¿Por qué Narradoras Argentinas?

He creado este blog con el propósito de ir subiendo, a medida que salgan, mis columnas sobre
NARRADORAS ARGENTINAS escritas para el suplemento cultural del diario
La Voz del Interior, y leídas luego en el programa El Dirigible, Radio Nacional/Córdoba.
En esas columnas repaso, reviso o rescato, vida y obra de escritoras argentinas de todos los tiempos, en el deseo de mostrar la fecunda diversidad de voces, posturas y estéticas de las mujeres de mi país.

M. T. Andruetto

(para más información y enlaces sobre narradoras argentinas ir a
http://www.teresaandruetto.com.ar/narradoras.htm )

sábado 3 de octubre de 2009

La rosa en el viento - Sara Gallardo



La autora de “Eisejuaz” dejó una obra intensa y ajena a las modas literarias.

Ajena a las modas literarias, reacia a repetirse, autora de una monumental y atípica obra periodística durante los años sesenta y setenta, escritora de relatos infantiles, cuentos breves y novelas convertidas en clásicos, miembro de la más conspicua oligarquía terrateniente, descendiente de prohombres de la historia nacional, Sara Gallardo Drago Mitre se sintió sin embargo una desclasada, errante y peregrina, un perro refugiado en la cuneta, que sufrió penurias y olvidos, como los sufrió su obra hasta que pudimos redescubrirla y valorarla como uno de los hitos más originales e intensos de la literatura argentina del siglo XX.

Nació en Buenos Aires en diciembre de 1931 y murió de un ataque de asma en la misma ciudad, visitando a sus familiares, en 1988. Hija del historiador Guillermo Gallardo, nieta del naturalista Ángel Gallardo y tataranieta de Bartolomé Mitre, se crió inmersa en la clase social que dirigió la nación desde 1880, lo que constituyó la materia de su escritura y el marco en que se concibió a sí misma. Corrosiva, pudorosa y asmática, supo imaginarse como la anacrónica heroína de un relato épico, una mujer próxima a la santidad o la protagonista de una novela romántica. Los años del surgimiento del peronismo, son también aquellos en los que escribe sus primeras ficciones. Enamorada del paisaje de confín, el de los campos aún salvajes e improductivos de propiedad familiar en los que pasó largas temporadas en su infancia, convierte en escenario de todos sus relatos la “América salvaje, imposible de catequizar”. Publicó Enero (Sudamericana, 1958/1962), traducida al checo y al alemán, Pantalones Azules (Sudamericana, 1963), Los galgos, los galgos (Sudamericana, 1968/Tusquets, 1997, Primer Premio Municipal y Premio Ciudad de Necochea con un jurado compuesto por Leopoldo Marechal, Aldo Pellegrini y Juan Carlos Ghiano), Eisejuaz (Sudamericana, 1971), monólogo alucinado de un indio mataco en busca de la santidad, los relatos de El país del humo (Sudamericana, 1977/ Alción 2003), las recopilaciones Páginas de Sara Gallardo por Sara Gallardo (Celtia,1987) Páginas de Sara Gallardo (Colección Escritores argentinos de hoy, Gedisa,1990) y Narrativa breve completa (Emecé, 2004). Su último libro, La rosa en el viento (Pomaire, 1979), fue escrito en España, el primero de una serie de países por los que erró, junto a sus hijos, hasta el fin de su vida. Casada en primer término con Luis Pico Estrada con quien tuvo tres hijos y luego con el poeta y filósofo H. A. Murena, padre de su último hijo, Sara Gallardo construyó una obra periodística monumental, encuadrada dentro del nuevo periodismo, para las revistas Confirmado y Primera Plana y luego para La Nación, de la que fue corresponsal en Europa. Publicó en Editorial Estrada sus relatos infantiles: Los dos amigos y Teo y la TV, ambos de 1974, Las siete puertas, de 1975, y ¡Adelante, la isla! (1982), de los cuales los relatos Las siete puertas/ Dos amigos han sido reeditados recientemente (Colección Mis autores, dibujos de Silvia Lenardón, Planta, 2008). La inclusión de Eisejuaz en la Biblioteca de Clásicos Argentinos, que dirigió Ricardo Piglia y las persistentes referencias a su obra hechas por Leopoldo Brizuela permitieron que fuera finalmente valorada como uno de los hitos más originales e intensos de la literatura argentina del siglo XX. Cuando murió estaba comenzando una biografía de Edith Stein, intelectual judía que ingresó en el Carmelo y murió en Auschwitz, de quien dijo sentirse muy próxima, por el progresivo despojamiento y por la sensación de ser extranjera en todas partes.

Ella dijo

La América de aquí es el territorio de casi todas mis historias: esa pampa salvaje, un poco expresionista, imposible de catequizar. Un país en que el humo cubre todo y lo vuelve fantástico o fantasmagórico. Un mundo de monstruos. Y a la vez tan fascinante.

Aprecio la hipersensibilidad. La literatura escrita por mujeres necesita de un vigor viril. Ese rigor debe estar al servicio de la hipersensibilidad, como lo está por ejemplo en Virginia Woolf, una autora exenta de afectación.
Me gusta crear personajes masculinos. Por otra parte, ya de chica tenía un estilo de juego que no se avenía al tradicional de las mujercitas. Por supuesto, tenía muñecas, pero me atraía mucho más jugar a los pieles rojas, a los árabes, imaginar que las bicicletas eran las carpas en el desierto. Además, me encanta todo lo salvaje. Los caballos me apasionan. No me pierdo los desfiles y me emociono cuando pasan los granaderos. Me gusta lo épico en la vida y la literatura. Demás está decir que una de mis lecturas preferidas es La Ilíada. Sara Gallardo frente a Sara Gallardo. Revista La Nación, 11 de septiembre de 1977.


Pantalones azules. Ese no era bueno y me dio rabia. Eso fue en 1963. Después hice mucho periodismo (Atlántida, la columna de Confirmado) y en 1968 publiqué Los Galgos. No, esa columna era la carcajada general. Con un tono pedante a propósito, irritante. Pero todo el éxito de esa columna es de Garzón Maceda. Él me daba sus ideas y yo las articulaba en mi estilo insolente. Él fue el dueño de esa columna. Es como el director del circo. Que tiene un circo bueno porque confía en sus payasos, y les sabe dar cuerda. Nada más. Esteban Peicovich. Por qué me fui. Con Sara Gallardo en Barcelona.


Se dijo de ella

Eisejuaz implica un distanciamiento por el lenguaje, que no es un "habla copiada" al modo de los indigenistas sino una fulgurante "habla inventada", inspirada en el castellano austero, violentado y poético de los indios, a la manera y al nivel de un Juan Rulfo o un Mario de Andrade -esto es: combinando un idioma de palabras sencillas con osadías de la vanguardia poética y un manejo brutal de los silencios, que sugieren todo lo que aún no puede traducirse de una a otra cultura, de la herida a la palabra.

Leídos en sucesión cronológica, novelas breves y cuentos permiten advertir una ética tan ajena a las modas literarias como reacia a repetirse, incluso en aquello que la crítica o el mercado señalaban como sus mayores aciertos; una personalidad tan disconforme con lo que era y escribía, como incapaz de cualquier tipo de impostación, de traición a sí misma. Leopoldo Brizuela, prólogo a Narrativa Breve Completa


Esa dificultad para la clasificación es una de las características de su obra. (…) Difícil de asimilar para la izquierda. Imperdonable para la derecha, por su independencia, por ser rebelde y mujer, porque sus ficciones iluminan zonas ocultas y revelan secretos. Juan Bautista Duizeide. Sara Gallardo, la mujer que amamos. Sudestada Nº80 - Julio 2009)

Nunca hablamos de nada demasiado importante, nada íntimo, pero su presencia volvía todo más luminoso, y esa luz es la que envuelve y perfila su recuerdo. Aprecié la real dimensión de su literatura mucho más tarde, cuando leí sus cuentos cortos, y Los galgos, los galgos, Eisejuaz. En esa época ella nunca me habló de sus libros ni les puso valor. En cambio, hablaba voluntariamente de sus notas, de sus entrevistas, una con Antonio Di Benedetto a quien había aterrorizado en su modestia citándolo en el Ritz. Griselda Gambaro. Escritos Inocentes. Editorial Norma.


23

Esperé diez años. Y me vio.
Llegaba de la guerra. Sangre negra le chorreaba el pecho. Vi sus hijos, sus nietos. Las plumas de sus lanzas también negras, locas de victoria. Mujeres, viejos, perros, chicos eran un solo aullido. Y las cautivas color muerte.
Yo le sostuve la mirada. Mi abuela me pegó.
Celebraron durante muchos días. Los guerreros dormían, vomitaban. Esperé. El rey caminó entre las tiendas. Vi abrir el cuero de mi casa.
Nunca lo nombré. Nunca me nombró. Yo fui rey, el muchacha. Aprendí a gobernar, él a reír.
Suelen hablar. Poco saben de amor.

30

Soñé: perdí un diente.
¿Qué haré sin él, que hará sin mí?
Se ha levantado viento sobre el río.
¿Qué hará sin mí, qué haré sin él?

31


Llovía. Y llovía mi llanto. Es triste ser mujer del viejo rey. Era de noche, debajo de la manta. En otoño las cosas son así.
Entró en la oscuridad el hijo de mi esposo. Había bebido.
Tal vez se equivocó.
Aquello fue salir al resplandor en un caballo de batalla. Fue correr. Fue vencer


32

Su padre le dijo el día del primer combate:
-Que ninguna mujer te importe más que la guerra.
Su padre le dijo el día del primer banquete:
-Ninguna mujer lleva más lejos que el alcohol.
Su padre le dijo el día del primer sacrificio:
-Atarse a una mujer es apartarse del misterio.
Conoció el combate, el alcohol, el misterio. Me dice: son tres sombras junto a falda roja.

De Las Treinta y Tres Mujeres del Emperador Piedra Azul. El País del humo. Alción, 2003.


.para ver la nota en el diario La Voz del Interior click aquí

Más información sobre narradoras argentinas en:

http://www.teresaandruetto.com.ar/narradoras.htm.


miércoles 2 de septiembre de 2009

La forma de la manzana - DELIA CROCHET


Crochet tiene el secreto del cuento, dice Elvio Gandolfo de esta cuentista absoluta que narra los modestos fracasos de la vida provinciana, el deseo, el desamor, la traición y la frustración de sus mujeres. Desde que aprendió a leer definió su vocación, pero recién en los años noventa comenzamos a leerla en antologías. Es un privilegio para nosotros que dos editoriales cordobesas reúnan sus relatos.


Delia Crochet (1947) nació y vive en Rosario. Estudió Letras en la Universidad Nacional de Rosario. Desde los años 70, trabaja en la dirección de una empresa familiar dedicada a la fabricación de envases flexibles. Ha sido colaboradora del diario La Capital. En 1998, obtuvo el Primer Premio del Concurso Municipal Manuel Musto en el género cuento por la obra Bajo la quieta luz de un farol. Participó de diversos volúmenes colectivos, entre ellos La Noche de los Leones (Ediciones La Cachimba, 1994), Rosario de Antología I (Desde la gente, Editorial Municipal de Rosario, 2004) y El cuento ilustrado (Editorial Municipal de Rosario). Publicó Bajo la quieta luz de un farol (Primer Premio del Concurso Municipal Manuel Musto, Rosario, 1999), Decir ahora (Alción, 2007) y La forma de la manzana (Ediciones Recovecos, 2008).

Ella dijo:

…no tengo mucho más que una situación al empezar. Quizás sí a un nivel inconsciente. El modo de revelarlo es escribiendo. Yo estoy absorta, viendo qué está pasando, sin poder manejarlo demasiado, ante esa negatividad de la lengua, que te pone un límite, esperando esa revelación, esa manifestación. … Me interesa muchísimo el lenguaje. Peleo mucho por hacer una tarea de limpieza de lugares comunes, de estereotipos. Diálogo con Osvaldo Aguirre. Suplemento Cultura-La Capital. Rosario. 26. O9. 99.



…en la profundidad azul plata del azogue, absorta en lo que contemplo y urdo, me veo en aquella penumbra fresca, con el corte a la garzón y flequillo y un aire místico enmarcado por el encaje que es de pronto rebozo, crespón negro de viuda, aquella pobre mantilla de mi madre desciende descubriendo mis hombros flaquitos y es blanco armiño envolviendo lujuria, estola y diamantes, boa de plumas de marabú, cabaret y champagne, hasta que el sol de una tarde de toros enciende los colores vivos de un Mantón de Manila. No estaban allí las cicatrices de mis cesáreas, ni la donación de mi cuerpo, ni cada minuto de mis desconciertos. El espejo de la infancia era entonces la página en blanco que devolvía mi cara de luna nueva, guardando una luz que en vano yo trataba de capturar. Marginalidad y creación, Congreso de Escritoras de América Latina. Malba, Buenos Aires. 29 al 31 de octubre de 2002.

Se dijo de ella:



Al igual que la de los relatos kafkianos, la felicidad que provoca no proviene de sus temas o motivos, que dejan a menudo un sabor amargo en la boca o cierta desazón en el ánimo, sino de su destreza formal y su poder de sugerencia. Diego Colomba. Sobre La forma de la manzana – La Capital, Rosario, 24.8.08.

