Andrea Rabih - Los corredores del cuerpo

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Era una gran lectora, y desde adolescente tuvo el deseo de escribir. Alternaba su tiempo entre las clases de español y la escritura. En los últimos años estaba muy definida en su rol de escritora, había empezado a dictar talleres y la mayor parte del tiempo la dedicaba a trabajar sistemáticamente en sus relatos. Tenía amigos escritores: Hugo Correa Luna y Aníbal Jarkowski, con quienes trabajó algunos cuentos de Cera Negra y la novela aún inédita La sonrisa imperial, Rubén Mira, Gabriela Lifshitz, Liliana Heer, Carlos Gamerro…

ANDREA RABIH
Nació en Buenos Aires el 11 de mayo de 1967. Estudió letras en la Universidad Nacional de Buenos Aires, donde también se desempeñó como docente de español para extranjeros. En 1991 sus cuentos La diferencia y Claramente dormida obtuvieron el Primer Premio en la Bienal de Arte Joven y en 1994 El polaquito obtuvo la primera mención en el Concurso de Cuento Eva Perón. Varios de sus cuentos fueron publicados en la revista Con V de Vian. Publicó Cera Negra (Simurg, 2000), que la crítica saludó como el nacimiento de una narradora excepcional. Casada, con un niño pequeño, Andrea Rabih murió de un melanoma el 10 de noviembre de 2001. Dejó sin publicar un libro de cuentos y dos novelas cortas: El anhelo y La sonrisa imperial. En este momento se encuentra en construcción una página web y la edición de su obra inédita al cuidado de sus familiares y el escritor Carlos Gamerro.

Ella dijo:
Siempre me encantó leer ficción, pero por una mezcla de indecisión vocacional y mandato familiar a los dieciocho años empecé a estudiar Medicina con la intención de ser psicoanalista. Era el camino de mi padre. Tenía dos compañeros brillantes y apasionados y el contraste me permitió ver que a mí no me pasaba lo mismo. Paralelamente, empecé un taller literario y ese espacio fue clave, decisivo. Fue entonces cuando cambié de carrera y empecé Letras. Lamentablemente, la institución no estimuló la escritura, pero le agradezco el acceso a ciertas lecturas maravillosas y algunos conocimientos de Lingüística y Teoría Literaria. Escribo en mi casa, con una computadora portátil que me encanta y cuyos mecanismos secretos respeto profundamente. Antes escribía de noche, pero ahora prefiero la luz del día: la mañana me encanta. En general, escribo cuando tengo un mínimo plan de acción, la primera frase o el tono del relato. Revista Con V de Vian
Se dijo de ella:
Andrea Rabih tiene el don de utilizar el látigo, que obsesiona a todo escritor, para exhibir lo tortuoso diáfanamente: perfora transparencia, crea vértices inquietantes, multiplica las aristas de lo posible. Podría afirmar: estamos ante una narradora que desnuda la otra escena (literaria, subjetiva, social, sexual), con amplio manejo de las diferencias; no me refiero solamente al nivel temático sino al tono, la voz de los personajes, ese hilo de plata que atraviesa la anécdota y confiere vida al texto. Uno a uno, los mitos del lugar común son expuestos y corroídos…(…)…las historias reunidas en Cera negra son historias de suspenso; el lector no puede llegar a prever el desenlace, así como no podría llegar a prever el desenlace de un cuento de Salinger. Liliana Heer. Presentación de Cera Negra.
Las protagonistas de Cera negra, es cierto, son mujeres, pero mujeres que se enfrentan con la realidad y con su ridículo con una mirada atónita, cercana al absurdo, en que sobresalen los hombres y su probable inutilidad, la risa, la melancolía y las epifanías paradójicas… (…)…La prosa es rápida, directa, condensada, sin rodeos. Pero lo que más llama la atención es la pulseada permanente que Rabih entabla con el lenguaje coloquial y su interesante uso de diálogos sin estilización. Su confianza en que detrás de las palabras de todos los días, en su verborragia y en sus intersticios, el lector podrá descubrir el eterno ridículo de los dramas íntimos y de las contradicciones cotidianas. Pedro B. Rey. La Nación.
Los relatos de Rabih, prestan atención a aquello que por cercano o por real nos resulta invisible. Todos sabemos que estamos solos, sin embargo, cuando abrimos el libro de Rabih, y comenzamos a leerlo, experimentamos un curioso sentimiento, sus historias corroboran nuestra soledad al tiempo que nos confirman que el patetismo, la vergüenza, las ganas de llorar, la venganza, son las inesperadas maneras en que estamos juntos todo el tiempo sin darnos cuenta. Anibal Jarkowsky. Contratapa de Cera negra

