ¡Si,sin querer!...¡Fue una desgracia!...¡Pobre Mingo!... Pero bien mirado, fue una desgracia con suerte,porque se sosegaron todos como por arte de mágica...Hasta el perro, que no había parado de ladrar todo el camino, se sentó como un angel, a rascarse sus insetos... Entonces mi amá, aprovechó la tranquilidá, p´abrir la canastra y hacer un pini...(A Uno)¡Si, un pini adentro de la camioneta, porque era la hora de la merienda,y Benedito ya estaba verde de la dibilidá!(A Uno)¿Lo qué?¿Qué como quedó la camioneta después del pini? Perfeta, porque los güesos y las cáscaras, las escuendimo abajo´e la alfombra,y bebidas no quedaron, porque las que no se tomaron, se derramaron y las lambió el perro,asi que todo quedó perfeto. ¡Regio estuvo el paseo!¡Regio!...¡¡Y Benedito se quedó encantado!! Pero yo no sé...Desde ese dia,no le he vuelto a ver el pelo...y cada vez que lo llamó,me dicen que no está, que se fue la China...una atitú tan rara...que no se que pensar...Quizás se desilusionó porque me cambié el peinado, o haberá otra mujer intersetando la senda de nuestro amor.
¡Vaya a a saber!...¡Los hombres son tan incostantes!...

http://www.bambalinasteatro.com.ar/monologocomedia1.htm#Un%20Paseo
http://todomonlogos.blogspot.com/2009/02/titulo-preguntas-que-no-merecen_4674.html

Para ver la nota en el diario La Capital de Rosario hacer click acá

El erotismo y las formas del fracaso / ESTELA SMANIA

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El paso del tiempo sobre las vidas y los cuerpos, el amor, la soledad y el erotismo en la vejez, las tensiones familiares y las formas sutiles que adopta el fracaso, constituyen el territorio predilecto de las ficciones de Estela Smania. Su conocimiento refinado de la primera persona construye relatos psicológicos inquietantes, que tensionan los límites de lo establecido.

Nació en Paraná, a los diecisiete años se radicó en Córdoba donde estudió periodismo y en su Universidad Nacional se graduó como abogada y notaria. Fue secretaria de redacción y directora de importantes revistas jurídicas, autora y conductora de ciclos radiales, tiene intensa actividad como narradora y poeta y es una autora insoslayable en la literatura infantil de nuestro país. Publicó las novelas Bien demás (Municipalidad de Córdoba, 1993) reeditada como Los Malaventurados (Del Boulevard, 2000), La conjetura (Simurg, 2005) y La última puerta(Alción, 2004/Edizioni Gorée, 2009), el libro de cuentos Triste Eros (Alción, 2003), y los poemarios Otoño (Lerner, 1986), Intemperie ( Argos, 1999), Epistolario (Babel, 2010) y la plaqueta Piedra Menuda, poemas suyos integran la antología Poetesse d’Argentina (Tullio Pironti Editori, 2006). Su narrativa destinada a niños y jóvenes incluye las novelas Pido Gancho I (Sudamericana,1991) y Pido Gancho II (Sudamericana,1993) que relatan los sinsabores de una adolescente adoptada y Bajo siete llaves (Comunicarte, 2006) y libros de cuentos comoCambalache (Libros del Quirquincho, 1989), Día de visitas (Colihue, 1990), La noche de los ruidos (Sudamericana, 2001), Girasol al sol (e.d.b. 2004), ¡Ay Renata! (Sudamericana, 2004),El niño que perdió su nombre (Comunicarte, 2004) y Cola de león, cola de ratón (Sudamericana, 2010), entre otros. Obtuvo los premios Luis de Tejeda, Leopoldo Lugones, fue finalista de Casa de las Américas y en tres ocasiones el premio Sebastián Tallon de literatura infantil. Formó parte del Proyecto Decamerón cordobés que en trabajo colectivo editó diez libros de cuentos en cuatro volúmenes (Babel, 2006-2008). Su cuento Perfiles, traducido al alemán, fue incluido en la antología Narradoras Argentinas preparada para la Feria de Frankfurt 2010.

Ella dijo

El hombre y la mujer y los niños son mis mejores paisajes. Me gusta mirarlos, detenerme sobre ellos, observarlos a fondo. Son mi objeto de contemplación como para otros lo es el mar o la montaña. Este acto de conocimiento siempre me acerca un tanto a la imposible tarea del autoconocimiento. ¿Qué otra cosa es en definitiva escribir, sino buscarse?

…si tuviera que describir el proceso diría que casi siempre la escritura es para mí, un ir y volver del acierto al error y viceversa. Se trata de un sendero sinuoso, angosto, desconocido, lleno de promesas y carente de certezas. La única meta deseable es ser fiel a uno mismo, reflejar en lo posible lo que de una u otra forma les pertenece a todos los seres humanos.(Entrevista realizada por Edoardo Balletta, Universidad de Bolonia).

Se dijo de ella
…atrapa el interés del lector, lo agarra en el puño férreo y delicioso de una escritura que deja ver al mismo tiempo la dicha de la vida y su propio espanto. La imaginación recrea un banquete o un amor escabroso, fantasmas del erotismo o los pasos conmovedores de la locura o del fin. Siempre, la inteligencia y una sensibilidad tan intensa como descarnada consiguen pulverizar los límites de la realidad para desembocar en un espacio donde todas las cartas están jugadas. Esta apuesta, este riesgo asumido, hacen de los relatos de Estela Smania un puro hallazgo. Juan Martini.