Son 22 cuentos. Me arriesgaría a decir que todos son diferentes, que cada uno narra una experiencia, casi siempre desesperada y que en cada uno los episodios, las peripecias se van desenvolviendo según una trama intocada por los demás. .. (…)… en todos ellos, ellas, quienes se mueven a través de los párrafos, dicen, tratan de decir, a veces sin palabras y sólo con gestos, lo que aman, lo que desean, lo que odian, lo que persiguen, lo que han dejado atrás. Y no lo logran. Es Delia en cambio, la que logra que sus personajes se sirvan del lenguaje o de la ausencia de lenguaje para mostrar las entrañas de su desesperanza.- Angélica Gorodischer. Presentación del libro Decir Ahora. Publicado en Señales-La Capital, Rosario. 17.6.2007



Crochet tiene el secreto del cuento: concentración, sorpresas menores que resultan mayores y libertad para volar. Los personajes de Crochet parecen pálidos, agobiados, pero viven en todo su espesor sus fragmentos de vida. Porque los escribe alguien que sabe rescatar con la energía intacta sus momentos más duros o más luminosos. Elvio Gandolfo. La mujer de mi vida. año 5 nro.47



Domingo de guardar



Mercedes pone en marcha el motor y toca bocina. Anselmo saluda con el brazo en alto desde la galería. Los chicos gritan y sus voces se pierden detrás de una cortina de tierra. La algarabía ha inquietado a los pájaros. Unos cuantos alzan vuelo, imprimen en el aire el estrépito de sus alas. Después todo se apaga dejándolo inmerso en un silencio espeso, como si el último soplo de vida hubiese acabado.
Inmóvil y con los ojos entrecerrados bajo la visera de la gorra, Anselmo mira a su alrededor. El cielo plomizo parece a punto de desplomarse. Pero no llueve y él quisiera despanzurrarlo con sus propias manos. Pero ni de ahí que la cosecha se va a salvar, murmura. Le duele. Sin embargo, ningún sentimiento se refleja en la cara del hombre, que apenas parpadea.
Después entra en la casa. Cruza la cocina, deslizando una mano sobre el mantel de plástico que cubre la mesa. En el dormitorio va directo hacia el reloj, tomándolo con un poco de resquemor. Ya no quiere verlo. Abre un cajón de la cómoda y lo guarda entre la ropa. Vuelve los ojos hacia la imagen de la Virgen del Luján que está en la mesa de luz, tiesa bajo el manto celeste. En el pequeño florero, unas flores secas la adornan, rígidas también, tiesas como Ella.
Anselmo tiene la boca seca y cuando mira el techo lo oprime un dolor en el costado izquierdo. Los travesaños de madera están descascarados, con restos de pintura vieja. La última pintura, rememora con un nudo en la garganta, es del tiempo en que compró el tractor. Qué buena época, se dice, y ahora el nudo se afloja. Una pelota se le forma en el estómago. Su mujer no estaba de acuerdo. Prefería ahorrar. Era miedosa. No. Su mujer no quería gastar, ni sacar créditos, porque desconfiaba de los bancos. Pero él no la había escuchado, nunca la escuchaba en esos casos. Ella quería enterrar la plata en el patio. Quería ir juntando para más adelante. Quería que algún día los chicos pudieran ir a estudiar a la ciudad. Cómo podía saber. Había ahorrado cada moneda para mejorar y ahora que se había rendido, era ella la que estaba dando pelea, yendo a parar remates, gritando a viva voz y defendiendo la tierra. Ahora Mercedes, como hacían otras mujeres en lucha, se la pasaba leyendo los diarios, enfrentando a los funcionarios que querían quitarles la chacra mientras él... Quién hubiera dicho que Mercedes iba a reaccionar así. Había salido fuerte la gringa. Qué cosa, la vida, se dice, y otro dolor parte de algún lugar infinitesimal de su cuerpo, ahora que la pelota del estómago había desaparecido. Pero él ya está cansado.
Por la ventana entra una luz descarnada. Es una buena habitación, igual que las demás, porque la casa está bien orientada y la galería que la circunda la protege de las inclemencias. Así fue planeado y por eso es tan seca. Tan seca, repite en voz alta, pasándose la lengua por los labios y se le hace que la lengua es de arena y un hormigueo le recorre la boca, ahora que ha pronunciado esa palabra con una voz que parece surgida desde el fondo de aljibe.
Demasiada luz, dice y se estremece. Porque ahora que ha guardado el reloj, para no sentirse verdugueado, cuando no creía ya oír voz humana, ni siquiera la de Mercedes o la de los chicos, su propia voz lo sobrecoge y sin saber por qué, se da vuelta hacia la Virgen del Luján que parece que lo observa, triangular y quietecita, con el color del cielo en el manto, del cielo de tantas y tantas mañanas, no este cielo encascotado que se cierne sobre la tierra sedienta, como sediento está él, que va a la cocina y trae la botella de ginebra y antes de oscurecer la habitación le echa un trago y se pasa el dorso de la mano por la boca y entonces sí, se arrima a la ventana y entorna los postigos como haría con los párpados de un muerto, como acaso se los cierren a él, en un tiempo corto o largo, vaya a saber, porque el reloj está guardado y al final el tiempo qué es, si parece que fue ayer, no más, cuando la trajo a Mercedes a vivir al campo, y antes, cuando levantó las paredes nuevitas de la casa y la alzó en brazos para entrar y estaban tan felices los dos. Todavía se acuerda del dolor de las manos. Y una lágrima grandota va a caer sobre las palmas abiertas bajo su mirada fija. Ahora, la sensación es de tener la boca llena de terrones resecos de tierra.
Abre el ropero y saca dos sobres cerrados. Uno es para el abogado. Los acomoda contra el velador, esquivando a la Virgen. Pero los ojos de Ella, diminutos como alfileres de plata, son reproches. O tal vez él tiene miedo de esa mirada que cala hondo y por eso elude esos ojos en los que debe de haber tanto fuego, porque ahora Anselmo cree que, bajo el manto, la Virgen se agita como una mujer de carne y hueso. Ella también ha luchado, ha cruzado yermos, ha tenido sed siguiendo a su Hijo. Ella, fragante de lirio, de leche y de miel. Y no la mira.
Después se vuelve hacia la silla y ve el almohadón. No quiere ensuciarlo porque lo ha hecho su mujer en alguna de tantas noches de invierno junto al fuego y lo retira. Lentamente, como sin darse cuenta, va subiendo ya sin noción del tiempo. Mercedes se irá a vivir al pueblo con los chicos, piensa y es un pensamiento oblongo, que aparece y desaparece porque es un pensamiento para después, para cuando el reloj vuelva a ordenar el mundo. Y en el pueblo se contará en voz baja lo que haya que contar, cuando los vean pasar y después olvidarán. Pero ahora es domingo. Un domingo dilatado en el que cabe todo, hasta las maniobras que hace subido a la silla y de espaldas a la Virgen. Había aprendido a hacer nudos en la marina. Al volver, su madre lo halló más corpulento, más hombre. Fue entonces cuando conoció a Mercedes. Después baja los brazos acalambrados y siente circular la sangre. La siente llegar hasta la punta de los dedos. Todo su cuerpo tiembla. Un miedo atroz lo atraviesa, pero las imágenes se atropellan aturdiéndolo. Las mazorcas del maíz, los alambrados, los hijos corriendo frente a la casa, tormentas y heladas, risas, risas alrededor de la mesa, sus pobres viejos inclinados sobre la tierra, las sábanas blancas al viento en la soga, Mercedes sosteniendo un fuentón, los perros, y él trabajando con el tractor, formas y dimensiones desbaratadas y simultáneas a la vez, porque todo cabe en este domingo.
Al fin hace un movimiento brusco con los pies y la silla se vuelca. Un viento súbito abre los postigos de la ventana pero la luz no dura más que un instante, porque de inmediato se cierran con un golpe.



Incluido en Decir ahora (Alción, 2007)






viernes 31 de julio de 2009

Escrituras profanas - Liliana Heer


Sus textos han sido traducidos a varias lenguas. Ganó el Premio Boris Vian en 1984.


Liliana Heer Se crió en Esperanza, la colonia agrícola que fundaron, a mediados del siglo XIX, inmigrantes suizo-alemanes y franceses, en un mundo de disciplina y rigor en el que primaba el estoicismo y no había palabras para lo subjetivo. Liliana Heer pronto adoptó la costumbre de escribir cartas para socorrer a sus amigos, y ese rol de auxiliar sentimental se desplazó al afán de entender algunas claves del funcionamiento humano.

Después llegaron los viajes, la confrontación con la sintaxis inglesa y el progresivo acercamiento al cine, para narrar un presente perpetuo y una memoria sin suturas. Fue secretaria general de la Sociedad de Escritoras y Escritores de la Argentina, donde se abocó a la recopilación de material de escritores desaparecidos y víctimas del terrorismo de Estado, dirige el ciclo "Autopistas de la palabra", en la Biblioteca Nacional, es jurado permanente del Premio Boris Vian y ejerce el psicoanálisis.

Escribió guiones para cortometrajes, entre otros Dibujar un elefante en base al recuerdo de los mirlos, dirigido por Rubén Guzmán. Publicó Dejarse llevar (relatos, 1980), Bloyd (novela, premio Boris Vian, 1984), La tercera mitad (novela, 1988), Giacomo-El texto secreto de Joyce (ficción crítica en coautoría con J.C. Martini Real, 1992), Frescos de amor (novela, 1995), Verano rojo (poesía en prosa, 1997), Ángeles de vidrio (novela, 1998), Argentinian poetry: the written word re-cite (antología en coautoría con Ana Arzoumanian, en la revista libro Poetry Ireland Review, 2002), Repetir la cacería (nouvelle, 2003), Pretexto Mozart (novela, Alción, 2004), Ex-crituras profanas (antología personal, 2007) y Neón (novela, 2007).


Algunos de sus textos fueron traducidos al inglés, italiano, francés y serbio. Entre 2001 y 2003 se desempeñó como secretaria general de la SEA, y coordinó el material publicado en Palabra viva. Textos de escritoras y escritores desaparecidos y víctimas del terrorismo de Estado 1974/ 1983. En 1984 recibió el Premio Boris Vian por su novela Bloyd, y a partir de ese momento es jurado de dicho premio, creado durante la última dictadura como una forma de resistencia y oposición a las designaciones oficiales.


Ella dijo

Tempranamente aprendí que los hechos pueden ser objeto de varias lecturas. Así como Akutagawa confiere a cada uno de los personajes de Rashomon un relato distinto del crimen, comprobé que una misma situación traumática podía ser vivenciada de manera diferente. No obstante, un crimen es un crimen y aun dialectizada la historia, algo de la soledad del cadáver permanece vivo en el espectador. Travesía autobiográfica: http://www.lilianaheer.com.ar/


Se dijo de ella

Darse a la lectura de Neón es implicarse con una escritura de filo irónico que bucea en el horror buscando en éste su escondida mueca cómica (...) Liliana Heer lo alcanza con una escritura blanca, exenta de aspavientos, que se mantiene impasible durante todo su desarrollo hasta el final. Esto le permite ver antes que mirar; decir antes que gritar; garantizar la fluencia, hacer sentir su pulso y su ritmo ralentados página a página. Una escritura, en suma, tan sospechosa de taimada como de perfección. Leónidas Lamborghini, en la contratapa de "Neón".


Liliana Heer despliega su escenario y sus escenas a la francesa, recuerda por momentos a aquellos planos y contraplanos de las obras teatrales que gustaba desplegar Marguerite Duras, interrumpidas por anotaciones, segmentos poéticos, reflexión sobre la misma obra que se está escribiendo. Liliana Viola, en "Página 12", suplemento Las/12, 4 de abril de 2008


Dentro de la inexplicable trama que modela el futuro de las relaciones humanas es posible encontrar en ciertos textos de ficción algunas claves que prefiguran el porvenir. Esto es lo que Liliana Heer nos brinda en Ángeles de vidrio, una novela shockeante con grandes hallazgos visuales, dominio literario y de género. Juan Jacobo Bajarlía, en "El Litoral, 15 de enero de 2000.


Cuerpo extraño [fragmento]
Cuando tenía accesos de furia, el premier encerraba a la niña en el sótano, ignorando el plano de la cárcel o exactamente al revés, creía a pie juntillas en el documento que le habían entregado junto a condecoraciones y prebendas en la ceremonia del nombramiento. Había desplegado ese cartón resquebradizo como quien posee el mapa de un tesoro y deposita en un dibujo la solución de todos los males.
Lo estudió para tenerlo en la memoria y no necesitar verlo más; estudió los cimientos, hizo cubrir el osario, mandó a tapiar la bodega, anuló pozos de agua, pero el sótano le trajo recuerdos y ante los recuerdos el premier actuó como un hombre cualquiera, se dejó llevar por el aspecto inocente de una habitación debajo de otra, el misterio de una oscuridad más oscura que la noche y creyendo en lo que veía, un espacio limitado por gruesas columnas, paredes de ladrillos sin revoque y decenas de elásticos vencidos, confiado en el rápido descenso, las luces intermitentes de faroles sostenidos por guardias inseguros que no dejaban de cuadrarse y entorpecer la dificultosa bajada, hizo un ademán pueril, levantó los hombros y ordenando cerrar la tapa, dijo: ¿A quién se le ocurriría pasar de una celda a otra?
..........................................
Ella cose el himen de la novia de los presos.

La habitación anexa al despacho del premier daba a una sala y la sala a un reducto equipado con un biombo, una camilla y una vitrina. La suma de objetos, algunos de los cuales habían sido trasladados del dispensario, y la veneración del hombre hacia esa zona de la cárcel eran prueba suficiente.
¿Qué otro fin podían tener las poleas, roldanas y argollas de las cuales pendían las piernas de la novia del rey?
El rey nunca existió; la novia era una contraseña de las mujeres dispuestas a entregarse a los guardias para que los guardias les permitieran entregar a los colonos ciertos bienes comúnmente censurados.
No era lana ni cuero, ¿pétalos?, ¿filamentos? Brillaba entre los dedos de la niña algo traslúcido.
Una línea continua de protestas salía de su boca por no encontrar el hilo de caucho transparente que el premier, cansado de escupir tabaco, enrollaba al extremo de un lápiz y se ponía a mascar. Fragmentos, texto publicado en la revista Apofántica, número 2, febrero de 2005.


Salmodia

Fotografías de una mujer alegre, libros, papeles, carpetas, el desorden de alguien que se mueve en el espacio como si el espacio fuera un cuerpo. Así me amó.

Estoy desnuda y actúan mis reflejos. Él murmura en voz baja mientras suspiro, hace de mi agitación un ritmo, lo contempla, le cautiva. Crío palabras no pronunciadas, las repito, utilizo mi boca para sofocar el desenfreno. Otro espesor corre por mi sangre: de arena, de agua no vertida. Pasan soldados a caballo, soldados con armas, las herraduras golpeando, crines al sol. Todos los músculos en vilo. El cuerpo: alas, multitud, exhalación, infierno. Rozan mis pezones sus vellos color cobre. Una brisa. Nado hasta el fondo del mar.

Después supe que la mujer de la fotografía solía contarle que los hebreos poseían un instrumento de cuerdas cuya forma está perdida y sólo conservan el nombre: macul.

¿Será el amor un instrumento en vías a desaparecer?


Fragmento de "Frescos de amor".


jueves 2 de julio de 2009

Aurora Venturini- Delirante Iniciación


Escribió unos 30 libros pero fue una autora prácticamente secreta hasta que, en 2007 y a los 85 años, ganó un premio de novela con "Las primas".


Aurora Venturini
Nació en 1922, fue amiga personal de Evita y vivió 25 años en París. Peronista ferviente, amiga íntima de Evita, autoexiliada en París después de 1955, amiga de Violette Leduc, Simone de Beauvoir, Sartre, Camus, Ionesco, Juliette Gréco, entre otros miembros de la bohemia y la intelectualidad francesas, viuda del historiador Fermín Chávez, condecorada con la Cruz de Hierro del gobierno francés. Son algunos rasgos de esta narradora, ensayista y traductora, que llevó adelante una obra de circulación restringida, hasta que en 2007, a sus 85 años, Las primas obtuvo el Premio de Nueva Novela Página/12.


Aurora Venturini nació en La Plata en 1922, en la universidad de esa ciudad estudió Filosofía y Ciencias de la Educación, disciplina que ejerció en el Escuela Normal Antonio Mentruyt de Banfield. Fue asesora en el Instituto de Psicología y Reeducación del Menor, donde conoció a Eva Perón.

En 1948 recibió de manos de Jorge Luis Borges el Premio Iniciación, por su libro El solitario. Formó parte de las Ediciones del Bosque, junto con otros importantes escritores platenses. Luego estudió Psicología en la Universidad de París, ciudad en la que se radicó durante 25 años tras la Revolución Libertadora. En Sicilia fue premiada con el Pirandello de Oro e hizo amistad con Salvatore Quasimodo.

