IRMA VEROLÍN

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La disyuntiva en arte es siempre qué se mantiene y qué se innova y en esa línea delgada nos movemos, dice esta escritora en cuya obra la voz narrativa, siempre eficaz y conmovedora, es una voz impregnada por la melancolía. Las pérdidas familiares, el sentimiento de orfandad no ya solo como tema sino como una espiritualidad que se instala, construyen su sello de agua, junto a un tono que ella vincula con el ritmo de la respiración corporal. Sus novelas y cuentos giran en torno a núcleos emotivos inasibles, que dificultan o impiden a sus personajes el paso al acto y en sus relatos siempre íntimos, ingresan como un mar de fondo, las grandes cuestiones sociales. Así, lo ambiguo, lo elusivo es el camino para entrar en vidas que parecen condenadas al desamor, con un lirismo que pone distancia del lugar común, del ripio, del grito y de la risa, para que nada sobresalga ni desentone, para que el narrar fluya sin intermitencias, vaya acunado en su propia cadencia hacia lo que late misterioso, insondable.


IRMA VEROLÍN
Nació en 1953 en Buenos Aires, donde reside. Obtuvo los premios Emecé, Fondo Nacional de las Artes, Encuentro de escritores patagónicos, Municipal Eduardo Mallea, Internacional Horacio Silvestre Quiroga e Internacional de Puerto Rico Fundación Luis Palés Matos y fue finalista de los premios Planeta Argentina de novela, Premio Fortabat y Premio Novela del diario La Nación. Publicó los libros de cuentos Hay una nena que gira (Torres Agüero, 1988), La escalera del patio gris (Ediciones Último Reino,1997), Una luz que encandila (Premio Ciudad de El Colorado, Formosa, 2010), Una foto de Einstein tocando el violín  (Ediciones EM), Bs. As. 2012 (Primer Premio IX Concurso Nacional Macedonio Fernández  de narrativa) y las novelas El puño del tiempo  (Emecé, 1994) y  El camino de los viajeros (Primer Premio Mercosur de Novela 1997, Editorial UNL, Santa Fe 2012), y para niños y jóvenes La gata sobre el teclado (Aguilar/ Alfaguara,  1997),  La lluvia sobre el mundo (El Ateneo, 1998), La fantástica familia Fursatti (Métodos, 1989),  El misterio del loro  (Braga,1993) y La casa del cedro azul (con Olga Monkman, Métodos, 1992), entre otros. Ha escrito también  la novela La mujer invisible, con la que obtuvo el Premio Eduardo Mallea, que permanece inédita. Es Maestra de Reiki, autora de ensayos literarios y de trabajos sobre autoconocimiento, apertura de la conciencia y calidad de vida.

Se dijo de ella:
Irma Verolín ha escrito un contratexto que es el habla y la escritura de las mujeres… Ella ha revisado su propia vida y se puso el espejo de las vidas de todas las mujeres de su historia personal. Y para hacer esto, naturalmente, se necesita audacia. Libertad Demitrópulos. Presentación de Hay una nena que gira, Liberarte. Buenos Aires, 1988.
La literatura de Irma Verolín camina por el filo preciso de un cuchillo que separa la realidad de la ficción. El uso de la primera persona –frecuente en su universo literario- convence al lector para pactar con la magia de la historia narrada, y lo instala en el centro de los acontecimientos. Enrique Solinas. http://elincendio.blogspot.com/

Ella dijo:
Me crié en un barrio, Floresta, en el que la cultura no era muy cotidiana. Pero yo tenía una tía actriz que apareció en medio de esa especie de suburbio y vino de no sé dónde y me llevó al teatro. Y de golpe como las mujeres del tango, aparecí en el centro de Buenos Aires entre los bastidores del teatro San Martín. Los primeros textos que percibí fueron textos que me llegaron oralmente, los grandes textos: Lorca, Chejov, Ibsen y mucho del grotesco criollo. Toda esa lírica del gran teatro yo la mezclaba con el barrio, la señora con ruleros. Entrevista con Canela. Centro Cultural Recoleta, 1 de octubre de 1994.

La palabra tradicionalmente está peleada con el camino espiritual porque la experiencia espiritual no se puede  traducir mediante el lenguaje, es como afirmaban los místicos medievales, intransferible….He ido y venido desde la palabra al silencio y viceversa montones de veces. .. El camino espiritual, además de modificar mi visión del mundo, me replantea constantemente el valor de la palabra en una sociedad donde la palabra se malgasta y se vende muy barata...  Diciembre 2010. Teleconferencia con Dr. Rebecca Ulland /University in Marquette, Michigan, U.S.A