…la prosa clara y precisa de Estela Smania atrapa al lector y lo conduce con paso firme a través de una ficción que trasciende lo cotidiano para rescatar la palabra de la pérdida o el olvido. Liliana Tozzi.

Cosí se é vero che il lettote/trice non ha alla fine di L’ultima porta la consolazione di conoscere la veritá sull’assassino della Negra, ha peró appreso che la scrttura per Estela Smania é una forma di conoscenza per comprendere meglio se stessi e gli altri. In questo caso l’oggetto della sua penetrante analisi é stata la vecchiaia, che, per la sua estrema complessitá, rappresenta ancora oggi per molti versi “un continente inesplorato”. Vita Fortunati. Prólogo a la edición italiana de La Ultima Puerta.

Hoy viene mamita

“Yo te barrí con una escoba negra...” Olga Orozco

Sofía te contesta que sí, que hoy es domingo. Y domingo quiere decir para vos, día de visitas. Mamá, mamita, repetís, y lo repetís para que esa palabra te endulce la boca y para que esperar se te haga más fácil. Esperar a que sean las tres implica moverte todo el tiempo, para no ver, para no oír, para sentir que son ajenos los olores y el frío. Se te da por pensar cuando te acostás y el frío no te deja dormir que tu mamá te dejó, enojada por aquella vez que le rompiste ese collar de perlas de varias vueltas que usaba cuando iba al teatro con tu papá. Tu mamá se puso como loca esa noche, y te retaba: Sos una niña mala Julia, muy mala. Seguramente no bastó que le besaras las manos y le pidieras perdón, porque tu mamá te trajo a este lugar y te dejó al cuidado de la gorda Sofía.

Después de dar cincuenta vueltas a la mesa del comedor ( las contás cada vez que llegás a una mancha oscura y antigua) y de conseguir que todo a tu alrededor se quede en silencio, te acercás a la ventana chica, con rejas, que apenas te permite mirar hacia afuera. Y afuera está lindo, lo sabés porque tocás el vidrio con la nariz y lo sentís tibio. Echás vapor por la boca y dibujás tu nombre, y al lado de tu nombre un sol como el que brilla en alguna parte, lejos de tus ojos. No te pensarás quedar allí todo el día, dice Sofía, falta mucho para las tres. ¿Mucho como cuánto?, querés saber, pero Sofía ya te arrastra hasta la sala donde las otras miran televisión. Le sacás la lengua, la maldecís, hasta que te amenaza: Cuando venga le cuento que te orinás. Y vos, que tenés vergüenza de que tu mamá se entere de que todavía mojás la cama, te sentás obediente, y allí te quedás imaginando cosas terribles para Sofía: que se le deshaga ese peinado tan prolijito que le sobresale, apenas, debajo de la cofia, que pierda los anteojos. Vos también tenés cosas para contarle a tu mamá cuando venga. Le vas a contar, esta vez sí le vas a contar, que Sofía te roba los chocolates, que te da un chirlo cada vez que te encuentra mojada, que te obliga a comer la polenta grumosa y sin sal, que por las noches, cuando se apagan las luces y las estufas, te morís de frío, y que cuando el frío se te mete en los huesos, tosés y te orinás y cantás hasta quedarte dormida: Yo soy Julia y Julia tiene una casa y la casa tiene un patio y el patio tiene una oveja y la oveja tiene lana y la lana es tibia, tibia. Pensás en el abrigo de piel que traerá tu mamá cuando venga y en su olor a perfume, porque hoy es domingo, y los domingos ella huele a flores y ese olor se te queda prendido en las manos, en todo el cuerpo, cuando ya no está. Mamita huele lindo, te decís, ¿o se lo decís a Sofía?, no como todo en este lugar, que huele a remedios, a orines, a polenta. También vas a contarle, y estás segura de que tu mamá se va a horrorizar, que don Amílcar anda siempre persiguiéndote, a vos y a las otras, y que cuando Sofía desaparece se abre la bragueta y muestra su pito; un pito que le cuelga chiquito y triste, y que vos gritás, y que gritan las otras, y que Sofía llega y también grita: Viejo asqueroso.

Comés un poco de polenta para que no te dejen sin postre, te metés en la cama y fingís dormir la siesta. Cuando te levantás ya son las tres. Te han cambiado la bombacha, te han peinado, y te han dado unos pellizcos en las mejillas para que aparezcás menos pálida.

A las tres y media, alcanzás a ver a tu mamá por la ventana. Baja de un auto blanco, hermosa y apurada cruza el jardín de la entrada con su saco de piel y un paquete en las manos, donde, seguramente, te alegrás, vienen los chocolates. Sofía le abre la puerta y dice antes de saludar, antes de que podás hacer nada: Su mamá no se ha portado nada bien esta semana, señora Carola, dice, mírela, se hace la nena. Y dice: Apenas si come y no quiere estar con las otras abuelas. Y vos Julia, vos, te abalanzás sobre Carola, te aferrás a su pollera, y allí te quedás, oliéndola.

De Triste Eros (Alción, 2003)

Más sobre Estela Smania en www.estelasmania.com.ar


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Lo que pido es poesía - ELVIRA ORPHÈE

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Lo que pido es poesía


Descendiente de franceses de origen griego, hermosa, aristocrática y viajera, pasó la niñez en Tucumán, vivió largamente en Buenos Aires, Roma y París acompañando a su marido diplomático, perteneció al círculo íntimo de Elsa Morante, Alberto Moravia e Italo Calvino y fue amiga entrañable de Alejandra Pizarnik, de Olga Orozco, de Leda Valladares. En sus novelas y cuentos descubre la poesía del habla del noroeste y retrata una sociedad atravesada por la magia, la destrucción, la enfermedad, la locura. Lejos del costumbrismo, de las modas y el estilo de sus contemporáneos, Elvira Orphée extrajo de los ingenios azucareros y las zonas rurales de Tucumán, un mundo extraño, una invención completa, a la manera de la Comala de Rulfo, cuya escritura tanto valora, o la Santa María de Onetti.