Tradujo a poetas como Isidore Ducasse, François Villon y Arthur Rimbaud, y recibió por esas traducciones la condecoración de la Cruz de Hierro que otorga el gobierno francés. Es autora de más de 30 libros –Carta a Zoraida. Relatos para las tías viejas (1964), Pogrom del cabecita negra (1969), Jovita la osa (1974), La Plata mon amour (1974), Poesía gauchipolítica federal (1994), 45 poemas paleoperonistas (1997), Alma y Sebastián (2001), Racconto (2004), Bruna Maura-Maura Bruna (2006), y una antología personal editada en 1981, entre otros–, todos ellos prácticamente desconocidos fuera de su ciudad.


Ella dijo
–Aurora, ¿por qué tantas ediciones de cabotaje? ¿Por qué ninguna novela en alguna editorial importante?
–Porque no me gusta pedir. Y, mucho menos, que me digan que no.

Liliana Viola, "Radar", 9 de diciembre de 2007.

Se dijo de Ella
Novela única, extrema, de una originalidad desconcertante, que obliga al lector a hacerse muchas de las preguntas que los libros suelen ignorar o mantener cuidadosamente en silencio.
Jurado del Premio de Nueva Novela Página/12, integrado por Juan Ignacio Boido, Juan Forn, Rodrigo Fresán, Alan Pauls, Sandra Russo, Guillermo Saccomanno y Juan Sasturain.

Una novela escrita con enfermiza genialidad por un personaje femenino que parece sostener el monólogo faulkneriano de una persona ligeramente retrasada, tal vez enajenada (...) una historia delirante de iniciación ambientada en unos equívocos años cuarenta, que despliega el mundo tortuoso de una familia disfuncional de clase media baja de la ciudad de La Plata.
Enrique Vila-Matas, "Venturini se aventura", "El País", Madrid, 23 de diciembre de 2007.

Las primas

Mi mamá era maestra de puntero de guardapolvo blanco y muy severa, pero enseñaba bien en una escuela suburbana donde concurrían chicos de clase media para abajo y no muy dotados. El mejor era Rubén Fiorlandi, hijo del almacenero. Mi mamá ejercitaba el puntero en la cabeza de aquellos que se hacían los graciosos y los mandaba al rincón con orejas de burro hechas de cartón colorado. Raramente un malportado reincidía. Mi madre opinaba que la letra con sangre entra, en tercer grado la llamaban "la señorita de tercero" pero estaba casada con mi papá que la abandonó y nunca volvió a casa a cumplir obligaciones de pater familia. Ella asumía tareas docentes turno mañana y regresaba a las dos de la tarde. La comida ya estaba hecha porque Rufina, la morochita que oficiaba de ama de casa, muy consecuente sabía cocinar. Yo estaba harta de puchero todos los días. En el fondo cacareaba un gallinero que nos daba de comer y en la quintita brotaban zapallos milagrosamente dorados soles desbarrancados y sumergidos desde alturas celestiales a la tierra, crecían junto a las violetas y raquíticos rosales que nadie cuidaba, ellos insistían en poner la nota perfumada en aquel albañal desgraciado. Nunca confesé que aprendí a leer la hora en las esferas de los relojes a los 20 años. Esta confesión me avergüenza y me sorprende. Me avergüenza y sorprende por lo que ustedes sabrán de mí después, y vienen a mi memoria muchas preguntas. Especialmente viene a mi memoria la pregunta: ¿qué hora es? Verdad de verdades. Yo no sabía la hora y los relojes me espantaban como el rodar de la silla ortopédica de mi hermana. Ella, más cretina que yo, sí sabía leer la esfera de los relojes aunque ignorara leer en libros. No éramos comunes, por no decir que no éramos normales. Rum... rum... rum... murmuraba Betina, mi hermana paseando su desgracia por el jardincillo y los patios de laja. El rum parecía empaparse en las babas de la boba que babeaba. Pobre Betina. Error de la naturaleza. Pobre yo, también error y más aún mi madre que cargaba olvido y monstruos. Pero todo pasa en este mundo inmundo. Por eso no es lógico afligirse demasiado por nada ni por nadie. A veces pienso que somos un sueño o pesadilla cumplida día a día que en cualquier momento ya no será, ya no aparecerá en la pantalla del alma para atormentarnos.

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Y así fuimos cumpliendo años, pero yo asistía a clase de dibujo y pintura que el profesor de Bellas Artes opinó que sería una plástica importante a causa de que por ser medio loquita dibujaría y pintaría como los extravagantes plásticos de los últimos tiempos.

Fragmento de "Las primas", Editorial Sudamericana, 2009.

Reedición

La Editorial Sudamericana acaba de reeditar Las primas, con la que Aurora Venturini ganó en 2007 el Premio de Nueva Novela Página/12.

Ver nota en el diario La Voz del Interior

jueves 4 de junio de 2009

Marta Lynch - Informe bajo llave

La clase media y su vinculación con el poder es el ámbito donde se mueven las mujeres de Marta Lynch. Personajes memorables, como la señora Ordoñez, la Colorada Villanueva o Adela G., representan a una escritora que terminó por convertirse ella misma en su personaje más extravagante. Sus libros fueron best seller en los 60 y los 70 y su recorrido vital atraviesa, de un modo que produce escozor, los momentos más oscuros de la historia nacional en la segunda mitad del siglo XX, así como todos los vaivenes ideológicos de nuestra sociedad. Su necesidad de mantenerse en el centro de la escena, su fascinación con los hombres que ejercían el poder, su presencia mediática, su obsesión por el paso del tiempo, el deterioro de la belleza fisica y las cirugías, terminaron por imponer al personaje por sobre la escritora. Pero una obra narrativa valiosa le permitió, pese a todo, ubicarse entre los escritores argentinos de trascendencia.

MARTA LYNCH.
Nació en La Plata el 8 de marzo de 1925, como Marta Lía Frigerio, se casó con un abogado de la clase alta argentina, con el que tuvo tres hijos, y con cuyo apellido firmó sus obras. Estudió literatura en la facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires y describió con su obra y con el derrotero de su vida, el drama, las contradicciones y los vaivenes políticos y sociales de nuestro país. Entre 1956 y 1958 actuó en el Comité Nacional Radical junto a Arturo Frondizi, con quien estuvo vinculada afectivamente y militó en el desarrollismo en la década del sesenta, en 1973 fue invitada a ocupar el charter que regresaba a Perón del exilio, en los primeros setenta se fascinó con el movimiento Montoneros, interpretó la violencia guerrillera y escribió, en torno a la figura del Che, El cruce del río; renegó de todo ello en 1976, al instalarse la dictadura militar, que defendió con fervor fuera del país. Se la vinculó afectivamente con el represor Emilio Massera, a quien en algún momento asesoró en la revisión de sus discursos, pero estuvo entre los pocos personajes públicos que reclamaron por la aparición con vida de Haroldo Conti, y en sus últimos años adhirió al radicalismo que impulsaba Raúl Alfonsín. Ficcionalizó al ex presidente Frondizi en La alfombra roja y a Massera como el Vargas de Informe bajo llave, quizás la primera novela argentina donde se narran la represión y la desaparición de personas. Publicó La alfombra roja (Fabril Editora, 1962 /Losada, 1966/2000), Al vencedor (Losada, 1965), Los cuentos tristes (Centro Editor de América Latina, 67/Merlín, 1971/Planeta,1979), La señora Ordóñez (Jorge Álvarez, 1970/Sudamericana,1987), Cuentos de colores (Sudamericana, 1970), El cruce del río (Sudamericana, 1972), Un árbol lleno de manzanas (Sudamericana, 1974), Los dedos de la mano (Sudamericana, 1976/Alfaguara, 1977), La penúltima versión de la Colorada Villanueva (Sudamericana, 1979), Los años de fuego (Sudamericana, 1980), Páginas de Marta Lynch (Celtia, 1983) Toda la función y La despedida (Editorial Abril, 1982), Informe bajo llave (Sudamericana, 1983), No te duermas, no me dejes (Sudamericana, 1985), Páginas de Marta Lynch (Gedisa, 2000).
Abrumada por una fuerte crisis depresiva, se suicidó el 8 de octubre de 1985. Obtuvo el premio Municipal de Literatura por Cuentos de colores y fue jurado del Premio Casa de las Américas. En los años 80, La señora Ordóñez fue adaptada a la televisión, bajo la dirección de María Herminia Avellaneda y con Luisina Brando en el rol protagónico.

Ella dijo
La política me sacó de mi comodísimo mundo de la calle Madero (...) Era un mundo redondo, blando, perfecto. Y allí lo conocí a Arturo Frondizi, que irrumpió con su mundo y me sacó de esa blandura. Citado por Patricia Kolesnico, en Marta Lynch, un personaje trágico. http://www.clarin.com/diario/2000/10/09/s-04801.htm

El tema de los desaparecidos es una de las lacras espeluznantes de un período de la vida argentina difícil de calificar. [...] Parece que la mafia hubiera tomado a la Argentina como campo de batalla. Y en cuanto al hallazgo de las fosas comunes no puede caberme más que el horror. Todos sabíamos que esos muertos, esos desaparecidos, tenían que estar en alguna parte, pero la aparición de esos cuerpos sin nombres, amontonados, me hace acordar a los campos de concentración de Auschwitz.
Revista Radiolandia, citado en El enigma de lo subversivo en Informe bajo llave de Marta Lynch, Corinne Pubill. Tesis doctoral. Université de Perpignan.

La verdad es que yo estoy escribiendo un largo informe que servirá a las futuras generaciones de extraviados, a los indefensos, a los que se han equivocado.
Citado en El enigma de lo subversivo en Informe bajo llave de Marta Lynch, Corinne Pubill. Tesis doctoral. Université de Perpignan.

A mí no me ha sostenido la crítica, por cierto, que a veces ha sido feroz conmigo por razones que nada tenían que ver con la literatura, sino con mi persona, por cuestiones políticas, a menudo; pero el lector medio ha sido de una fidelidad total.
Martha Paley de Francescato, Entrevista a Marta Lynch, Hispamerica, n. 10, 1975.

A nosotros (David Viñas, Haroldo Conti, Germán Rosenmacher, Rodolfo Walsh) nos interesa más el fondo que la forma. Respetamos y admiramos a Borges pero la nuestra es la vertiente de Roberto Arlt que escribía muy mal pero decía las grandes verdades de la realidad argentina. Pertenezco pues a la generación comprometida con mi tiempo y con los combates ideológicos de mi tiempo. Carta personal a la investigadora Amy Kaminsky

Se dijo de ella
… poco menos que única entre nosotros, por su ímpetu y destreza narrativa y por haber incorporado a nuestra literatura personajes como la señora Ordóñez o la Colorada Villanueva, acaso arquetípicos de nuestro medio. Alberto Girri
Informe... es, sin lugar a dudas, una novela peligrosísima para Lynch, ya no en el sentido de los riesgos que corre la artista en los peores momentos de América Latina, sino en las equivocaciones a las que el texto puede prestarse.

David W. Foster, Narrativa testimonial argentina durante los años del Proceso, en AA. VV., Testimonio y Literatura, Society for the Study of Contemporary Hispanic and Lusophone Revolutionary Literatures, n. 3, Minneapolis, Minnesota, 1986

… one of the most interesting political novels of the last rounds of Argentine dictatorship. David William Foster. “Raping Argentina: Marta Lynch in "Informe bajo llave”. The Centennial Review, 1991.
La penúltima versión de la Colorada Villanueva
(fragmento)
Entra en la habitación como si algo -¿el aire?- la empujase hacia adelante. Entra, respirando ansiosamente por la boca sobre la que se conserva un aire niño, quizá, los dientes algo prominentes, no mucho, sí lo suficiente para dar a su fisonomía aquel envidiable aire juvenil, aire de zorra, zorra también en el pelaje rojizo que ondea algunos centímetros arriba de los hombros; rojizo con ayuda de Joseph y así es Joseph quien la llama afectuosamente: su turno, venga de una vez, Colorada. La llamaban Colorada sus padres, sus maestros, los chicos de la cuadra, único ámbito memorable por el que transitó su infancia. Y aunque no lo era del todo – oh no, sólo una argentina típica y castaña- siempre le gustó el apodo. De adolescente, hurgaba sus brazos y sus piernas para descubrir el vello rojizo que la destacaba entre las demás. Una colorada en el barrio de Belgrano, Buenos Aires, no era común.
Y entra, echando aires, un poco porque siempre le ha costado desplazarse –sus pulmones, su tos constante-, otro tanto porque ha crecido, ya es casi lo que la gente llama una mujer mayor; y de mayor se va perdiendo la seguridad en el trato, la forma de mantenerse erguida o de sentarse. Como un viento de confuso origen ella siente que su estadio de mujer mayor le quita oportunidades de gracia y de estabilidad. Están las manos que –como otrora, a los trece, por ejemplo- se convierten en instrumentos difíciles de manejar. Están las piernas, más pesadas. Están los ojos y el cabello, colorado con la ayuda de Joseph, tan espeso y compacto, todavía legendario.
Entra, por fin, segura al menos de que encontrará a los otros. Ellos la acompañan desde tanto tiempo atrás aun cuando se halle convencida de que lo de la compañía puede discutirse, discutir hasta desgañitarse, desgañitarse si entran a darle a la política o a los temas de la moral de hoy. Últimamente, ni siquiera es preciso remontarse tanto; cualquier tema es apto para que se atrincheren en necedades y férreas convicciones, en discusiones de hecho y derechos, alguna mezquindad, un pretendido rencor. Si compañía se llama al combate, ella tiene compañía. Y pensarlo da mayor firmeza a sus pasos y una linda expresión al rostro que, como el de todos, para algunos es bello, para otros, desastroso. Quizá a la gente mayor también la abruma –junto con la inseguridad- ese entorno ambiguo con que cada cosa de la vida se rodea, parece coexistir con la razón opuesta, esto es negro pero según le dé la luz parecerá rojizo como el pelo de la Colorada o amarillo como el pelo de Dolores que también entra, con paso alado, en la habitación.

Informe bajo llave
(fragmento)
Usted, mi siquiatra, mi amable componedor, recibía mis cartas, las recibe, está apilando en sus cajones las entregas de este largo informe, cada día más secreto, quizá más peligroso. Bajo llave; échale llave a la forma como se
quebranta mi voluntad, como se resquebraja y pudre lo que nació sano y normal, con buena voluntad, salud admirable, cierta dosis de ansiedad manifiesta. Contemos entre ambos las desapariciones y las reapariciones. Cada día una nueva vuelta de tuerca hacía crujir las vértebras del cuello y dejaba ver un poco más la lengua del ahogado. Sin embargo, en medio del marasmo distingo las fases del poder. Estoy tratando con una parte importante de la vida de todos. [...] La historia se ha tejido con algo que participa de esta
blandura. Es un tronco podrido, un invernadero. Una flor carnívora, cortada y que huele a muerto. Se pudren los estratos que recorro con Vargas y se pudren los escalones por los que transitan mis compatriotas. [...] Un país estábañado en sustancias venenosas como ésta. Y yo confundo la aventura personal con la colectiva. Participo de un festín del que me atribuyen una parte secreta. Guárdela con llave, bajo llave. Comparta mi desasosiego.
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jueves 23 de abril de 2009

Rosalba Campra - Esa lengua inevitable

"La única lengua en la que sé, o quiero, o me proporciona placer escribir es ésta que, aunque se llame sólo materna, es también la lengua de mi padre, de mis abuelos y mis hermanos, de la familia entera. Y de las maestras, la lavandera, los compañeros de juegos y peleas, la señora que traía los quesillos envueltos en hojas de achira..." , dice esta cordobesa, nacida en Jesús María, que enseña y escribe sus ficciones en Roma y está en estos días en nuestra ciudad.

