Noemí Ulla - El cerco del deseo

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Leída, traducida y estudiada, la obra de Noemí Ulla es insoslayable en la literatura nacional y un halo mítico la aproxima a escritores como Borges, Onetti, Bioy Casares, Silvina Ocampo o Juan José Saer, con los que cultivó amistad. Sus ensayos reveladores y sus novelas y relatos delicados, dan cuenta de una escritura que se aproxima a los matices más sutiles de la realidad. Sencilla y alegre, Quita Ulla, como le gusta ser llamada, ha estado en Córdoba, entre nosotros, en más de una oportunidad.
Noemí Ulla
Nació en Santa Fe, estudió en Rosario y se doctoró en Filosofía y Letras por la Universidad de Buenos Aires. Publicó Los que esperan el alba (primer premio de novela, Dirección de Cultura de Santa Fe, 1967), Urdimbre (Editorial de Belgrano, 1981), Ciudades (CEAL, 1983/ Ombres Blanches, Toulouse, 1994), El ramito (Último Reino, 1990), El cerco del deseo (Sudamericana, 1994), la antología personal Una lección de amor y otros cuentos (Fundación Ross, 2005), Néréides à nu (MEET, Saint Nazaire, edición francés-español, 2006), En el agua del río (Fundación Ross, 2007). En ensayo, Tango, rebelión y nostalgia (Jorge Álvarez, 1967/ CEAL, 1982/ Frölich & Kaufmann, Berlin, 1982), Diccionario Universal de Autores, en colaboración con Jorge Lafforgue (CEAL, 1971), Identidad rioplatense 1930: la escritura coloquial (Borges, Arlt, Hernández, Onetti), por el que recibe el Primer Premio de Ensayo otorgado por la Subsecretaría de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires, 1990, Invenciones a dos voces: ficción y poesía en Silvina Ocampo (Torres Agüero, 1992), La insurrección literaria: de lo coloquial en la narrativa rioplatense de los años 1960 y 1970 (Torres Agüero, 1996), De las orillas del Plata (Simurg, 2005), Variaciones rioplatenses (Simurg, 2007), y la antología crítica Obsesiones de estilo (Fundación Ross, 2004). En 1974, su cuento La viajera perdida fue premiado en el concurso del Semanario Marcha de Montevideo por un jurado que encabezaba Juan Carlos Onetti. Ha sido becaria de la Deutscher Akademischer Austauchdienst y de la Maison des Écrivains Étrangers et des Traducteurs y profesora invitada por las universidades francesas de Toulouse-Le Mirail, Blaise Pascal de Clermont Ferrand, Caen, Avignon, Sorbonne Nouvelle, la Universidad de la República (Montevideo) y Miami University de Ohio. Cultivó estrecha amistad con los nombres más resonantes de la literatura nacional. Muestra de ello, la foto que ilustra esta página.

Ella dijo:
–Los relatos se me ocurren por palabras y frases que escucho. Detrás de un comienzo siempre hay una frase y esa frase va hilvanando el relato. A propósito de frases, hay una muy linda de Proust sobre Flaubert: “lo más interesante de La educación sentimental no es una frase sino un blanco”. Las pausas. Los silencios. El silencio hace a la palabra y yo no lo agrego a posteriori, es más bien algo inconsciente. (De una entrevista realizada por Juan Pablo Bertazza. Radar Libros, 22 de abril de 2007)
Se dijo de ella:
Silvina Ocampo, que apreciaba en las narraciones de Noemí Ulla la originalidad de su imaginación, solía situarla junto a grandes escritoras: Virginia Woolf, Colette, Katherine Mansfield, Clarice Lispector, Djurna Barnes. He escrito en el prólogo de Ciudades –en su traducción al idioma francés- algo sobre esta escritora que quisiera recordar aquí: ‘El lenguaje ceñido de los conflictos y situaciones del relato es uno de los rasgos donde se reconoce a Noemí Ulla, dueña de retórica y estilo propios’. Adolfo Bioy Casares, Buenos Aires, enero de 1999, Prólogo a Néréides à nu.
En el tuyo (en referencia a la novela Urdimbre) encontré el rigor y las imágenes que venimos tratando de compartir entre unos pocos desde hace tantos años. La limpieza de tu prosa, utilizada para hablar de cosas que son, en definitiva, casi indecibles, crea una tensión que no decae del principio al fin. Juan José Saer, carta desde París del 29 de marzo de 1982