     
 El camino de los viajeros Fragmento. 
A veces pienso que viajábamos no para escapar de esos días chatos ni para vivir en la transitoriedad sino porque sinceramente creíamos que existía el final del camino. O al menos una parte de nosotros conservaba la ilusión de que sobre esta tierra había un lugar que equivalía al Paraíso. Es factible que alguna memoria ancestral nos empujara a emprender ese trayecto hacia la cuenca vacía, hacia ese sitio sin nombre que buscábamos afanosamente cuando mirábamos un mapa. Los puntos rojos de las ciudades no nos llamaban la atención ni nos incitaban a mirar por detrás queriendo averiguar si, en el reverso o más allá del reverso, se replegaba ese final que adivinábamos de una manera confusa. Entonces desplegar el mapa indicaba el principio de la búsqueda de un tesoro. Y las islas perdidas eran un punto infinitesimal, tan liliputiense que nuestros ojos ávidos sólo descubrirían luego de trasladar el esquema del mapa al escenario del mundo. Ese pasaje obligado de descifrar primero un mapa para después constatar su veracidad llevando el cuerpo por el mundo, me retrotrajo en varias ocasiones al pizarrón negro de la escuela secundaria. Las fórmulas algebraicas eran ininteligibles, pero la monja, que se había recibido con honores de profesora de matemáticas en Italia, insistía en su futura aplicación y nos juraba y perjuraba su incuestionable practicidad. Alguna vez nos había dicho que esas equis y esas íes griegas seguidas de tanto número absurdo bastaban para medir el tamaño de una montaña. Me costaba aceptar aquello; en el fondo nunca le creí a la monja, que terminó regresando a Italia porque una carraspera fue seguida por una intensa tos y luego por una neumonía. En el fondo yo pensé que era un castigo por decir tantas mentiras. La misma perplejidad sentía yo cuando, no bien llegábamos a algún sitio, Marcos, sonriente, desplegaba una vez más el ajado mapa y señalaba con su dedo aquel intento de restringir el mundo a la chatura geométrica, a un declive de líneas celestes y ondulantes o a una cantidad de puntos rojos. Repentinamente me acordaba de la monja y la imaginaba en un monasterio tosiendo y tosiendo, penosamente, sin cesar. En el extremo superior derecho, el ajado mapa que Marcos desplegaba y plegaba como las velas de un barco, tenía el dibujo de una veleta. Los cuatro puntos cardinales eran cuatro extremos que nos hundían en la angustia. Hacia dónde ir. ¿Hacia el calor?, ¿hacia el frío?, ¿hacia el océano o la selva? La línea firme que separaba una nación de otra me despertaba temblores. Los guiones que marcaban el final y el principio de una provincia me retrotraían a las conocidas entonaciones y a los chistes del lugar. Jamás podía pensar en un árbol, en un clima o en un paisaje. Tantas veces sentí lo mismo que tuve que aceptar que allí estaba mi sello de la ciudad. Veía sólo construcciones, espacios demarcados, fechas y nombres. Nada que estuviese vivo se adelantaba en mí al contemplar el mapa. Todo era cultura ante mis ojos anticipados, no adivinaba ni siquiera lejanamente a la naturaleza. Así que se me ocurrió especular que tal vez eso me impedía ver el monte como era en realidad: un espacio entregado enteramente a las leyes de lo natural. Quizá la prueba o el desafío mayor había sido tener que entreverarme en ese código inusitado. También —no era nada improbable— mi rechazo al agua explicaba mis incomprensiones. Una vez uno de los hombres que solíamos levantar en la ruta, un buceador submarino, nos aseguró con un tono de voz sentenciosa, que la gente que rehúye el agua es gente que no ama la vida. De más está decir que no volví a dirigirle la palabra en todo el viaje, y sólo lo hice en el momento en que descendió del coche y nada más que para indicarle que cerrara bien la puerta. Si el monte se me presentaba como un garabato se debía a que miraba con ojos de ciudad aquello que exigía un enfoque nuevo. Me hubiera gustado arrancarme los ojos para entrar en el monte, arrancármelos en todos los sentidos de la palabra, lo que no hubiese sido más que un gesto absolutamente literario que hubiera acusado mi profunda ligazón a la cultura, a ese repertorio conocido de saberes que se reiteran una y otra vez con voces y formas. Lo natural, al menos en el monte, tiene más de sorpresa que de repetición y al parecer yo no estaba dispuesta a aceptarlo, por eso insistía en no comprender. Con el tiempo llegué a establecer alguna relación entre los arranques furibundos por viajar y nuestra vida de todos los días. Cuando yo lograba aceptar que me encontraba situada a medio camino entre mi alma y mi cuerpo, sentía el impulso loco de hablar de un viaje. Por lo general trataba de olvidar ese desencaje mío, esa constante necesidad de quitarme el cuerpo de encima recurriendo al vestido oloroso que colaboraba malamente. Por entonces mi única estratagema conocida para sacudirme el alma del cuerpo era viajar. Tenía el total convencimiento de que los viajes me daban esa sensación única de que mi cuerpo y mi alma se separaban. Así lograba ser sólo cuerpo, al menos por un rato.





1 comentarios:

  • 26 septiembre, 2013 12:28
    Anónimo says:

    Qué grato momento de lectura!. Gracias.
    Belkys Sorbellini-
    Santa Fe-
    Poeta

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