ROSALBA CAMPRA
Nació en Jesús María, estudió Letras en la Universidad Católica de Córdoba, se especializó en teatro y cine en las universidades francesas de Nancy y Paris VIII y se doctoró en La Sapienza, Roma, con una tesis sobre el modelo narrativo en los cuentos de Cortázar.
Publicó Los años del arcángel (novela, Ediciones del Boulevard, 1998), Formas de la memoria (relatos, Lerner/Mundi, 1989/ I racconti di Malos Aires, Fahrenheit, Roma, 1993), Herencias (relatos, Alción, 2002), Ciudades para errantes (microrrelatos y poemas, EDUCC, 2007), Ella contaba cuentos chinos (edición especial para bibliófilos, Del Centro Editores, Madrid 2008, de próxima publicación por Ediciones Al Margen, Buenos Aires, con el título Cuentos del cuchillo de jade) y los libros de artista Constancias (Le parole gelate, Roma 1997) y The book of Labyrinths (Del Centro Editores, Madrid 2008). Entre sus numerosos ensayos se destacan Como con bronca y junando. La retórica del tango (Edicial, Buenos Aires 1996), América Latina: la identidad y la máscara (Siglo XXI, México, 1998) y Territorios de la ficción. Lo fantástico (Renacimiento, Sevilla 2008). Sus ensayos y ficciones fueron incluidos en importantes revistas y antologías internacionales, entre otras Tra due specchi. 18 racconti fantastici di scrittrici latinoamericane (Italia), Antología del cuento fantástico (México), Antología del microrrelato argentino contemporáneo (España) o Comitivas invisibles. Cuentos breves de fantasmas (Argentina). Sus libros-objeto y otros trabajos en los que se superponen la escritura ficcional y la imagen se han presentado en exposiciones colectivas y personales en Europa y América Latina.

Se dijo de ella
Quizás en ello esté "su" femenino: en una cierta ubicuidad y oblicuidad, en un desarmar a las cosas por detrás, en el hecho de retorcer el lenguaje y el significante hasta hacerles decir lo que no saben que dicen o quieren decir. Sobre Formas de la memoria, M. Goloboff, Elogio de la mentira, Simurg, Buenos Aires 2001

... desde el principio al fin es una joya magnífica – significa brillante, sensual, luminoso [...]. Has conseguido mantener a todo lo largo el hálito de la clave con que se cierra: el misterio, la sensación de “ajenidad” que planea constantemente y al mismo tiempo la de una compenetración íntima, no dicha pero sí presente.
[...] He pasado momentos de verdadero deleite, de encantamiento estético y del otro, porque también has sabido recoger la esencia de lo que fue nuestra niñez: el cuento de hadas
. Sobre Ella contaba cuentos chinos, Carlos Culleré, carta personal.

[...] la edición es de una belleza y gusto raros hoy día, y ha sido realizada con dibujos de Gustavo Figueroa-Oroná [...] Se trata de pura y densa poesía, no importa que asuma la forma de prosas, versos, canciones, versículos o cuentos. Sobre Ciudades para errantes, Fabio Rodríguez Amaya, Caravelle, Toulouse, 2009.

Un libro que responde al concepto antiguo de "maquinaria" como "maquinación", urdida por la siempre inquietante imaginación de Rosalba Campra. (Sobre Constancias, Norbert von Prellwitz, "Un testo machina", L'Indice, Turín, n. 7, julio 1998.

Ella dijo:
Quizá, cuando se habla de una voz, a quien tratamos de identificar es, simplemente (o complejísimamente), a un sujeto de la memoria. Pero la memoria nunca reside entera en un único sujeto. Eso me llevó hacia la escritura de novelas y de microrrelatos, tan densos de acontecimientos como una novela (o por lo menos, así lo espero) y a la búsqueda de una expresión a través de formas que podrían considerarse híbridas: un entramado de imagen, objeto, palabra, en el que la materia se constituye como narración (Fragmento de “La lengua, ese país inevitable”, en E. Perassi- S. Regazzoni, Mujeres en el umbral, Renacimiento, Sevilla 2006)

Para mí, como para muchos que ya lo han dicho antes que yo, el único arraigo es el del idioma de la infancia. Sólo allí me siguen encandilando ciertos relámpagos, ciertas posibilidades de extravío en alguna clase de paraíso. Ningún aprendizaje o familiaridad con otro idioma, ni siquiera su deleite, temo, podrá reiterar el vértigo de aquella inolvidable primera intuición infantil sobre mi propia lengua como desmesurado mundo a explorar que tuve leyendo, en un recuadro de la historieta Flash Gordon, esta frase: "la yerta mano de Pital, el traidor". ¿De qué zona misteriosa de la lengua venía ese "yerta"? ¿Cuándo y por qué se usaban esas palabras, dónde había que ir a buscarlas? Fragmento de “Hablar altrove”, en El Matadero. Revista crítica de literatura argentina (Buenos Aires), 2da. época, n.3, 2004)

Puertas
En los depósitos del museo hay enteras estanterías donde se van apilando los bi que los arqueólogos sacan a luz ni bien plantan una pala en el suelo y que no han merecido el honor de las vitrinas. A mí esos innumerables discos de jade con un orificio en el centro me desazonan. No por la cantidad, sino más bien por una cuestión de proporciones: el agujero es demasiado chico para que pasen los fantasmas. Pero los fantasmas se empeñan en probar –fantasmas de reyes, guerreros o damas de corte a quienes, supongo, correspondía la tumba–. En aquellos tiempos los adivinos aseguraban que bastaría atravesar esa puerta que es el orificio del bi para regresar. Las que me encantan son las grandes damas jugadoras de polo, con sus escotes deliciosos, trayendo de la brida sus caballos. Los fantasmas de los caballos son más indecisos, pero aunque se encabriten, esas manecitas imperiosas los obligan a intentar. No hay nada que me dé más pena, cuando me toca la vigilancia nocturna, que ver repetir sin resultado tanto esfuerzo, tantas contorsiones dolorosas. Hasta he pensado cambiar de trabajo, pero no me decido a hablar con el director. A una de esas damas la he reconocido porque en la sala dedicada a la dinastía Tang he visto su estatua de terracota, y espero que ella al menos, aunque sea sin caballo, consiga regresar. Yo lo conseguí.
Reconciliaciones

Solía regresar cada tanto a su pueblo. La calle principal, que llevaba a su casa, seguía sin asfaltar, y sombreada por las mismas moreras de la infancia.
En lentas conversaciones con su padre iba por fin limando la distancia que siempre los había separado.
Después se despertaba.
De Ella contaba cuentos chinos, Del Centro Editores, Madrid 2008.
De próxima aparición en Argentina bajo el título Cuentos del cuchillo de jade,
Ediciones Al Margen, Buenos Aires

Proyecto de trampa para rinoceronte n° 3

Los rinocerontes de Niam son los más apreciados. Su carne es tierna y ligeramente filamentosa, con un dejo de almendra tostada. Por otra parte, su índole afectuosa los hace los preferidos de nuestras damas.
Su captura presenta sin embargo notables dificultades desde el punto de vista psicológico. La mirada del rinoceronte vencido es tan lastimera que a menudo el cazador rompe en llanto y con el corazón transido lo sigue a su guarida en donde el rinoceronte, si lo encuentra de su agrado, lo domestica, y si no, se lo come. Nuestra carne es sumamente apreciada por los rinocerontes de Niam.
Inminencia

En la tersa mañana de octubre desciende el enemigo desde todas las montañas del horizonte. Relumbran al sol las armaduras de miles de guerreros que en silencio van acercándose a la ciudad que los espera. Demasiadas codicias ha despertado con sus torres de espejos donde los magos convocan la paz, la belleza y la abundancia.
Pero uno de los magos ha sido condenado a muerte porque le ha hecho trampa al rey en el juego y los otros, solidarios, se han encerrado en sus cuartos.
El rey mira los ejércitos resplandecientes ya al pie de las murallas y con el corazón desgarrado piensa cuánto hubiera sido mejor para su pueblo tener un rey menos terco.

De Formas de la memoria, Lerner, Córdoba 1989.
Del Centro Editores, Madrid, edición conmemorativa
con ilustraciones de Giuseppe Dierna, en preparación

Primera Fundación
Primero eran tan sólo unas pocas casas, y alrededor la llanura inacabable, la línea del horizonte siempre a la altura de los ojos. Pero por ese espacio sin fronteras podían venir los enemigos, y no habría dónde esconderse, ni cómo defenderse de ellos. Fue por eso que se levantó la primera muralla, no demasiado alta, para poder ver si alguien se acercaba. Sólo que así los enemigos tampoco encontrarían dificultad en escalarla. De modo que detrás de esa muralla hubo que levantar otra, mucho más alta. Fue evidente entonces que si los enemigos conseguían escalar la segunda muralla, los tomarían desprevenidos, porque se habían sentido seguros. Y se levantó la tercera. Y así sucesivamente, hasta que se acabó el horizonte.

De Ciudades para errantes. EDUCC,
Editorial de la Universidad Católica de Córdoba, 2007

jueves 26 de marzo de 2009

Esther Andradi - Berlín es un cuento y Argentina una novela

Desde que recuerdo me interesaron las sociedades, sus casi imperceptibles movimientos, dice Esther Andradi, y ese interés se fue alimentando en los diferentes lugares de América y de Europa donde residió. Escritora transhumante, vivió el derrumbe de la sociedad peruana tradicional a fines de los setenta, la caída del muro de Berlín, el estallido neoliberal en Argentina en el 2001. En esos lugares escribió ficciones, poemas, ensayos y numerosas entrevistas para diferentes revistas y periódicos en español y en alemán. Interesada por las migraciones y mutaciones de una lengua a otra, reunió en Vivir en otra lengua, trabajos de escritores latinoamericanos que tienen su residencia en países europeos, y preocupada por las causas feministas y de derechos humanos, su ars poética se volcó hacia las problemáticas del ser mujer y del exilio.

ESTHER ANDRADI
Nació en Ataliva, Santa Fe, en 1952. Estudió Ciencias de la Comunicación en la Universidad Católica de Rosario y en 1975 emigró a Perú. En Lima ejerció el periodismo escrito y publicó su primer libro. En 1980 viajó a Europa y se radicó en Berlín donde escribió guiones y reportajes para la radio y televisión alemanas. Desde entonces ha vivido alternativamente en Buenos Aires y en Berlín, donde reside hoy con su marido y su hija.

Publicó Ser mujer en el Perú (testimonios, en coautoría, Ediciones Mujer y Autonomía, Lima, 1978/Tokapu Editores, Lima, 1979), Chau Pinela (Cuentos, Ediciones Tigre de Papel, Lima, 1988), Come, éste es mi cuerpo: 30 textos eucarísticos 30 (Último Reino, Buenos Aires, 1991/ 1997), Tanta Vida (novela, Simurg, Buenos Aires, 1998), Sobre Vivientes (Simurg, Buenos Aires, 2001/ Uber Lebende/Sobre Vivientes, Español/alemán, teamart Verlag, Zürich, 2003), Berlín es un cuento (novela, Alción, Córdoba, 2007), compiló las antologías Vivir en otra lengua: literatura latinoamericana escrita en Europa (Ediciones Desde la Gente, Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos, Buenos Aires, 2007) y Comer con la mirada (Ediciones Desde la Gente, Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos, Buenos Aires 2008). Sus cuentos y poemas fueron incluidos en numerosas antologías en diferentes países y lenguas y sus ensayos y entrevistas en diferentes revistas y suplementos culturales de Europa y América.

Ella dijo:
Desde que yo recuerdo me interesaron las sociedades, sus casi imperceptibles movimientos. Y su relación con los cuerpos, siempre en danza, en una banda ancha que va desde pulsiones biológicas hasta aspiraciones místicas, anclados en neurosis, bailando con el eros. Las sociedades escriben su marca en el cuerpo. Lo nutren, lo violentan, lo seducen. Lo enajenan. Mis narraciones se ocupan de esos movimientos poco o nada perceptibles, casi invisibles, cotidianos.

Mientras en Europa el héroe por excelencia es Ulises, que vuelve a su tierra donde la amada lo espera, al parecer intacta, en América la metáfora es Eneas, el héroe que se hace a la mar para fundar una nueva patria. Entre ambos héroes hay miles de mujeres pero no figuran en el reparto protagónico. Me interesa trabajar la metáfora de aquella que elige el camino ...(...). La patria es por definición la tierra del padre, la lengua es el territorio de la madre..(...)... así las cosas, por aquí hay mucho, realmente mucho por hacer. La presencia de los migrantes, los refugiados, los nuevos esclavos de este mundo en las fronteras de las naciones están forzando la creación de otras reglas de convivencia más humana.
Esther Andradi y la literatura transgenérica,
Entrevista de Gina Cánepa. Conneticut College

Se dijo de ella:
Has demostrado que Berlín es un cuento, con una precisión metida en la poesía. Rabia, melancolía. Todo es melancolía. ..(…). Me has hecho pasar horas de infinitas preguntas. Me dejaste más preguntas que las que antes de leer tu libro me asaltaban… Ahora tenés que escribir la segunda parte: “Buenos Aires es una novela”. Osvaldo Bayer.

La escritura de Esther Andradi tiene dos particularidades: la búsqueda y el encuentro de la palabra exacta, y la elección de temáticas cautivantes. Su estilo es poético, su estructura es precisa y el desarrollo del tema envolvente. Una combinación perfecta entre la fuerza y la belleza. Quien la lee no la olvida; es más, la lleva adentro, pues ya es otra persona. Lea Fletcher.