NARRADORAS/ ELVIRA ORPHÈE

Nació el 29 de mayo de 1930 en San Miguel de Tucumán. Emigró a fines de los años cuarenta a Buenos Aires, donde estudió Letras, y era muy joven cuando la revista Sur publicó La calle Mate de Luna, un cuento coral, sobre las sospechas y chismes que se dicen en un barrio tucumano acerca de una familia de forasteros. Se casó con el pintor Miguel Ocampo, con quien tuvo tres hijas. Acompañando a su marido en funciones diplomáticas, se estableció en Roma, donde formó parte del mítico círculo de escritores que rodeaban a Alberto Moravia y Elsa Morante y luego se radicó en París, donde vivió hasta 1969 y trabajó como lectora de literatura latinoamericana e italiana en la editorial Gallimard. Desde allí valorizo las obras de Juan Rulfo, Felisberto Hernández y Clarice Lispector, quienes dejarían huellas en su escritura. Publicó las novelas Dos veranos (Sudamericana, 1956), Uno (Fabril, 1961), Aire tan dulce (Sudamericana, 1966/Bajo la luna, 2009), En el fondo (Emecé, 1969), Su demonio preferido ( Emecé, 1973), La última conquista de El Ángel (nouvelle, Monte Ávila, 1977) y La muerte y los desencuentros (Fraterna, 1989/ Ediciones Fundación Victoria Ocampo, 2008) y los libros de cuentos Ciego del cielo (Emecé, 1991), Las viejas fantasiosas (Emecé, 1981) y Basura y luna (Planeta, 1996). Fue incluida en diversas antologías y revistas, entre ellas Cuentos de amor de autores argentinos (Ameghino, 1998), Sur Nº 198 (Buenos Aires, 1950), Sur Nº 262 (Buenos Aires, 1960), Sur Nº 306 (Buenos Aires, 1967), La Opinión (Buenos Aires, 27 de noviembre de 1977) y Encuentros: Escritores y artistas de la Argentina y Quebec (Gilles Pellerin y Oscar Hermes Villordo / Les Editions Sans Nom, Québec, 1989). Recibió el Premio Municipal de Novela en 1967 y en 1969 y obtuvo la Beca Guggenheim en 1988 y la Beca Civitella Rainieri en 1996.

Se dijo de Ella
Elvira Orphée es una escritora profunda, singular e inevitable, en la literatura argentina del siglo XX. Podemos destacar tres líneas constantes a lo largo de su poética: el color local, el cual está imantado de alta poesía y ricas descripciones que trascienden la propia literatura, convirtiendo lo pequeño en grandioso; el humor, el cual está atravesado por distintos matices que van desde el humor ingenuo hasta la ironía, pasando por el humor negro; lo extraño, situación que sucede en más de un relato y que es el centro de su universo literario. Enrique Solinas *

Orphée ha escrito novelas y cuentos de una originalidad extrema y natural, sin imposturas, simple reflejo de una personalidad básicamente poética. Lo que la distingue, quizá, de sus contemporáneos, es el exquisito manejo del habla del noroeste argentino. Un recurso que le sirve para pintar una sociedad cuya mayor -y casi única- belleza se halla, según su mirada, en las formas de la destrucción: la violencia, la enfermedad, la locura. Leopoldo Brizuela. LA NACION, 2009

La última conquista de El Ángel lo termina de escribir en el año 1975 y se publica en 1977 y sin embargo es una predicción de las atrocidades de la dictadura argentina. Marianella Collette. Grafemas, Febrero 2007

La penúltima conquista del Ángel es sublime. Luisa Valenzuela



Ella dijo

Hace poco estuve leyéndolo a Manucho (Manuel Mujica Láinez). Le importa mucho la historia, que a mí, de por sí, no me interesa nada. Narra bien, ¿quién lo duda? Pero es como los novelistas decimonónicos que quieren contar todo, todo, todo. Y eso los distrae. Y sobre todo, no sabe hacer lo que hay que hacer para que las palabras resplandezcan.
No me interesan ni las tramas ingeniosas, ni los frisos sociales, ni los pensamientos profundos... Yo lo que les pido es poesía. Poesía no es lo que se escribe: es la más profunda necesidad de expresión del hombre, para la que no bastan las palabras, las frases, ¿cómo decirte? de la cotidianidad.
Nunca he sido metódica. Escribía cuando me venía en gana. Pero me venía en gana todo el tiempo. En papelitos, en cuadernos, en boletas, en lo que fuera y donde fuera. Ahora, cómo me volvían esas voces. Porque yo a Tucumán creía habérmelo sacado de encima salvo por dos cosas: los odios y los olores. No el olor de las rosas, no, que siempre me parecieron tontas, sino el de las flores de los naranjos de las calles, que era impresionante. Todavía lo tengo en mí.