Bailarina de tres brazos
Con tres brazos la mujer bailaba. Dos se extendían para el lado izquierdo y el otro, quedaba solito del lado derecho. Se movía con agilidad y mucha gracia. Cuando llegó hasta mí pude ver que uno de los brazos de la izquierda no se articulaba, era de madera, fino como palo de escoba, pero ella lo movía con el otro desde el hombro y así daba la ilusión de que eran gemelos. En la cabeza llevaba unos velos que caían sobre la espalda y los hombros. Con seguridad que la cascada de esas gasas trastornaban la visión del brazo muerto y le prestaban movimiento.
Mi padre dijo con autoridad: No mires. Pero ya era tarde, había visto todo lo que mi padre no quería que viera. A su lado mi madre sonreía diciéndole que me dejara mirar y que así entendería. ¿Qué debía entender? me pregunté en silencio para no turbar el momento de fragilidad del diálogo de mis padres, en que él terminaba por admitir y ella por restarle importancia al espectáculo. ¿Y qué? –agregó mi madre–, no es más que un brazo de madera.
Y ahí se detuvo. Ella conocía todas las reglas del silencio, conocía el valor de la pausa para que mi padre midiera las palabras que ella decía mientras sus ojos verdes vagaban distraídos por la penumbra del circo. No había espectáculo de circo que papá no viera con toda la familia. Solía decirnos a los más chiquitos que en su infancia no lo habían llevado al circo y entonces, disfrutaba con nosotros de ver elefantes y damas chinas, la flor azteca y el juego de los cuchillos. A veces se volvía grande como con la mujer de los tres brazos y pensaba demasiado en nosotros, pero por suerte estaba ahí mamá para recordarle la infancia.
Cuando salimos del circo el parque se había poblado de personas y de sombras que debíamos atravesar. Era raro andar de noche por el parque, el que de día conocía tan bien por el andar de los cisnes y los patos del lago; se me ocurrió que se trataría de otro parque en otro lugar del mundo. Pregunté si estábamos lejos de casa para atender a la voz de mamá diciéndome “sí” e imaginar entonces que si me llegaba a perder en medio de los árboles ellos estarían a mi lado para salvarme. Después me dio por pensar que mi hermana mayor se las ingeniaría para tener tres brazos, ella siempre estaba inventando cosas que maravillaban a todos y yo no podía hacer más que quedarme en éxtasis viendo cómo sabía hacer los juegos más raros del mundo. Los altos faroles del veredón iluminaron de pronto unas caras conocidas a quienes mis padres saludaron con amabilidad, diciéndome que yo también debía saludar a los antiguos vecinos de la calle Catamarca. Saludé cuando ya habían pasado, saludé al aire y a los cisnes que se estarían deslizando ondulantes por el agua del lago. Pensé en el río y en los veleros que surcaban el agua dejándole dos colitas enruladas de ángulo agudo. Papá me preguntó si me habían gustado los números del circo y vi que le guiñaba un ojo a mamá, seguramente por el miedo que me habían dado los leones.
En el coche, sentada solita en el asiento de atrás, porque mis hermanos no habían querido ir al circo y ya tenían otros gustos, conversé con la mujer de los tres brazos. Le pregunté por qué le gustaba su brazo de palo y le conté las cosas que hacía mi hermana mayor. Mi padre, como siempre ocurría, me preguntó si estaba hablando sola otra vez. Ellos no podían verle el brazo de palo, ni ese brazo ni los otros ni a ella con sus largos velos, y me resultaba difícil decirles que ella estaba sentada en el coche conmigo, y que hablábamos, y que como a mí le daban cierta impresión los árboles del parque por la noche. Por fin comprendí que ella, tanto como yo, deseaba llegar a su casa, el circo, y la abandoné mirando cómo cruzaba la espesura.
Esa noche no fue una noche como tantas. Al llegar a casa, mis hermanos miraban televisión con los vecinitos del barrio. Papá se enojó muchísimo y cuando fuimos a la mesa mi hermana mayor le pidió disculpas con toda seriedad, mientras movía tres brazos como yo le había contado que hacía la mujer del circo. Papá quiso demostrar que estaba disgustado, pero muy pronto soltó la risa y se volvió a iluminar la noche.
Ver nota en el diario La Voz del Interior

1 comentarios:

  • 07 septiembre, 2009 22:15
    Nicolás says:

    Muchas Gracias, Teresa, por tu agradable visita a la facultad. Fue muy ineteresante esucharte desde cerca, cara a cara, y conocer un poco más acerca de tu novela, tu vida y tus experiencias. Debo confesar, por otro lado, y tal vez es esto algo más personal, que me agrado mucho saber que participas, además, en el proyecto de carta abierta. Gracias de nuevo.
    Nicolás, estudiante de la letras de la UNC.

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