En sus relatos se comprueba que a sus viejos escenarios se han agregado unos nuevos, los que han estado a su paso y los que le han servido de nueva vivienda, pero no han cambiado las palabras con que los recuerda. Su pregunta es cómo actúa en la literatura de los otros ese traslado a mundos de otros sonidos. Basándose en algunas respuestas ella se adelanta a sacar sus conclusiones y dice que ese lenguaje que puede enloquecer a los traductores por la diversidad de temas y detalles, lleva la marca del escritor que vive en otra lengua, ninguna palabra es inocente. Luis Fayad. Centro Virtual Cervantes © Instituto Cervantes. Nota completa en
http://www.cvc.cervantes.es/el_rinconete/anteriores/enero_09/02012009_01.asp


La grama ecubierta
fragmento*

Mi abuelo el árabe llegó a Argentina sin conocer una palabra de castellano. Dicen las lenguas familiares que en Buenos Aires sus paisanos le dieron una maleta con artículos para vender que él tiró por ahí porque le avergonzaba su español insuficiente y siguiendo las vías del ferrocarril llegó a una colonia de inmigrantes donde iba a conocer a mi abuela. La colonia se llamaba Nuevo Torino, de modo que el castellano por cierto tampoco era su fuerte. Mi abuelo se bastó con una mandolina para enamorar a las mujeres y todavía hoy no hay hombres en la colonia que no hayan oído hablar del lenguaje de sus brazos, sea para la dura faena del campo o para la pelea, que ganas no le faltaban al árabe, ni susto le daban ni una ni otra. De esa mixtura piamontesa y árabe, dialecto de Oms, nació mi padre y sus diez hermanos, a la sazón los tíos de mi infancia, de las fiestas de la yerra y de los chistes verdes en piamontés. Porque fue la abuela quien legó su lengua a la familia, mientras el abuelo relegaba su idioma y enterraba la nostalgia.

*Completo en Confluencia, Revista Hispánica de Cultura y Literatura
University of Northern Colorado, Greeley, U.S.A., Spring 2005, Vol. 20
http://www.unco.edu/hss/confluencia/spring_2005.htm

Berlín es un cuento
fragmento

Le asombró la arquitectura de los distritos, lo compacto de las plazas y los árboles, la contundencia y belleza de los edificios antiguos. La calle de Potsdam iba a ser su barrio, su Kiez, como decían los berlineses. -Se pronuncia Kiiz-. No era poco para comenzar. Potsdam había sido una de las calles más emperifolladas de antaño. Ahora el muro la había quebrado en su geometría original que derivaba hasta el ombligo mismo de la antigua ciudad y había quedado como una extremidad amputada del tronco. Sin embargo, disimulaba con lujo sus mutilaciones. Aquí se codeaban bancos, medios de comunicación y burdeles. Al igual que depósitos bancarios, cheques o periódicos, el mercado ofrecía mujeres para todos los gustos. Forrado en cuero negro el torso, botas ídem y un látigo sostenido entre los dientes algunas. Con amplias faldas multicolores de gasa, melenas rubias y bucles florecidos otras, damas con trajecitos sastre en tonalidades grisáceas, blusas de seda y collar de perlas, robustas señoras en batón y chancletas, portando bolsa de plástico, como recién llegadas de hacer la compra, la mayoría. Cada una con su clientela. Y un galpón haciendo esquina con vidrios de colores rojo, azul, negro y violeta vendía ilusiones de carne, plástico y celuloide. “Somos el primer supermercado del sexo de la ciudad” anunciaba. Películas porno. Adelante mis valientes. Ropa interior a tiritas, vibradores todo tamaño para variados gustos y recovecos. Peepshows.

Un ejecutivo con su maletín.
Señores en todas las variantes del gris con atuendos de turistas.
Una dama con peluca afro y anteojos oscuros con marcos blancos.
Hombre disfrazado de mujer que se disfraza de hombre.
Un joven estudiante.
Muchachos en jeans y sandalias.
Una anciana emergida de un cuento de Perrault.
Una rubia de cuerpo entero enfundado hasta la rodilla en rojo satinado y zapatos taco aguja-plateados.
Un jubilado con bastón y su perro salchicha. Prohibido para animales. El perro que espere afuera.
Un rubio con chalina y melena al viento calzando botas de cazador.
Una pareja de recién casados, traje de novia y frac.
Un morocho robusto y un señor con barriga bastante más pequeño de estatura tomados de la mano, con gafas negras.
Todos ellos y todas ellas entraron y salieron de ese recinto de vidrios multicolores, el primer supermercado de sexo de la calle de Potsdam en el lapso de media hora. Abierto desde las cinco de la mañana, horario corrido.

Fragmento de Berlín es un cuento. Alción, Córdoba, 2007.

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Ver la nota en el diario La Voz del Interior

lunes 23 de marzo de 2009

Luisa Axpe - La fluidez de una buena melodía

La encontré por primera vez, en los años ochenta, en esa cantera de relatos que fue la revista El Péndulo, y más tarde en Minotauro y Puro Cuento, entre otras editoriales y revistas de aquel renacer democrático. Forma parte del reducido grupo de mujeres que en Argentina escribe ficción especulativa. Córdoba premió algunos deliciosos cuentos suyos para niños en el Concurso José S. Tallón, también en los años ochenta.
Luisa Axpe
Nació en Buenos Aires en 1945 y a comienzos de los setenta se graduó como psicóloga en la Universidad de Buenos Aires. Sus cuentos fueron publicados inicialmente en revistas como El Péndulo, Minotauro, Humi y Puro Cuento. En la década del ‘80 formó parte del reducido núcleo de escritores argentinos que producían fantasía y ciencia ficción. En 1986, Ediciones Minotauro, bajo la dirección de Marcial Souto, editó su libro de cuentos Retoños. Uno de los cuentos de ese libro integra la Breve antología de cuentos 2 publicada en 1992 por Editorial Sudamericana, junto a autores como García Márquez, Ray Bradbury, Graham Greene, Mujica Láinez y Bioy Casares. En 1989 obtuvo el premio J. S. Tallón de la Municipalidad de Córdoba, por sus cuentos Geolana, un conejo y el mundo, Pensamientos de colores y La casa sin gatos. En 1993, Editorial Sudamericana publicó su novela La mancha de luz. Tiene, entre otros inéditos, una novela, No te duermas en el tren, trabaja en varios proyectos narrativos y publica un blog (Gato Hambriento, http://gatohambriento.blogspot.com/).

Ella dijo
No sé casi nada de música, pero me alegro de estar capacitada para disfrutarla. Además, suelo pensar que hay música en todo: especialmente en la escritura. Cuando leo algo que me gusta, por lo general descubro que “suena” bien. Y ése es uno de mis mayores afanes a la hora de escribir. Tanto en la página como en mi cabeza, las palabras y las frases tienen que sonar bien, tienen que tener un ritmo, un color, un tono. El contenido, a veces, es un pretexto. Lo importante, casi siempre, es decir lo que sea lo más musicalmente posible, y que llegue a los ojos y a los oídos de los demás con la fluidez de una buena melodía. http://gatohambriento.blogspot.com/2008/03/partitura.html

Se dijo de ella
Relatos escritos en una prosa tersa, en la que es posible elogiar simultáneamente la precisión narrativa y la tensión poética. Ana María Shúa

En prosa sencilla, ajena a la menor afectación, coloquial casi, la autora enhebra sus relatos, muchos de ellos impregnados en la ternura y en la dulzura más humanas, pero sin perder nunca de vista lo ultrarreal, otros sarcásticos y observadores de todo cuanto sucede aquí, en esta tierra que Luisa Axpe pronto hace que deje de ser nuestra, la que creemos conocer, para convertirse en otra, en la que la magia es tan constante como posible. Escritos singulares, salpicados de color muy tenue pero también muy intenso, tan imaginativos y tan ricos que hasta se los puede leer fragmentados, de a poco, ya que cada cuento es eso, una soberbia planta de flores, toda ella cubierta de capullos que se van abriendo, multicolores, en un prodigio de la más sostenida fantasía.
César Magrini

Armas secretas
Los dos ejércitos se prepararon largamente para la contienda. Ambos llevaban sus mejores armas. El azul iba con sus sutiles argumentos surgidos de un profundo estudio de la dialéctica, su mentalidad abierta, su habilidad para responder con flexibilidad a los cambios y una brillante capacidad para analizar y relacionar entre sí todas las variables posibles para desarmar al rival. El verde, con frases hechas, prejuicios, falsas conclusiones y el convencimiento de ser portador de una única verdad inamovible y eterna. El encuentro tuvo lugar poco después del amanecer. La victoria fue aplastante: el ejército verde, además, llevaba armas de fuego.

Agua salada
Hallada la forma de atravesar los océanos, los límites fueron borrándose y la curva del horizonte se hizo más cercana. Pronto las rutas de agua perdieron sus secretos, y los navegantes empezaron a buscar nuevos cantos de sirena. Hallada la forma de eludir a las sirenas y llegar a buen puerto, los navegantes se lanzaron a la conquista de nuevas tierras para, desde allí, impulsarse hacia el espacio. Hallada la forma de atravesar el espacio, los navegantes se regocijaron ante la idea de encontrar, en planetas cada vez más lejanos, otros canales y otros mares, con más y mejores misterios.

No lo tome a mal
Cuando usted lo crea conveniente, es un decir, no vaya a pensar que lo mío es una orden perentoria, pero en fin, la película ya ha terminado, todos comienzan a levantarse de las butacas y quieren salir, así que, si no es para usted demasiada molestia, le juro que nunca me he encontrado antes en una situación semejante, en una condición diríamos bochornosa para ambos, porque estoy seguro de que lo será también para usted cuando caiga en la cuenta, digo, que me gustaría, en fin, cuando usted lo considere apropiado, y sin ofensas, quisiera que me devuelva
mi zapato.
Microcuentos de 100 palabras publicados en su blog

Crónica. Revista El Péndulo 15, mayo de 1987.
Una hoja lenta de otoño ha caído a nuestro lado.
La tomamos, sosteniéndola por el tallo entre el pulgar y el índice, y la observamos. Está seca, las nervaduras son canales vacíos por donde ya nada circula. Es marrón y frágil: una ligera presión la quebraría. Tiene varias puntas que se doblan hacia el centro y le dan una forma ahuecada.
Aprovechamos esa forma y la depositamos con cuidado sobre la cinta de agua que corre a nuestros pies, junto al cordón de la vereda. La parte cóncava hacia arriba; la punta más larga hacia adelante.
Es un barco.
Un cajón de fruta olvidado, vacío, asoma entre bolsas de desperdicios. Lo levantamos y lo miramos bien: como todos los cajones de fruta, es rectangular. Cualquiera de sus lados puede ser la base. Si lo apoyamos sobre una de las caras menores, parece un edificio.
Es un edificio.
Lo dejamos junto al cordón, a dos pasos del lugar donde encontramos la hoja caída.
Una mariposa que ha perdido el rumbo revolotea un minuto ante nuestros ojos, buscando alguna superficie. En un largo parpadeo baja hasta el nivel del agua y vacila; después, elige.
Con cuidado para no dañarse las alas, aterriza sobre la cáscara quebradiza que navega despacio.
Ahora también ella navega: es una pasajera.
El agua se desliza, lenta, por el suave declive de la calle. La mariposa embarcada, también. Pero es otoño: eso hace no sólo que las hojas se sequen y caigan, y las mariposas pierdan el rumbo, sino que el viento se empeñe en trastornar los movimientos de la vida.
El viento obliga al agua a cambiar de dirección. Ahora, la hoja se dirige hacia donde está el cajón de fruta.
Solitario, un niño se asoma a mirar el leve espectáculo.
Nunca ha visto una mariposa navegando. No sabe que lo estamos mirando, y eso hace más único su gesto de no tocarla. Se queda quieto, agachado en el borde de la vereda, vigilando el paso de la embarcación.
Seguimos su mirada: va hacia la mole que corta la corriente de agua, la que a pesar del declive corre hacia allí empujada por el viento. Después, los ojos del niño vuelven a la mariposa encaramada. Sigue quieto; pero ahora nos parece menos estático que antes. Un movimiento ha empezado a insinuarse.
El niño mira alternativamente el cajón y la hoja, y al fin se decide. Se agacha un poco más y, estirando el brazo, toma la mariposa por la punta de las alas y la deposita en una rodilla, desde la que ella emprenderá el vuelo otra vez.
La hoja sigue navegando vacía, arrastrada por el viento. Un poco más, y se detendrá de golpe contra el cajón de madera que interrumpe el paso del agua. Tal vez intente bordearlo y seguir la marcha; tal vez quede allí detenida, como un navío anclado en el puerto.
Al día siguiente leemos en los diarios que un barco que navegaba aguas arriba por un río caudaloso chocó contra el frente de un edificio, mientras la única pasajera fue salvada milagrosamente por la intervención de un gigante.

Leer la nota en el diario La Voz del Interior

jueves 22 de enero de 2009

Libertad Demitrópulos - Congoja y desolación

"¿Qué otra escritora argentina ha alcanzado en las últimas décadas las cimas de perfección que se pueden leer en Río de las congojas?", dice Nora Domínguez . Respetada por lectores y críticos como lo mejor de la literatura nacional y mujer de uno de los poetas mayores de nuestro país, Libertad Demitrópulos*, a contracorriente de los escritores de su época, se hizo peronista en los años ’40, cuando vio cómo eran explotados los zafreros en el ingenio Ledesma. Desde entonces, con un lenguaje de inusual riqueza, su escritura se interesó por los más débiles, en especial en esa novela increíble donde narra, desde la perspectiva de dos mestizos, la segunda fundación de Buenos Aires.

Libertad Demitrópulos
Nació en Jujuy, en 1922 y murió en Buenos Aires en 1998. Se recibió de maestra y, aunque de salud muy frágil (tuvo fiebre reumática y varias operaciones del corazón), a los 18 años comenzó a ejercer la docencia. A fines de los años 40, llegó a Buenos Aires, trabajó en el hogar escuela Eva Perón y conoció a Evita, sobre quien más tarde escribió una biografía. Estuvo casada con el poeta Joaquín Giannuzzi, con quien tuvo dos hijas.
Publicó Muerte, animal y perfume (Poemas. Agrupación Cultural Renacimiento, 1951/Ediciones del Dock, 2008), Los comensales (Novela. Testimonios, 1967), Poesía tradicional argentina (Huemul, 1972), La flor de hierro (Novela. Castañeda, 1978, Ediciones del Dock, 2004), Río de las congojas (Novela. Sudamericana, 1981/ River of Sorrows, White Pine Press, 1999/ Ediciones del Dock, 1996, varias reediciones), Eva Perón (Ceal, Buenos Aires, 1984), Sabotaje en el álbum familiar (Novela. Fundación Ross, 1984), Quién pudiera llegar a Ma-Noa (Crónica. Plus Ultra, 1986), Un piano en Bahía Desolación (Novela. Braga, 1994). Recibió el Primer Premio Municipal de la Ciudad de Buenos Aires 1981 y el Boris Vian 1997, ambos por Río de las congojas, considerada una novela clave de la literatura argentina. Organizó el Primer Congreso de Escritoras (Buenos Aires, 1988) e integró el jurado del Premio José Hernández, que entrega la Secretaría de Cultura de la Nación a autores nacidos en América latina, España, Brasil y Portugal.
Ella dijo
"Muchas cosas se han dicho acá sobre el libro premiado y sobre mi literatura... juicios que yo tomo con los debidos recaudos porque no se puede salir tan trabajosamente de las garras de la muerte para caer ligeramente en los brazos de la vanidad... Nunca rondé los espacios del marketing ni frecuenté las pasarelas sociales ni las luces mediáticas. Soy una escritora solitaria, que sólo reconoce afinidades, parentescos literarios que debo agradecer". En la entrega del Premio Boris Vian, Librería Gandhi, 1997.
"Ni La flor de hierro ni Río de las congojas son novelas históricas, sino experiencias literarias en donde la dimensión histórica irrumpe sobre la imaginaria del presente a fin de explicar sus sentidos últimos y contradictorios y donde ambas aspiran a alcanzar otra más abarcativa: la dimensión mítica. El pasado está presente desde nosotros mismos y si lo recorremos descubriremos que está vivo como el carozo de la fruta". Entrevista de Nora Domínguez. Primer Plano. 29 de agosto de 1993.