¡Ay, Enrique! (fragmento)

Quedaba en un paraje de mosquitos, de maderas podridas, de río. Las circunstancias me habían obligado a vivir en esa casa extraña.
Del piso habían desaparecido algunas tablas y se abría un boquete de más de medio metro. Para no caerme dentro caminaba por el medio de la pieza. Como yo vivía allí desde hacía poco, no había tenido tiempo para los peligros.
Era un sitio bastante claro. La claridad se metía por el boquete para iluminar una escalera que llevaba al sótano o lo que fuere, quizá lleno de ratas y de resacas algo inmundas. Si hubiera tenido ganas de limpiar habría bajado a sacar las carroñas o los bichos vivos dejados por alguna creciente. Pero mi espíritu estaba intranquilo y ni siquiera había limpiado la gran pieza en la que estaba viviendo; hasta había dejado colgando como grandes hamacas los telones desprendidos del techo, esos que ya no se hacen más, tan inútiles, tan estremecedores cuando empiezan a soltarse.
No sé en qué pasaba mi vida entonces porque no me acuerdo de ningún sentimiento intenso, excepto del amor por Enrique.
Pero no había tenido la energía de prohibirle que bajara al misterioso sótano, tan fuertes eran mi cansancio y mis ganas de despreocupación. Él, allí, seguramente se divertía como sólo puede hacerlo un ser nuevo y asombradizo. Un día se me ocurrió que, entre ratas y sucias formas de la vida, debía de haber atrapado lombrices. Así que busqué a un hombre de la zona, especialista en bichos repugnantes, para que se las sacara. Llegó vestido con un overall blanco, muy limpio, como uniforme de médico. Me asomé al boquete del piso y llamé a Enrique que andaba correteando abajo. Asombrosamente, obedeció y subió alegre el tramo de escalera rota. Con orgullo miré al hombre. Uno siempre magnifica cualquier señal de inteligencia de los que ama.
Enrique estaba contentísimo. Vaya a saber qué podredumbres, qué maravillas mefíticas lo tenían tan entusiasmado allá abajo.
El hombre se dispuso a darle su remedio, pero me advirtió que se sentiría mal.
Enrique era mi amigo. No, mi hijo. El que me quería incondicionalmente y dependía de mí para todo. Yo, que tuve tanto asco de tantas cosas, no lo tenía de sus patitas sucias ni de su pelambre refregada en sitios contaminados. Le gustaba ensuciarse, yo lo amaba, luego era necesario que lo dejara ensuciarse.
Enrique y yo nos queríamos con un amor que dolía. Era una tumefacción en el alma. De tanto como tuve, de tanta gente, lo único que me quedaba era Enrique. Pero eso único era una inmensidad. Entonces, ¿por qué salí, dejándolo solo con el hombre del overall? Por algo tan tonto y tan inexplicable como la llegada de El Petiso Fatum, que me invitó a pasear.
Yo nunca paseo por pasear. Es como decidirse a perder vida. Hay que pasear por algo, con una intención más allá del mero paseo: pasear por amor a través de junglas vegetales, pasear en busca de jardines que hagan descubrir misterios en uno mismo y en los demás, pasear para que los paisajes traspasen el alma y le dejen pequeños agujeros por donde entren muchas cosas que normalmente no pueden entrar porque las almas están demasiado cerradas. Pero, ¿pasear porque sí? ¿Y con El Petiso Farum? Simpático y divertido en las ocurrencias que nacen de noche, entre mucha gente, pero incapaz de exprimirle las posibilidades a una flor. Pese a eso; increíblemente, salí con El Petiso Fatum mientras a mi criatura le hacían ingerir drogas dañinas.
Nos metimos por entre la maraña de un paisaje tan húmedo que parecía despedir vapor, y llegamos a una casa rodeada de plantas, de verde, de sombra. Una gran casa oculta y chorreada de verdín, de esas que tienen imán porque están como saturadas de maleficio. Producen un miedo muy atrayente. El Petiso estaba pasando allí algunos días, no sé por qué ya que tenía su casa en la ciudad y era apasionadamente ciudadano. Habíamos abierto la verja y estábamos por llegar a la puerta, cuando oí una especie de llanto lejano. Quién sabe qué me impulsó a correr para acercarme al llanto. El Petiso me siguió entre risas y comentarios que le quitaban el aliento. Según él no se había oído nada. Y quizá tenía razón porque debimos correr bastante hasta llegar a la casa donde parecía estar el llanto.
Al revés de la que acabábamos de dejar, y aunque estaba en un paraje lleno de verdor, era luminosa. La luminosidad interna se distinguía por debajo de la rendija de la puerta. Llamamos. Nadie contestó. Imposible entrar si no era por la puerta. Las tapias de los costados no lo permitían. Saqué mis llaves y empecé a probarlas. El Petiso se puso pálido.
—No se oye ningún llanto. ¿Te has vuelto ladrona y me estás complicando? Me voy de aquí.
Pero se puso aun más pálido cuando oyó de repente el llanto espantoso. Llanto, queja, alarido, todo eso era, más la desesperación.
Fui siempre especialista en encontrar entradas insuficientemente cerradas. Desde chica me he divertido en violar casas de vecinos ausentes. Un único obstáculo tuve a veces; los perros, tan defensores de lo que no les pertenece, tan del partido de sus dueños, pobrecitos. Hasta he llegado a entrar en casas con enfermos que ni se daban cuenta de que la familia los había dejado solos; en casas con imágenes de Santa Teresita y rosarios gruesos, negros y diabólicos; en casas llenas de jazmines del Paraguay que, aunque no tienen un perfume exaltado, lo tienen, sí, extraño (casi un no perfume, muy refinado). Y de repente, mientras hurgaba la cerradura, me invadió el ansia de perfumes que siempre me ha perseguido como si me señalara un camino.