Se dijo de ella
"El yo de Libertad viajó, mutó, se dispersó en historias de mujeres de distintas épocas, tierras, razas y clases sociales, mujeres que experimentaron las diversas peligrosidades de enunciarse con un yo: heroínas, criollas, españolas, indias, inglesitas engañadas. En esta construcción variada y dispersa se sostiene en parte el valor de su escritura". Nora Domínguez. Homenaje a Libertad Demitrópulos, a 10 años de su muerte.
"Leer a Libertad Demitrópulos es celebrar el lenguaje (...). Demitrópulos esculpe una ciudad, hace visible una época, recorre itinerarios perdidos, saturados de maltratos, decretos, injusticias: supuestas legalidades. Con esa materia destellante, (escribe) como si necesitara hacer de la ciudad y los hombres un molde para descubrir la silueta de ese inmenso Golem que es la historia de un pueblo". Liliana Heer, leído durante la entrega del Premio Boris Vian 1997, en la Librería Gandhi de Buenos Aires.
"Parados los tres (Demitrópulos, Giannuzzi, Pradelli) al pie de la escalera que lleva al laboratorio, Libertad me dijo que tenía prohibido subir y me preguntó si no había un ascensor. Le contesté que haría bajar a los alumnos y que buscaríamos otro lugar para hacer la entrevista, pero antes de terminar mi ofrecimiento, ella ya estaba encaramada, aferrándose a la baranda con su mano delgada. Le costó subir esos escalones de mármol y en el último tramo de la escalera buscó mi brazo. Pero ni bien entramos al laboratorio donde nos esperaban más de 150 alumnos me soltó. Me dijo que le gustaba tanto estar ahí. Tantos jóvenes, repetía mientras avanzaba por el pasillo para sentarse enfrente de los alumnos y parecía que todos esos estudiantes allí reunidos para escucharla alcanzaba para justificar el esfuerzo que había sido subir". Ángela Pradelli. Libro de lectura. Emecé, 2006
"Podemos decir que escribe iluminando lo que elige". Néstor Groppa.

La flor de hierro
(Fragmento)

Aristóbulo es el que periódicamente da cuerda al reloj de la plaza y después de podar los escuálidos rosales se dedica a esperar que pase el tiempo, para adelante, para atrás, un pasito del péndulo caminando para después del transcurrir, otro pasito deteniéndose en el recuerdo de las cosas que sucedieron cuando Medinas era un pueblo jovial, dado a las risotadas de chicos y grandes, acostumbrado a celebrar fiestas y saraos en salones brillantes y con un servicio de lunch contratado en la ciudad de San Miguel, que incluía una caterva de mozos y camareros que llevaban las bandejas con increíble destreza, causando la admiración de los mosqueteadores que desde afuera disfrutábamos de la fiesta más que los de adentro.
Al dar las doce el reloj de la plaza, la gente va desprendiéndose de la pereza proveniente del sol que cae castigando con su látigo a los indefensos faltos de sucedidos y esas otras cosas que a veces son necesarias para no aburrirse, y quién sabe si hasta la muerte no tendrá que jugar su papel de despertadora de letargos, mayormente si como sucede a veces hay que llamarla para que dé testimonio de la vida. Porque Medinas vive gracias a la muerte que viene en los coches fúnebres de la municipalidad del pueblo vecino, adornada con las flores amarillas del verano o con las estrellas federales arrancadas de las tapias ladrillosas. Llega levantando polvareda en los callejones cruzados de lagartijas que, en las siestas, revuelven la arena para un costado, para el otro, un estremecimiento que se hunde, otro que se levanta, y son las que llegan primero al cementerio para perderse entre el pasto que siempre por ahí está verde y crecido y no se sabe de qué, si aquí no hay agua más que la que mandan los del pueblo vecino a cambio de que los dejemos enterrar a sus muertos en nuestro cementerio.
En la plaza hace una hora larga que el opa Mafaldo está siguiendo el vuelo de las moscas de panza verde que le corretean por la oreja y deben decirle cosas que solamente él entiende porque mueve los labios como asintiendo y gustoso. Cómo será de gozador el opa que deja la sonrisa en la boca y ahí se le queda, babeando en hilitos que tienen burbujas que se inflan y revientan como los fuegos artificiales que tiran para la fiesta de la Merced.
Aristóbulo ya ha dejado la plaza a estas horas, sin terminar de limpiar los canteros, porque no soporta al opa que se sorbe las babas. Y si bien se priva de dejarlo estaqueado en el suelo debido a que es opa infradotado, no por eso deja de mostrarle un desprecio mayúsculo, para que quede bien sentado que en Medinas somos cuatro gatos pero no de la misma ralea. Y es claro, cómo van a ser iguales los descendientes del capitán encomendero de Acapayanta, don Gaspar de Medina, y un descosido cualquiera, uno de los que estaría adentro de los salones que otro que mosqueteaba entre la chamusquina. Eso es lo que no entienden muchos, cuando salen a dar la vuelta del perro por la plaza y se figuran que cualquier época del año es la fiesta de la Virgen que es cuando vienen tantos forasteros y corre el vino, y bailamos todos mezclados el tango y el chamamé, el gato y el bugui-bugui, la pachanga y el malambo y hasta se puede dar el caso de que venga contratado Palito Ortega y esté en carne y hueso acá en Medinas. Pero hay que saber distinguir que una cosa es que para la fiesta de la Merced nos olvidemos de nuestros malestares y diferencias y otra muy distinta cuando quedamos sólo los que estamos, es decir, los cuatro gatos de siempre.
Cuando era la encomienda de Acapayanta o Acapianta, había mucha gente en Medinas entre los indios encomendados, los hijos, las nueras y los nietos del capitán, más los vecinos que iban formando el pueblo. Tanta gente hubo que era una delicia vivir aquí, según me contaba mi abuelo a quien le supo contar el suyo. Hicieron un gran cementerio pensando que albergaría a muchísimos muertos. Pero se han muerto casi todos y nos sobra lugar. Imaginaron que Medinas se volvería como un gran hormiguero o mejor habrán pensado que sería un mariposero y ¿adónde habrían de irse a consumir esas multitudes sino a un gran cementerio? En cambio el del pueblo vecino ya se ha llenado de bote en bote y precisan la tierra para sembrar caña. Y nos los traen aquí:
—Mañana habrá agua. Preparen las tinajas y lugares.
—¿Quién murió, señor intendente?
—Esta vez es un ricacho. A prepararse, pues.
—¡Albricias! Muerto tenemos. Requiescat in pace...
Y nos preparamos alegremente para escuchar también el canto del agua corriendo por las acequias.
Así es Medinas. Un lujo triste. Un rescoldo ceniciento. Un orgullo entumecido.

Ediciones del Dock http://www.deldock.com.ar/
http://www.audiovideotecaba.gov.ar/areas/com_social/audiovideoteca/literatura/demitropulos_bio_es.php
*Libertad Demitrópulos. Foto familiar, gentileza de Jorge Brega.
Ver la nota en el diario La Voz del Interior

lunes 10 de noviembre de 2008

Reina Roffé - Aves Exóticas

Ha desarrollado en nuestro país y en España una intensa labor en la literatura, el periodismo y la docencia. Nacida en Buenos Aires, pero radicada en Madrid desde 1988, Reina Roffé lee habitualmente los diarios argentinos y conserva amigos de acá, como un indispensable ritual de pertenencia. A veces habla de sus tíos, solterones y músicos, y de ese profesor del secundario llamado Haroldo Conti que leyó sus primeros escritos y le dijo que estaba “condenada a la literatura”.

REINA ROFFÉ
Nació en Buenos Aires, en 1951. Con su primera novela, Llamado al Puf (Pleamar, 1973), obtuvo el Premio Pondal Ríos al mejor libro de autor joven en un concurso convocado por la Fundación Odol. Publicó después Monte de Venus (Corregidor, 1976), novela prohibida por la censura argentina en los años de la dictadura militar, Espejo de Escritores (Ediciones del Norte, New Hampshire,1984), Juan Rulfo: Autobiografía Armada (Corregidor, 1973/ Montesinos, 1992), Conversaciones americanas (Páginas de Espuma, 2001), la biografía Juan Rulfo. Las mañas del zorro (Espasa-Calpe, 2003), la novela El cielo dividido (Sudamericana, 1996) y Aves exóticas. Cinco cuentos con mujeres raras (Leviatán, 2004).
Párrafo aparte merece La rompiente, editada en 1987, simultáneamente en Puntosur /Buenos Aires y Editorial Universitaria de Veracruz/México, con la que ganó el Premio Internacional de Narración Breve otorgado por la Municipalidad de San Francisco, Córdoba, una novela que desde hace años es objeto de estudio en universidades americanas y europeas y ha sido reeditada por Cuarto Propio (Santiago de Chile, 1999) y por Alción Editora (Córdoba, 2005). Sus cuentos y relatos, traducidos al inglés y al alemán, figuran en diversas revistas y antologías de Europa y América. En 1993 ganó la Beca Antorchas de Literatura. Desde 1988 vive en Madrid, donde coordina talleres de lectura y escritura creativa, colabora en las publicaciones Cuadernos Hispanoamericanos, Revista de Occidente, ABCD y es firma invitada en el Centro Virtual Cervantes.

Ella dijo:
...toda la novela es una indagación para ver de qué manera distinta se pueden contar las historias que protagonizamos.
¿De qué otro lugar sino del miedo, o de qué otra cosa se puede escribir, sino de viajes, crímenes y exilios?

El fuego interrumpido. Página 12, Suplemento de Cultura. 27 de junio de 1993.

Se dijo de ella:
Podríamos definir La rompiente como una novela-diario íntimo que reescribe el canon y narra el género… (…)…El lugar donde se opera esta búsqueda es el cuerpo y el modo de operar, la ruptura. Así, La rompiente subvierte la escritura normalizada, articula la resistencia en el discurso y plantea de modo original una relación diferente entre mujer y narrativa. Enfrentada al discurso oficial de la narrativa consagrada, el texto de Roffé narra desde el margen, escribe la imposibilidad de narrar y asume que contar es una puesta en abismo donde azar, verdad, ficción e historia se relativizan en la metáfora del juego. Revista Aleph (Año XLI, enero/marzo 2007, Colombia)

Sus personajes femeninos tienen un aura de misterio y ambigüedad que los coloca entre los más audaces que se han escrito en los últimos veinte años.
Cristina Peri Rossi. Para la reedición de La rompiente en Alción editora.

Roffé es una narradora sutil que prefiere los pequeños episodios a los grandes
desarrollos, los sobreentendidos a las explicaciones, la promesa erótica a la
descripción sexual. Nos remite a un mundo en el cual la figura humana se va
borrando pero sin perder la palabra, planteándose uno de los desafíos del
narrador actual: recomponer, con nostalgia paródica, la perdida epopeya de los
antepasados.
Blas Matamoro, Revista Cuadernos Hispanoamericanos, Nº
568, Madrid, Oct. 1997

La Rompiente
(Fragmento)
Los almacenes de productos extranjeros traen nuevas delicias. Se deja tentar por los turrones españoles de almendras que a su abuela siempre le gustaron tanto. Los dulces están unidos al recuerdo de la sobremesa, que la Ela convertía en una ceremonia y oficiaba entibiando las tacitas de café, eligiendo de la vitrina las copas de licor, quitando el papel celofán de los turrones y el papel plateado de los chocolates con el mismo cuidado con que trataba los cristales. Una vez que todo, en su opinión, estaba dispuesto, entonces se podía cumplir con el rito de la tertulia familiar. Poco o nada se hablaba: era un diálogo goloso entre la Ela, las tías y usted. A veces se la regañaba por meter los dedos en los ganchillos de las carpetas tejidas al crochet o por hacer bolitas con los papeles de los chocolates y arrojarlas sin puntería a cualquier objeto que representara ser un cesto de basketball.
En el pequeño departamento al que la han confinado en estos últimos años, ve a la Ela sentada en la sala, muy encorvada y quieta sobre el borde del sofá. Usted le recomienda que adopte una posición más cómoda apoyándose contra el respaldo. Melancólica, la Ela da a entender que no tiene fuerza ni ganas de moverse. Le obsequia el turrón, ella se lo agradece con una sonrisa que usted reconoce en el acto. Ésa con la que solía decirle: “Ah, mi querida, siempre te acuerdas de mí”. Para recompensarla por el regalo, intenta dolorosamente mover su cuerpo hacia el respaldo del sofá, y cuando logra enderezar la espalda, toma el paquete y lo desenvuelve como si fuera un objeto frágil y muy valioso.
Mientras ella parte el turrón en trozos, usted observa que sus pies, como los anchos pies de Leonor, apenas rozan el suelo. La figura de la anciana parece la de una muñeca cenicienta sobre un sofá gigante. Ella le ofrece un pedacito de turrón y se lleva a la boca otro. Usted va por el té y vuelve a sentarse en una de las pocas sillas que ha sobrevivido al cambio de muebles y la modernización. La Ela coloca en un plato algunos trocitos de turrón; en otro, los que disimuladamente saca de la boca, porque -ahora usted advierte- ella ya no puede masticar.
Ha cometido una equivocación tras otra. El turrón de almendras se ha tornado en un tributo perverso de su cariño a la Ela. Todo esto la acongoja y se va con la congoja.
Llama a su madre desde un teléfono público. Increíble, el teléfono funciona quizá por obra de un milagro. Su madre no comprende por qué le dice inopinadamente que, por favor, no envejezca.

EL PARO
Era el gobierno más eficaz de la historia. Había solucionado uno de los problemas endémicos del país: el desempleo. Con un decreto, aumentó los festivos, favoreció los puentes, triplicó las vacaciones anuales. Con otro, bajó el impuesto a los automotores y el precio de los vehículos. Fomentó el turismo nacional y liberó la velocidad máxima permitida en autopistas, carreteras y vías urbanas. La mortalidad por accidente creció tanto que la población quedó reducida a su cuarta parte. Hoy, hay un superávit de ofertas de trabajo que no se pueden satisfacer.