Ay Enrique pertenece al libro "Las viejas fantasiosas", Emecé Editores, 1981. Se puede leer completo en http://www.abanico.org.ar/2009/12/orphee-enrique.html

*Agradezco al poeta Enrique Solinas, amigo de Elvira Orphèe la información proporcionada y el chequeo de esta columna.

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GENTE RARA - HEBE UHART

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Mirada marciana (Haroldo Conti), narradora errática y vacilante (Ricardo Piglia) y mejor escritora argentina (Fogwill), son algunos de los calificativos que ha recibido la obra de Hebe Uhart. Persistente, fiel a sí misma, esta maestra del relato breve y el registro oral, señala -con mirada extraña y oído proverbial- los modos de funcionamiento de nuestra sociedad. Tuvo escasa difusión en los ochenta y los noventa, hasta que la aparición de Del cielo a casa y la reedición de Camilo asciende, le dio el demorado reconocimiento de la crítica. Respetada de modo unánime y considerada una escritora de culto, ha influido con potencia en las nuevas camadas de escritores y escritoras.

HEBE UHART

Nació en Moreno, en 1936, estudió filosofía en la Universidad de Buenos Aires y trabajó como docente primaria y secundaria y de filosofía en la Universidad de Buenos Aires y en la de Lomas de Zamora. Publicó Dios, San Pedro y las almas (Menir,1962), Eli, Eli, lamma sabachtani (Goyanarte, 1963), La gente de la casa rosa (Fabril, 1970), La elevación de Maruja (Cuarto mundo, 1973), El budín esponjoso (Cuarto mundo, 1976), La luz de un nuevo día (CEAL, 1983), Leonor ( Per Abbat, 1986), Camilo asciende (novela, Torres Agüero, 1987), Memorias de un pigmeo (Alta pluma, 1992), Mudanzas (nouvelle, 1995, Bajo la luna nueva/Lectores de la Banda Oriental, 1997/Mondadori, 1999), Guiando la hiedra ( Simurg, 1997), Señorita (nouvelle, Simurg, 1999), Del cielo a casa (Adriana Hidalgo editora, 2003), Camilo asciende y otros relatos, (novela, Interzona, 2004) y Turistas (Adriana Hidalgo, 2008) y están en edición un libro de cuentos elegidos (Alfaguara), uno de crónicas de viajes (Adriana Hidalgo) y Un día cualquiera (cuentos y crónicas, Editorial Malón), del que ofrecemos un inédito. Fue incluida en numerosas antologías y revistas del país y el extranjero, Laura Yusem dirigió, con textos suyos, la obra de teatro Querida mamá o guiando la hiedra, obtuvo el Premio Konex en Cuento, por el quinquenio 1999-2003 y vive en la ciudad de Buenos Aires, donde coordina talleres literarios.

Se dijo de ella

una literatura que no se adapta a las reglas de la gramática, de los géneros, de los clisés, y perturba los usos discursivos más habituales para sostener una mirada extrañada. Sylvia Saitta. La Nación, de Buenos Aires, 28/10/2003.

Le ha dado a la literatura argentina decenas de personajes emocionantes, inolvidables, que establecen al hablar, al actuar, al tener sentimientos por otros, una manera de existir, de resistir, de no entregarse. Elvio Gandolfo, Prólogo de Camilo asciende y otros relatos.

Es intransigente…su mirada no sale de sí, tiene la autonomía de ciertas locuras…. y, con sus personajes, tiene el mismo buen trato que su maestro Felisberto Hernández. Tomás Abraham, Página/12, diciembre de 2004.

Ella dijo

A mí me parece bien que un escritor se ponga en sus personajes, cuanto más los muestre tal como son, mejor. Pienso que el escritor debe desaparecer para dejarlos hablar. Flavio Lo Presti. La Voz del Interior. Viernes 24 de octubre de 2008

Sigo el consejo de Chejov en el que creo absolutamente: dejar de lado el contenido de lo que dice el personaje para atender a cómo lo dice, mirar del personaje cómo se mueve , cómo camina, cómo se calla, etcétera. Lo que alguien dice, en materia de juicios valorativos, ideológicos entra en el circuito de su clase social, grupos de pertenencia, todos escuchamos más o menos las mismas radios, leemos los mismos diarios, por lo tanto la mayoría de las veces nuestros comentarios que pretenden ser muy personales, no lo son. A mí me interesa la especificidad de las personas…. Presentación de Turistas. Casa de Pepino. Córdoba, noviembre 2008.

La coordinación

Una vez me llamaron los de la comisión organizadora de la feria del libro para que coordinara una mesa de escritores con tema ya fijado: Literatura urbana y rural. La invitación para coordinar venía en un papel con membrete de la “Comisión permanente para la organización de la feria del libro, del autor al lector”. Era una gran distinción pero tenía mis dudas; no sabía nada sobre ese tema, no sé coordinar y entre los escritores estaba el padre Mamerto Menapache, que habla por radio y recorre todas las provincias en su misión evangelizadora. El quiere destruir el estereotipo del cura retrógrado y anticuado, para ello copia el lenguaje de los chicos, dice “Cristo te requiere” o “Cuando estás en una pálida” y a veces usa el lenguaje campero, cuentos con animales como por ejemplo el del loro que no quería compartir, y todos los cuentos son con moraleja. Arma además una ensalada con todo eso y con palabras como paranoia, identidad. Para mí es un camaleón barullero que vende un montón de libros, con una voz que tiene tufo a encierro y tapujos.

Ojalá que no venga – Pensé

Pero aparte, nunca pude coordinar a nadie; si dos personas que están conmigo discuten o se emperran en sus respectivas posiciones, inmediatamente invento una tercera alternativa para quedar bien con las dos: Yo sé mediar, no coordinar. No soy capaz de parar a nadie, no puedo mirar el reloj para hacerle ver al otro que es tarde porque no uso reloj, y si alguien me indica algo, lo cumplo.

Estábamos reunidos en una salita de la Feria del libro y había bastante gente .A mi derecha estaba sentada una escritora de mucha edad que leía un cuento larguísimo, hacía grandes silencios porque se perdía en texto, su voz era como de convaleciente o más bien como de haber vivido sola en una cueva mucho tiempo , sin hablar con nadie. Yo estaba por ofrecerme para leérselo, pero una letra que entendía ella, la hoja estaba llena de tachaduras. Por otra parte pensé: “ Si le saco el papel se va a quedar más vencida de lo que está y por ahí se descompone de tristeza en la mesa redonda”. El escritor que estaba a mi izquierda, un hombre con ansias de figuración, me dijo:

_ Cortala, decile que lo termine oralmente

Le dije suavemente que lo cuente en forma oral. Al minuto, el de la izquierda me tocó el hombro

_ Cortala. Es peor hablando que leyendo

Por suerte la cortó una mujer sentada al lado de ella, que escribía cuentos camperos. Era uno de esos cuentos en que galopa el alazán, cantan las aves mañaneras y los peones toman mate en el fogón. Todo era como debía ser. En un momento ella dijo:

_ Porque el campo lo siente el que lo tiene y lo ha recibido de sus abuelos.

La que se armó. Se levantó una señora del público, furiosa, y dijo:

-¿Usted cree que sólo los terratenientes pueden querer al campo y escribir sobre él? Explíquese mejor.

La miraba con cara de pegarle un tiro si no se explicaba mejor.

La escritora arregló como pudo, pero ya la gente estaba agitada. No sé cómo fuimos a parar a la campaña del desierto, de ahí al reparto de tierras mal hecho durante el siglo pasado y a la matanza de los indios. Después alguien recordó que el gaucho y el indio son dos cosas distintas, y otro salió con que tenían mucha relación. Ya a esa altura yo había perdido toda intención de coordinar y los miraba como quien mira una película, hasta llegué a desear que viniera el padre Mamerto Menapache para que contara algún cuento de loro soltero o del tatú sotreta, para que unificara a toda esa gente y así yo no tenía más responsabilidad. Pensaba que nunca debí aceptar esa distinción, pero fríamente, sin echarme culpas. Desde la otra ala del público un hombre dijo:

_ Hasta ahora hemos hablado del campo bonaerense, pero ¿Se olvidan de las provincias? San Luis también existe ( Se levantaron tres para mostrar que eran de San Luis ). Acá estamos los escritores de las provincias, pero la capital, ese monstruo macrocefálico se come todo. Por suerte a esa altura ya no peleaban, era como si cada uno quisiera expresar su ira, pero en solitario. Todo iba para cualquier lado cuando se levantó el escritor de la Pampa, y habló de la sequía y de que La Pampa también existe. Para calmar los ánimos se me ocurrió decir algo amistoso y halagador. Recité

“Y La Pampa es un verde pañuelo

colgado del cielo, tendido hacia el sol “

Me miró con torva mirada y con voz de dómine que se dirige al más estúpido de sus alumnos y me dijo:

_ Pero ésa es la pampa húmeda, la pampa seca tiene el cardón

Le dije:

_ Claro. Claro.

Y mientras él se explayaba sobre el cardón y su mitología yo recordaba una poesía obscena que conocíamos a los doce años sobre la pampa y el cardón.

Desde esa vez, nunca más me llamaron de la feria del libro para coordinar, ni para nada.

Memorias de un pigmeo (fragmento)

Nosotros somos los pigmeos y vivimos en el país de Kivi. Kivi es el corazón de Tanata, donde ya nuestro poder se va dispersando porque somos de la familia del leopardo y los tanatas son de la familia del tigre; más allá está el reino de las arañas y no se puede pasar, las telas de araña invaden todo el espacio: no hay río, ni tierra, ni árboles. En un tiempo nosotros los leopardos fuimos más altos y más fuertes que los hombres grandes que nos rodean, pero no sabemos sembrar porque el primero que sembró, Udo, en vez de plantar la raíz, plantó las hojas. Y así el espíritu nos castigó y nos prohibió sembrar. Nos dijo que cazáramos y así cazamos al elefante de tres maneras. La primera es haciendo una fosa que rellenamos con hojas, cuando el elefante pasa por ahí, pierde pie y cae. El elefante no mira para abajo cuando camina porque su deber es sostener el aire; está atento al aire y de repente, ¡zas!, cae con todo su peso. La segunda forma es cuando el elefante va por el camino del agua: vamos cuarenta de nosotros y lo esperamos escondidos detrás del matorral, nos subimos a lo más alto del árbol, caemos todos juntos sobre él y lo matamos a flechazos. Siempre muere uno de nosotros, pero el leopardo produce más gente de su propia sustancia. La tercera manera de cazar es secreta.