LA HISTERIA DEL TIEMPO
Un día como hoy es dádiva y alimento para los que siempre hablan, o peor, escriben del tiempo: por la mañana, lluvia torrencial; al mediodía, muchas nubes en el cielo disipadas rápidamente por un fuerte viento que todo se lleva por delante; quietud y sol radiante a primera hora de la tarde; nuevas nubes al atardecer; agua nieve por la noche; tormenta eléctrica de madrugada. Un día como hoy es fuente, y simiente, de todas las indecisiones.
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El Paro y La Histeria del Tiempo permanecían, hasta ahora, inédit

jueves 6 de noviembre de 2008

Noemí Ulla - El cerco del deseo

Leída, traducida y estudiada, la obra de Noemí Ulla es insoslayable en la literatura nacional y un halo mítico la aproxima a escritores como Borges, Onetti, Bioy Casares, Silvina Ocampo o Juan José Saer, con los que cultivó amistad. Sus ensayos reveladores y sus novelas y relatos delicados, dan cuenta de una escritura que se aproxima a los matices más sutiles de la realidad. Sencilla y alegre, Quita Ulla, como le gusta ser llamada, ha estado en Córdoba, entre nosotros, en más de una oportunidad.
Noemí Ulla
Nació en Santa Fe, estudió en Rosario y se doctoró en Filosofía y Letras por la Universidad de Buenos Aires. Publicó Los que esperan el alba (primer premio de novela, Dirección de Cultura de Santa Fe, 1967), Urdimbre (Editorial de Belgrano, 1981), Ciudades (CEAL, 1983/ Ombres Blanches, Toulouse, 1994), El ramito (Último Reino, 1990), El cerco del deseo (Sudamericana, 1994), la antología personal Una lección de amor y otros cuentos (Fundación Ross, 2005), Néréides à nu (MEET, Saint Nazaire, edición francés-español, 2006), En el agua del río (Fundación Ross, 2007). En ensayo, Tango, rebelión y nostalgia (Jorge Álvarez, 1967/ CEAL, 1982/ Frölich & Kaufmann, Berlin, 1982), Diccionario Universal de Autores, en colaboración con Jorge Lafforgue (CEAL, 1971), Identidad rioplatense 1930: la escritura coloquial (Borges, Arlt, Hernández, Onetti), por el que recibe el Primer Premio de Ensayo otorgado por la Subsecretaría de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires, 1990, Invenciones a dos voces: ficción y poesía en Silvina Ocampo (Torres Agüero, 1992), La insurrección literaria: de lo coloquial en la narrativa rioplatense de los años 1960 y 1970 (Torres Agüero, 1996), De las orillas del Plata (Simurg, 2005), Variaciones rioplatenses (Simurg, 2007), y la antología crítica Obsesiones de estilo (Fundación Ross, 2004). En 1974, su cuento La viajera perdida fue premiado en el concurso del Semanario Marcha de Montevideo por un jurado que encabezaba Juan Carlos Onetti. Ha sido becaria de la Deutscher Akademischer Austauchdienst y de la Maison des Écrivains Étrangers et des Traducteurs y profesora invitada por las universidades francesas de Toulouse-Le Mirail, Blaise Pascal de Clermont Ferrand, Caen, Avignon, Sorbonne Nouvelle, la Universidad de la República (Montevideo) y Miami University de Ohio. Cultivó estrecha amistad con los nombres más resonantes de la literatura nacional. Muestra de ello, la foto que ilustra esta página.

Ella dijo:
–Los relatos se me ocurren por palabras y frases que escucho. Detrás de un comienzo siempre hay una frase y esa frase va hilvanando el relato. A propósito de frases, hay una muy linda de Proust sobre Flaubert: “lo más interesante de La educación sentimental no es una frase sino un blanco”. Las pausas. Los silencios. El silencio hace a la palabra y yo no lo agrego a posteriori, es más bien algo inconsciente. (De una entrevista realizada por Juan Pablo Bertazza. Radar Libros, 22 de abril de 2007)
Se dijo de ella:
Silvina Ocampo, que apreciaba en las narraciones de Noemí Ulla la originalidad de su imaginación, solía situarla junto a grandes escritoras: Virginia Woolf, Colette, Katherine Mansfield, Clarice Lispector, Djurna Barnes. He escrito en el prólogo de Ciudades –en su traducción al idioma francés- algo sobre esta escritora que quisiera recordar aquí: ‘El lenguaje ceñido de los conflictos y situaciones del relato es uno de los rasgos donde se reconoce a Noemí Ulla, dueña de retórica y estilo propios’. Adolfo Bioy Casares, Buenos Aires, enero de 1999, Prólogo a Néréides à nu.
En el tuyo (en referencia a la novela Urdimbre) encontré el rigor y las imágenes que venimos tratando de compartir entre unos pocos desde hace tantos años. La limpieza de tu prosa, utilizada para hablar de cosas que son, en definitiva, casi indecibles, crea una tensión que no decae del principio al fin. Juan José Saer, carta desde París del 29 de marzo de 1982

Bailarina de tres brazos
Con tres brazos la mujer bailaba. Dos se extendían para el lado izquierdo y el otro, quedaba solito del lado derecho. Se movía con agilidad y mucha gracia. Cuando llegó hasta mí pude ver que uno de los brazos de la izquierda no se articulaba, era de madera, fino como palo de escoba, pero ella lo movía con el otro desde el hombro y así daba la ilusión de que eran gemelos. En la cabeza llevaba unos velos que caían sobre la espalda y los hombros. Con seguridad que la cascada de esas gasas trastornaban la visión del brazo muerto y le prestaban movimiento.
Mi padre dijo con autoridad: No mires. Pero ya era tarde, había visto todo lo que mi padre no quería que viera. A su lado mi madre sonreía diciéndole que me dejara mirar y que así entendería. ¿Qué debía entender? me pregunté en silencio para no turbar el momento de fragilidad del diálogo de mis padres, en que él terminaba por admitir y ella por restarle importancia al espectáculo. ¿Y qué? –agregó mi madre–, no es más que un brazo de madera.
Y ahí se detuvo. Ella conocía todas las reglas del silencio, conocía el valor de la pausa para que mi padre midiera las palabras que ella decía mientras sus ojos verdes vagaban distraídos por la penumbra del circo. No había espectáculo de circo que papá no viera con toda la familia. Solía decirnos a los más chiquitos que en su infancia no lo habían llevado al circo y entonces, disfrutaba con nosotros de ver elefantes y damas chinas, la flor azteca y el juego de los cuchillos. A veces se volvía grande como con la mujer de los tres brazos y pensaba demasiado en nosotros, pero por suerte estaba ahí mamá para recordarle la infancia.
Cuando salimos del circo el parque se había poblado de personas y de sombras que debíamos atravesar. Era raro andar de noche por el parque, el que de día conocía tan bien por el andar de los cisnes y los patos del lago; se me ocurrió que se trataría de otro parque en otro lugar del mundo. Pregunté si estábamos lejos de casa para atender a la voz de mamá diciéndome “sí” e imaginar entonces que si me llegaba a perder en medio de los árboles ellos estarían a mi lado para salvarme. Después me dio por pensar que mi hermana mayor se las ingeniaría para tener tres brazos, ella siempre estaba inventando cosas que maravillaban a todos y yo no podía hacer más que quedarme en éxtasis viendo cómo sabía hacer los juegos más raros del mundo. Los altos faroles del veredón iluminaron de pronto unas caras conocidas a quienes mis padres saludaron con amabilidad, diciéndome que yo también debía saludar a los antiguos vecinos de la calle Catamarca. Saludé cuando ya habían pasado, saludé al aire y a los cisnes que se estarían deslizando ondulantes por el agua del lago. Pensé en el río y en los veleros que surcaban el agua dejándole dos colitas enruladas de ángulo agudo. Papá me preguntó si me habían gustado los números del circo y vi que le guiñaba un ojo a mamá, seguramente por el miedo que me habían dado los leones.
En el coche, sentada solita en el asiento de atrás, porque mis hermanos no habían querido ir al circo y ya tenían otros gustos, conversé con la mujer de los tres brazos. Le pregunté por qué le gustaba su brazo de palo y le conté las cosas que hacía mi hermana mayor. Mi padre, como siempre ocurría, me preguntó si estaba hablando sola otra vez. Ellos no podían verle el brazo de palo, ni ese brazo ni los otros ni a ella con sus largos velos, y me resultaba difícil decirles que ella estaba sentada en el coche conmigo, y que hablábamos, y que como a mí le daban cierta impresión los árboles del parque por la noche. Por fin comprendí que ella, tanto como yo, deseaba llegar a su casa, el circo, y la abandoné mirando cómo cruzaba la espesura.
Esa noche no fue una noche como tantas. Al llegar a casa, mis hermanos miraban televisión con los vecinitos del barrio. Papá se enojó muchísimo y cuando fuimos a la mesa mi hermana mayor le pidió disculpas con toda seriedad, mientras movía tres brazos como yo le había contado que hacía la mujer del circo. Papá quiso demostrar que estaba disgustado, pero muy pronto soltó la risa y se volvió a iluminar la noche.
Ver nota en el diario La Voz del Interior

jueves 25 de septiembre de 2008

Andrea Rabih - Los corredores del cuerpo

Era una gran lectora, y desde adolescente tuvo el deseo de escribir. Alternaba su tiempo entre las clases de español y la escritura. En los últimos años estaba muy definida en su rol de escritora, había empezado a dictar talleres y la mayor parte del tiempo la dedicaba a trabajar sistemáticamente en sus relatos. Tenía amigos escritores: Hugo Correa Luna y Aníbal Jarkowski, con quienes trabajó algunos cuentos de Cera Negra y la novela aún inédita La sonrisa imperial, Rubén Mira, Gabriela Lifshitz, Liliana Heer, Carlos Gamerro…

ANDREA RABIH
Nació en Buenos Aires el 11 de mayo de 1967. Estudió letras en la Universidad Nacional de Buenos Aires, donde también se desempeñó como docente de español para extranjeros. En 1991 sus cuentos La diferencia y Claramente dormida obtuvieron el Primer Premio en la Bienal de Arte Joven y en 1994 El polaquito obtuvo la primera mención en el Concurso de Cuento Eva Perón. Varios de sus cuentos fueron publicados en la revista Con V de Vian. Publicó Cera Negra (Simurg, 2000), que la crítica saludó como el nacimiento de una narradora excepcional. Casada, con un niño pequeño, Andrea Rabih murió de un melanoma el 10 de noviembre de 2001. Dejó sin publicar un libro de cuentos y dos novelas cortas: El anhelo y La sonrisa imperial. En este momento se encuentra en construcción una página web y la edición de su obra inédita al cuidado de sus familiares y el escritor Carlos Gamerro.

Ella dijo:
Siempre me encantó leer ficción, pero por una mezcla de indecisión vocacional y mandato familiar a los dieciocho años empecé a estudiar Medicina con la intención de ser psicoanalista. Era el camino de mi padre. Tenía dos compañeros brillantes y apasionados y el contraste me permitió ver que a mí no me pasaba lo mismo. Paralelamente, empecé un taller literario y ese espacio fue clave, decisivo. Fue entonces cuando cambié de carrera y empecé Letras. Lamentablemente, la institución no estimuló la escritura, pero le agradezco el acceso a ciertas lecturas maravillosas y algunos conocimientos de Lingüística y Teoría Literaria. Escribo en mi casa, con una computadora portátil que me encanta y cuyos mecanismos secretos respeto profundamente. Antes escribía de noche, pero ahora prefiero la luz del día: la mañana me encanta. En general, escribo cuando tengo un mínimo plan de acción, la primera frase o el tono del relato. Revista Con V de Vian
Se dijo de ella:
Andrea Rabih tiene el don de utilizar el látigo, que obsesiona a todo escritor, para exhibir lo tortuoso diáfanamente: perfora transparencia, crea vértices inquietantes, multiplica las aristas de lo posible. Podría afirmar: estamos ante una narradora que desnuda la otra escena (literaria, subjetiva, social, sexual), con amplio manejo de las diferencias; no me refiero solamente al nivel temático sino al tono, la voz de los personajes, ese hilo de plata que atraviesa la anécdota y confiere vida al texto. Uno a uno, los mitos del lugar común son expuestos y corroídos…(…)…las historias reunidas en Cera negra son historias de suspenso; el lector no puede llegar a prever el desenlace, así como no podría llegar a prever el desenlace de un cuento de Salinger. Liliana Heer. Presentación de Cera Negra.
Las protagonistas de Cera negra, es cierto, son mujeres, pero mujeres que se enfrentan con la realidad y con su ridículo con una mirada atónita, cercana al absurdo, en que sobresalen los hombres y su probable inutilidad, la risa, la melancolía y las epifanías paradójicas… (…)…La prosa es rápida, directa, condensada, sin rodeos. Pero lo que más llama la atención es la pulseada permanente que Rabih entabla con el lenguaje coloquial y su interesante uso de diálogos sin estilización. Su confianza en que detrás de las palabras de todos los días, en su verborragia y en sus intersticios, el lector podrá descubrir el eterno ridículo de los dramas íntimos y de las contradicciones cotidianas. Pedro B. Rey. La Nación.
Los relatos de Rabih, prestan atención a aquello que por cercano o por real nos resulta invisible. Todos sabemos que estamos solos, sin embargo, cuando abrimos el libro de Rabih, y comenzamos a leerlo, experimentamos un curioso sentimiento, sus historias corroboran nuestra soledad al tiempo que nos confirman que el patetismo, la vergüenza, las ganas de llorar, la venganza, son las inesperadas maneras en que estamos juntos todo el tiempo sin darnos cuenta. Anibal Jarkowsky. Contratapa de Cera negra

Claramente dormida
Un sabor a vómito le inundó el paladar. Abrió los ojos: el cuerpo penetrado por el colchón. Sin mover el cuello pudo ver la hora. Eran las siete. Entonces fue acordándose: estaba en el departamento nuevo, los colchones estaban separados. En el otro colchón había alguien. Ella podía percibir su respiración: tranquila, respiración de sueño pesado, no peligrosa. Recorrió la boca con la lengua, el gusto amargo seguía ahí, como el cuerpo de él que todavía se le venía encima. El cuerpo menudo, nervioso, se retorcía en toda su superficie. Se acordó con asco de que la cabeza de él apenas llegaba a su cuello. Besarse y coger al mismo tiempo resultaba difícil. ¿Cómo sacarse ese cuerpito de encima? Cuerpo de lombriz, pensó. Si no se despierta, no habla. No existe. Volvió a dormirse.
Las diez de la mañana. El otro colchón era bien nítido esta vez. El estaba despierto, se estaba moviendo. Intentos de acercamiento. Como un enanito, enano de jardín, empezó a besarle el cuello colgado de su espalda. Besos de lengua. Pero ahora ella era la desmayada, el cuerpo quieto que no responde. La mujer, pensó, puede morirse con todo el cuerpo, puede decidir dejarlo inerte, seco. Eso hizo.
Besos de lengua. Pero ella está claramente dormida: no hay por qué hablar ni explicar nada. Sin embargo él le frota, duelen, los dedos en la espalda. ¿Signo erótico? Parece no entender. Así que ella debe mover la mandíbula: “Tengo mucho sueño. Voy a seguir durmiendo”, le dijo en voz baja. “Bueno”, le dijo él, mientras intentaba llegar con la lengua persistente al lóbulo derecho. Ella se imaginó qué pasaría si, de pronto, con todas sus fuerzas, lo empujara y lo estrellara contra la pared recién pintada de satinol blanco.
Él se levantó y se alejó. Ella lo sintió caminar, moverse por la casa. Escuchó el ruido de una persiana que se levantaba, pero era en la casa de al lado. La canilla del baño seguía goteando: regular, mecánico, fresco. Los otros objetos sonaban igual: en calma, adheridos al piso. Pensó en llamar, en preguntar “¿Pablo?”, pero si estaba, ella tendría que hablar, quería decir que lo tenía en cuenta o que recordaba su nombre o que él podría aparecer sonriendo en el dormitorio. Se incorporó en la cama. No se vistió: ella estaba sola, no había nadie en su casa. Se asomó por la puerta del dormitorio y espió por el pasillo que daba al living: la mesa desordenada, el cenicero asqueado y restos de ceniza en la alfombra. Pronto, pensó, ordenaría y limpiaría todo. Fue a la cocina y calentó café; sentía nuevamente la sensación agradable, perfecta, de las miradas múltiples que circulan cuando uno vive solo. Se sirvió el café y lo llevó al living. En la mesa había muchas cosas: restos de cerveza, la cerradura vieja que él había cambiado el día anterior, un papel escrito de punta a punta y cuatro cigarrillos sueltos. A ella se le habían acabado los chéster la noche anterior.
Agarró la hoja y la leyó. La letra linda, de imprenta, inclinada a la derecha. No había podido encender el calefón. Sonrió, tampoco ella iba a poder hacerlo. Casi no le importó eso de que la llamaría a la tarde porque se quedó leyendo varias veces el paréntesis del final que decía: “frente a este edificio, hacia la izquierda, se produce una sombra tridimensional”, es la sombra de este edificio a esta hora, pensó ella, “una sombra como tu cuerpo, en sombras, con náuseas, irremediablemente hermoso”.