El espíritu de las armas nos prohibió fabricar flechas y cuchillos, porque el primero que los fabricó, Pushu, hizo un cuchillo y lo dejó herrumbrar; después no recordó cómo lo había hecho. Nosotros les damos a los hombres de Tanata, les damos la carne de elefante y ellos nos dan flechas, cuchillos y colmillos de elefante trabajados para poder beber en ellos y para turututear en las ceremonias. Parece que antes nos cazaban y nos comían, pero ahora, por esa misma causa, ellos están mezclados de leopardo, pueden hablar y tratar con nosotros y así estamos en buenas relaciones.

http://cuatrocuentos.wordpress.com/2009/04/07/hebe-uhart-memorias-de-un-pigmeo/

Más sobre Hebe Uhart en

* http://guiandolahiedra.blogspot.com

* http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/las12/13-5743-2010-05-28.html

Para ver la nota en el suplemento "Señales" del diario La Capital de Rosario hacer click aquí

Verdades al sesgo - MARTA ORTIZ

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Colaboradora habitual del suplemento Señales con sus reseñas literarias e incansable en la difusión de la escritura hecha por mujeres, Marta Ortiz es ella misma una refinada creadora de cuentos en los que los climas y atmósferas delinean un mundo ambiguo, lleno de sutilezas y resonancias, lejos de los estereotipos, y a la vez predominantemente femenino.

Marta Ortiz nació y vive en Rosario, en cuya universidad nacional estudió Letras.
En narrativa, publicó El vuelo de la noche (La Editorial, Universidad de Puerto Rico, 2006/Primer premio de cuento, Bienal Internacional de Literatura Puerto Rico 2000), tiene inéditos una novela y el libro de cuentos Lloviznas matinales (Primera Mención en la categoría inéditos del premio provincial Alcides Greca 2007) y participó de numerosas antologías, entre otras Los cuentos (II premio IV concurso Fundación Victoria Ocampo, Buenos Aires 2007), II Concurso Nacional de Cuentos E. Gudiño Kieffer (Bibliográfika, Buenos Aires, 2005) y Cuentistas Rosarinos (UNR editora, Rosario,1999), así como en diversas revistas y sitios virtuales nacionales y extranjeros. Es autora del guión de Zoo…nando, espectáculo didáctico musical de Pro Música para Niños Rosario, publicó el libro de poemas Diario de la plaza y otros desvíos (El Mono Armado, Buenos Aires, 2009) y participó de las antologías Los poemas (II premio, I concurso de poesía A. Roemmers, Fundación V. Ocampo, Buenos Aires, 2009), Poetas rosarinos (UNR editora, Rosario, ediciones 2005 y 2007) y Poetas del Tercer Mundo (Ciudad Gótica, Rosario, 2008), entre otras. Obtuvo por sus cuentos y poemas numerosas distinciones, además del Premio Bienal Internacional de Literatura/2000, de Puerto Rico. Desarrolla intensa actividad cultural, coordina talleres de escritura y lectura en su ciudad y colabora en numerosas revistas y periódicos de su país y del extranjero.
Conjuntamente con Gloria Lenardón, dirige la colección Narrativas Contemporáneas para la Editorial Fundación Ross.

Se dijo de ella

…el misterioso aroma de ámbar de Clarice Lispector, que tan adecuadamente preside los textos, deja entrever pálidamente a veces, a golpes de color y sonido otras veces, las vidas de esas mujeres y de esos hombres que atraviesan las páginas, sus difíciles relaciones, el modo en el cual se engañan a sí mismos y a los demás. Angélica Gorodischer. Fragmentos del texto presentación de El vuelo de la noche. Gaceta Literaria de Santa Fe, Año XXIV, Nro 129, otoño de 2006

…es de un modo sesgado, oblicuo que Marta Ortiz plantea la intriga, con una eficacia que afortunadamente distancia los recursos narrativos de la receta del cuento clásico, ya que los textos están sostenidos literariamente por la construcción de un clima absorbente, la profundidad de un tono personal, el desmenuzamiento de la percepción, de una mirada única…Irma Verolin
http://archivo.lacapital.com.ar/2006/06/11/seniales/noticia_300259.shtml

Los textos de Ortiz plantean la posibilidad de otra alternativa, de otra propuesta no sólo en el frente manifiesto y en el envés oculto de los personajes sino también en las formas y estructuras de construcción del relato que escapan a la ortodoxia del género cuento. Antonia Taleti. CONFLUENCIA, Revista Hispánica de Cultura Y Literatura (University for Northern Colorado), Fall 2007
http://www.unco.edu/hss/confluencia/fall_2007.html

Ella dijo

¿Influencias? Muchas, porque he leído mucho. Quizá la de Katherine Mansfield es una que sobresale entre las otras, porque la leí de grande, en la misma época en que descubrí cuántas otras mujeres escribían.

Entrevista de Fernanda González Cortiñas http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/12-3145-2006-04-19.html

cabe preguntarnos qué ocurre cuando se quiere encontrar un lenguaje capaz de articular la mirada de la mujer, de nombrar aquello que aún no ha sido nombrado (tal como lo sugiere el vacío cuantitativo de escritoras en la historia oficial de la literatura), y que pertenece a la experiencia intransferible de una mujer; qué sucede cuando miramos atrás en busca de esas madres literarias que en algún momento habrán intentado poner en palabras esas mismas experiencias y ver de qué manera la diferencia sexual ha quedado inscripta en su lenguaje y así, ir incorporando la historia que nos antecede. Congreso de escritoras de América Latina, MALBA; Buenos Aires, octubre 2002. Publicado en revista Feminaria, Año XIV, Nº 26/27, Buenos Aires (julio de 2001, pág.67

Dos cuentos inéditos

Bossa Nova

Amenazó lluvia todo el día, pero a eso de las diez de la noche una firme cúpula de estrellas sostuvo bien alta la estructura del cielo.

En el bar, el espectáculo da comienzo. Sobre la pared de ladrillos, a un lado del escenario, tres pinturas en tonos de azul. La silueta de la cantante se dibuja intensa bajo una red de luces calidoscópicas. La bossa nova aceita el rítmico cabeceo del público y recala sus acordes tibios en él, que la mira a ella con un brillo ardido en la mirada.

El avance del show lo predispone al éxito: el pacto secreto con ángeles obsecuentes le prometió una cita con la cantante, o mejor, le prometió la cantante misma. Sin proponérselo la imagina de aquí para allá en el interior de una casita de azúcar con techo de oblea a dos aguas donde un día vivirán juntos. Ella cuidará un heliotropo, lo regará todos los días a la misma hora.

Desde el rectángulo que define uno de los cuadros en la pared de ladrillos, la cabeza geométrica de un carnero lo mira a los ojos, azul.

Ella canta “Tú no me conoces”, de Ray Charles. Él frota sus manos hasta sacarles chispas. Pide un bis, otro café y una cerveza. A ella la voz se le hace agua, más íntima y dulce; pero él, sin saber por qué, de golpe sombrío, piensa que a pesar de las imágenes que lo atraviesan, es cierto, él no la conoce y ella a él tampoco.

La voz de terciopelo, ajena al desaliento del hombre, promete, transgrede, sonoriza el vacío, se hace caracol, interpreta a Baden Powell, Toquinho, Vinicius. Él sonríe y de nuevo el brillo ardido en la mirada hecha péndulo: de la cantante al neón verde y azul en el cartel de Quilmes y del neón verde y azul otra vez a la cantante.

“No podemos ser amigos”, insiste ella, y entonces él, que todo el tiempo ha interpretado un solo de ilusión, más que nunca duda y se siente obligado a bajar de un trago la cerveza, imprevistamente perdido ante el vacío que no acaba de abrirse a sus pies. “Desafinado”, de Bom Jovim marca el final y la lluvia de una cálida retórica de aplausos antecede el último par de temas pactados.

La cantante se despide con una sonrisa y el abrazo de sus brazos extendidos, pero a él ni lo mira. No obstante, aferrado a la quimera de un recital cantado sólo para él, sonríe como si esperara algo: un souvenir, un regalo de la casa. ¿Acaso no le prometieron presentarle a la cantante ni bien acabara el recital?

No sin estrépito y vidrios rotos regresa de su alocado circunloquio mental y la ve a ella abrazada al guitarrista que en un gesto posesivo y fugaz le besa el cuello. Antes de abandonar el local, ella se detiene, gira la cabeza y le sonríe un saludo póstumo que él siente como la última moneda que tintinea al fondo de la gorra pordiosera. La puerta vaivén queda temblando unos segundos y la cantante se pierde en los túneles de la noche.

El cielo encapotado a última hora responde firme al pronóstico de lluvia. El hombre se levanta el cuello del abrigo, hay viento. Mira el cielo. Ni una estrellita en lo alto de su página.

Gato encerrado

Los ojos de los tíos centellean más preocupados que furiosos en la alta oscuridad sobre baldosas geométricas.

El zaguán es largo y poco ventilado, pero hoy parece interminable. Se respira adrenalina sobre vaho añejo a orín de gato, dulzón y acre, toquecitos secos de aserrín y humedad de pana raída.

-A Félix se lo tragó la tierra; ¿mish, mish? –informan, hacen como que rastrean, un poco al tuntún, agitan nerviosos las manos y los brazos como aspas destacando su palidez en la sombra.

-Mentira –dice Orfelina, tan bajito que los tíos no pescan ni jota –lo escondieron, lo doparon, lo prestaron. Parecen máscaras de talco en la oscuridad, piensa. Juega a medir el tiempo con saltitos cortos y ruidosos; revisa la niña una a una las habitaciones de la casa chorizo.

–Cuatro patas tiene el gato una dos tres cuatro, se escapó, se murió, el minino se extravió -canta.

Para un felino todo piso es campo de algodón y aunque ella estira las orejas no oye más que el tintineo de las pulseras de su tía. Oye también el chasquido del arco invisible que en el aire trazan sus propios saltitos. Detrás, los cuatro ojos incrustados en las caras de talco, vigilan. Restregándose inquietas, las garras al final de los brazos mienten un desasosiego ridículo.

-Minino nones –se resigna Orfelina.

A la niña nadie le pierde pisada. La leyenda dice que siendo más niña aún, decoró la cola de su gato con un moño de elástico. Y la cola se quebró. En su descargo ella declaró que cintas para adornarlo no encontró, que en el costurero había solo elástico, y que entonces blá, blá y blá.

Trascendidos los lindes de su casa, la noticia giró la vuelta al barrio y a la ciudad y aún a las otras ciudades y se presume que al mundo, a juzgar por la conducta de los tíos de Pergamino cada vez que ella viaja con sus padres de visita a esa ciudad.

-Que se lo coman asado, que lo planten en el jardín. ¡No es más que un huevo peludo, minino estúpido y retacón! –bosteza Orfelina.

Se deshace del oscuro abrazo del zaguán como quien se sacude pétalos de lluvia y pelos de Félix.

Digna, promueve el descarado fru-fru de su vestidito de piqué. Rítmica como entró, a saltos de cigüeña, sale a la luz. Piensa en las moras moradas en el baldío, casa por medio: promesa de juego jugoso, la tarde entera con su primo Andrés.

Más de Marta Ortiz en El síndrome de Chejov: http://elsindromechejov.blogspot.com/2009/07/chejoviana-12-el-cofre-verde-un-relato.html

Vuelo de noche: http://marta-ortiz.blogspot.com/

Para ver la nota en el suplemento "Señales" del diario La Capital de Rosario hacer click aquí

 

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