jueves 28 de agosto de 2008

Amalia Jamilis - Sutiles Espantos

En los primeros setenta leí Detrás de las columnas y Los trabajos nocturnos y sus cuentos me gustaron tanto como los de Cortázar, escritor con el que tiene muchos puntos de contacto. Apenas terminada la dictadura, en un congreso de educación en Tucumán al que ambas habíamos ido como oyentes, quedé al azar conversando con una profesora sobre sus experiencias en el aula. Al despedirnos e intercambiar nombres y direcciones supe que era Amalia Jamilis.
AMALIA JAMILIS
Nació en Plata el 30 de agosto de 1936 y murió en Bahía Blanca el 30 de octubre de 1999. Estudió Bellas Artes en las escuelas Manuel Belgrano y Prilidiano Pueyrredón, de Buenos Aires. Siendo joven se radicó en Bahía Blanca, donde formó una familia, se dedicó a la docencia y desarrolló su escritura. Publicó Detrás de las columnas (1967, Premio PEN Club Internacional, Losada), Los días de suerte (1968, Premio Emecé), Los trabajos nocturnos (1971, Centro Editor de América Latina), Madan (1984, Premio de la Secretaría de Cultura de la Nación, Celtia), Ciudad sobre el Támesis (1988, Premio Fondo Nacional de las Artes, Legasa) y Parque de animales (Catálogos, 1998). Obtuvo además el Premio Fundación Salomón Wapnir, el Tercer Premio Nacional de Narrativa y el Premio Trayectoria del Honorable Concejo Deliberante de La Plata. Sus cuentos han sido incluidos en prestigiosas antologías publicadas en Argentina, Alemania, Estados Unidos y México, países en los que su obra ha sido objeto de estudio. Sus cuentos de atmósferas tenues, ámbitos privados, universos femeninos, exploran los espacios de confluencia entre lo real y lo fantástico, incorporan elementos trágicos de nuestra historia, y construyen mundos sutiles donde los desplazamientos entre los diversos planos de la experiencia se vuelven imperceptibles.

Ella dijo:
…el momento que la gente suele llamar éxito está en la elaboración de la obra; ahí está todo. Lo demás se da o no, pero ahí tienen lugar los momentos más felices, y, también, los más desesperantes si no se encuentran los recursos necesarios para seguir... En términos generales más que de felicidad podríamos hablar de plenitud: El momento pleno es cuando uno escribe. Por eso, si me tengo que quedar con algo, me quedo con el momento de la elaboración, porque ese hecho de trabajar la obra da expectativa y eso es ganas de vivir, futuro... Llega un punto en el trabajo narrativo en el que paro y miro que pasó hasta ese momento y ahí, cuando ya está algo avanzada la narración, el texto solo indica cómo debe ser seguido y casi te diría también cómo debe ser terminado. Pero uno de los problemas técnicos es siempre para mí quien va a narrar ese cuento…Por eso el punto de vista para mí es fundamental ya antes de poner la primera palabra. …creo que nadie puede permanecer ajeno a lo que pasa en el país, todo lo que pasa a tu alrededor pasa en tu vida también. Todos los hechos de un país influyen en la vida de cada uno de los ciudadanos, de los pobladores de ese país... y pasa que en la obra de creación toda esa situación se escurre y sale a la luz, no puede no salir… Fragmentos de un reportaje hecho en 1999 por Marcello Marcolini, quien fue amigo de Amalia Jamilis, modera una página web sobre la escritora y es autor de la fotografía que ilustra esta columna

Se dijo de ella:
Elvio Gandolfo, Guillermo Saavedra y Enrique Butti (quien le rinde velado homenaje en su novela El novio), entre otros, la consideran uno de los puntos más altos de la narrativa de nuestro país, una cuentista tan extraordinaria como poco difundida hoy.... frente al sabor complaciente pero efímero de tantos relatos actuales, el pulso literario de A. Jamilis, en el cual magia y belleza se entremezclan, recuerda que la autora es una de las grandes escritoras argentinas. María Esther de Miguel

Después del cine
El hombre muerto tomaba café vestido con un pantalón brillante y un saco de alamares. La mujer se levantó de la cama y con un dedo enguantado le señaló algo que había adentro de la taza. El hombre miró sonriendo; mientras sonreía la mujer abrió su cartera, sacó un revólver y lo mató. El hombre se desplomó hacia atrás con mucho ruido y estaba muerto, ya no volvería a tomar café nunca más. La mujer se puso un tapado de piel, como hacía Olimpia en invierno y un sombrero altísimo, le dio al muerto un beso en la boca y salió a la calle.
Misa terminó de comer el pop choclo y se dio cuenta de que Victoria no estaba; a lo mejor había ido hasta el baño, porque siempre que iba al cine con Victoria, ella se levantaba una o dos veces para ir al baño.Algunos asientos más allá, un hombre y una mujer viejos abrían paquetes de caramelos. A su lado una rubia bajita miraba la película y se comía las uñas.
Ahora un vigilante con una estrella de plata arrastraba a la mujer del tapado de piel, ella se retorcía y echaba espuma por la boca. Sonaban los silbatos y se encendían linternas, la mujer conseguía escaparse y llegaba hasta una estación blanca de nieve en el momento en que avanzaba un tren. La mujer se arrojaba a las vías, había luces, sombras y más nieve y el tren la partía en mil pedazos.A su lado la rubia se sonó fuertemente la nariz. La gente empezaba a levantarse y a ponerse los abrigos. Misa salió última y fue al baño, pero Victoria no estaba; tampoco estaba en el vestíbulo. Al llegar a la esquina se dio cuenta de que era una noche muy oscura. A mitad de cuadra habían quedado las luces del cine y las voces; de pronto se encontraba caminando pegada a la pared, siguiendo a un hombre y a una mujer que ahora, detenidos y dados vuelta hacia ella, eran el hombre y la mujer viejos del cine que comían caramelos.
—Hola —dijo el hombre—. Una nena sola.
—Los chicos no deben andar solos de noche —dictaminó la mujer.
Recién entonces Misa reparó en que eran realmente muy viejos, más de lo que ella había visto nunca. Se apretó contra la pared y se cubrió la cara con las manos.
—No te asustes, nena —dijo el hombre, acariciándole la cabeza—.
Sólo queremos que vuelvas a casa, es muy tarde para una chica sola.
—Además hace frío. Augusto, esta nena va desabrigada.
—Y no sólo por el frío —siguió diciendo el hombre—. De noche nunca se sabe con qué cosa va a encontrarse una chica por las esquinas, sin contar a los murciélagos. Me acuerdo que cuando muchacho los murciélagos me asustaban horriblemente. Y eso que nunca fui lo que se dice un cobarde, Magdalena. Pero esta chica está asustada. Sacate las manos de la cara, hijita, y decinos cómo te llamas.
—Siempre sostuve, Augusto, que en el fondo eras un hombre sin corazón. Cómo puede ser que no me permitas recordar a mi propia hija.
—Te hace mal, Magdalena. Después te dan jaquecas. Acordate las que tuviste el año pasado. Te dieron seguido durante seis meses, por lo menos.
—Teté tendría treinta y dos años —dijo la mujer, tomando de la mano a Misa—. Me acuerdo de ella como si fuera hoy.
—No quiero contradecirte, Magdalena —dijo el hombre—, pero no es sano lo que hiciste. Conservar sus cosas, su cuarto, todos estos años.
—Era una manera de que Teté siguiera entre nosotros. Y ahora esta chica.
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En Después del cine, Amalia Jamilis se adelanta a su época. Escrito poco antes de la dictadura militar del ’76, puede leerse hoy como una parábola sobre la sustracción de niños nacidos en cautiverio. Aquí un fragmento.
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jueves 31 de julio de 2008

Paula Wajsman - La vida de la materia es infinita

a Andrea Sverdlick y Jorge Naparstek
que me acercaron libros, poemas,
fotos, una carta...
En 1991 descubrí su Informe de París y la ingresé para siempre a mi colección de narradoras. Este año decidí subir esa colección a mi página web y entonces – porque todo está hecho de azar y necesidad, como ha dicho hace siglos Democrito de Abdera- algunas personas me escribieron para agradecerme que la hubiera incluido, me acercaron información sobre ella, me ofrecieron un libro, me prestaron una carta…


PAULA WAJSMAN
Nació en San Juan, el 26 de agosto de 1939. Hija menor de una familia de inmigrantes polacos, a los cuatro años –después del terremoto- se trasladó con los suyos a Buenos Aires. Estudió psicología, practicó el psicoanálisis, la traducción y la investigación social. Vivió en Francia y en USA. Amiga y consejera de Manuel Puig y vinculada afectivamente a Osvaldo Lamborghini, publicó en 1990 la novela Informe de París*, en Ediciones de la Flor, considerada por, entre otros, Elsa Drucaroff y Angélica Gorodischer
como una de las escrituras más interesantes de la década. Murió de cáncer en 1995, dejando una novela inédita –Punto atrás-, dos libros de poesía y cerca de sesenta cuadernos manuscritos con poemas, relatos de viajes y un libro de cuentos titulado Crónicas e infundios**, dedicado a “mi deliciosa amiga María Rosa Moré, la lectora más constante que tuve”, del que en septiembre de 1999 se hizo una edición sin sello editorial de 400 ejemplares. Desde entonces sus textos son casi inhallables y su nombre circula como el de una escritora intensa y secreta.

Una viñeta costumbrista

Pertenezco al pueblo de los memoriosos.
Cuando uno de nosotros mata, todos velamos. No velamos al muerto sino al asesino. Así es costumbre entre nosotros.
Debemos aceptar que nos ruegue perdón, pero nos repugna concederlo. El tiene lástima por la infamia del espejo que nos impone. Enfrentar su visión nos cegaría de horror y de vergüenza, pero se nos prohíbe olvidarlo.
El reo es representado por un paño negro que nos chupa los ojos. Mirándolo, pensamos.
El paño lustroso cuelga de una de las paredes de un excusado en el que todos –hombres y mujeres por igual- permanecemos juntos un día y una noche. Evitamos mirarnos, y callamos. Quien necesita descargar sus tripas, lo hace al lado de los otros, sin interrumpir la meditación que nos une. Los vahos de dolor son más fuertes que cualquier pestilencia.

Sueño I

Un sapo gigantesco con ojos como piedras talladas; cada cara, una boca. El sapo traga insectos y le salen por los ojos: en cada faceta, un bicho movedizo.
Visión de reducidor de cabezas. Mundos diminutos de zoco, mercado, tienda de saldos. Bichos entran y salen. La vida de la materia es infinita, vertiginosa.
Por la calle de la herrería del rey desfilan personajes vestidos de terciopelo borravino. En la taberna de mesas cepilladas se elevan los vasos y los hombres se balancean cantando. Las colegialas ríen; a horcajadas sobre el tonel que mancha sus entrepiernas de rojo oscuro, olvidan la clausura solitaria de la niña. Que la vida colorada entre y salga por todos los agujeros, que el color descubra las piernas desnudas bajo el organdí.
Ella dijo:
No quiero hacer misterios: estoy enferma, tengo “unos meses” de vida. No sé cuántos. De ahí que me haya vuelto una especie de punk (“No future, man”). (…) Por favor no tengas pena por mí: estoy viviendo, a pesar de todo, una de las épocas más felices y fecundas de mi vida, aunque lo sea en un aspecto muy restringido, ya que no laburo –tengo plata para vivir también “unos meses”- y me dedico casi exclusivamente a escribir.)

… me interesa también este intercambio epistolar-literario. Mandame más escritos. La próxima espero poder mandarte, si querés, algún cuento de la selva; la semana pasada escribí dos con el mismo escenario: uno todo sensaciones y alegría, el otro una aventura casi policial, aunque imbricada con la literatura, así que podés elegir. Me animaría a enviarte cosas tan recientes porque ahora corrijo mucho pero seguido: ya no necesito años para percibir qué falla.*

Se dijo de ella:
Ninguna literatura puede disolver la escena en el relato hasta el punto de hacerla desaparecer, ni describir momentos sin, de alguna manera, relatar; pero siempre se opta. Y las distintas maneras de elegir la turbia luz del instante, contra la insistencia de las coherencias conocidas de la cadena de las acciones, son parte también de la definición de diferentes tipos de escritura.
Ejemplos: de un lado las escenas de El niño proletario, o de Sebregondi retrocede, de Osvaldo Lamborghini, y del otro las de estos cuentos. Se parecen, todas las primeras y casi todas las segundas, en la condición generadora y abarcativa de su ruptura con cualquier moral del relato.
Oscar Steimberg.
Del prólogo a Crónicas e infundios.

* Informe de París. Ediciones de la Flor, Buenos Aires, 1990.
** Crónicas e infundios. Edición de 400 ejemplares, sin datos editoriales. Buenos Aires, 1999.
*** Fragmentos de una carta al poeta Jorge Naparstek, con fecha doce de julio de lo que suponemos es el año de su muerte, en los que pueden verse algunos aspectos de su búsqueda estética.
Más sobre Paula Wajsman en http://www.teresaandruetto.com.ar/narradoras.htm
Jueves 31 de julio de 2008
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La columna
Ésta es la primera entrega de la columna de María Teresa Andruetto, que será publicada una vez por mes en el suplemento Cultura de La Voz del Interior . En ellas, la autora presentará a narradoras poco difundidas, cuya obra merece ser leída y rescatada del olvido. Andruetto es narradora y poeta. Ha publicado, entre otros títulos, Tama, Todo movimiento es cacería, La mujer en cuestión, Kodak, Stefano.