Claramente dormidaUn sabor a vómito le inundó el paladar. Abrió los ojos: el cuerpo penetrado por el colchón. Sin mover el cuello pudo ver la hora. Eran las siete. Entonces fue acordándose: estaba en el departamento nuevo, los colchones estaban separados. En el otro colchón había alguien. Ella podía percibir su respiración: tranquila, respiración de sueño pesado, no peligrosa. Recorrió la boca con la lengua, el gusto amargo seguía ahí, como el cuerpo de él que todavía se le venía encima. El cuerpo menudo, nervioso, se retorcía en toda su superficie. Se acordó con asco de que la cabeza de él apenas llegaba a su cuello. Besarse y coger al mismo tiempo resultaba difícil. ¿Cómo sacarse ese cuerpito de encima? Cuerpo de lombriz, pensó. Si no se despierta, no habla. No existe. Volvió a dormirse.
Las diez de la mañana. El otro colchón era bien nítido esta vez. El estaba despierto, se estaba moviendo. Intentos de acercamiento. Como un enanito, enano de jardín, empezó a besarle el cuello colgado de su espalda. Besos de lengua. Pero ahora ella era la desmayada, el cuerpo quieto que no responde. La mujer, pensó, puede morirse con todo el cuerpo, puede decidir dejarlo inerte, seco. Eso hizo.
Besos de lengua. Pero ella está claramente dormida: no hay por qué hablar ni explicar nada. Sin embargo él le frota, duelen, los dedos en la espalda. ¿Signo erótico? Parece no entender. Así que ella debe mover la mandíbula: “Tengo mucho sueño. Voy a seguir durmiendo”, le dijo en voz baja. “Bueno”, le dijo él, mientras intentaba llegar con la lengua persistente al lóbulo derecho. Ella se imaginó qué pasaría si, de pronto, con todas sus fuerzas, lo empujara y lo estrellara contra la pared recién pintada de satinol blanco.
Él se levantó y se alejó. Ella lo sintió caminar, moverse por la casa. Escuchó el ruido de una persiana que se levantaba, pero era en la casa de al lado. La canilla del baño seguía goteando: regular, mecánico, fresco. Los otros objetos sonaban igual: en calma, adheridos al piso. Pensó en llamar, en preguntar “¿Pablo?”, pero si estaba, ella tendría que hablar, quería decir que lo tenía en cuenta o que recordaba su nombre o que él podría aparecer sonriendo en el dormitorio. Se incorporó en la cama. No se vistió: ella estaba sola, no había nadie en su casa. Se asomó por la puerta del dormitorio y espió por el pasillo que daba al living: la mesa desordenada, el cenicero asqueado y restos de ceniza en la alfombra. Pronto, pensó, ordenaría y limpiaría todo. Fue a la cocina y calentó café; sentía nuevamente la sensación agradable, perfecta, de las miradas múltiples que circulan cuando uno vive solo. Se sirvió el café y lo llevó al living. En la mesa había muchas cosas: restos de cerveza, la cerradura vieja que él había cambiado el día anterior, un papel escrito de punta a punta y cuatro cigarrillos sueltos. A ella se le habían acabado los chéster la noche anterior.
Agarró la hoja y la leyó. La letra linda, de imprenta, inclinada a la derecha. No había podido encender el calefón. Sonrió, tampoco ella iba a poder hacerlo. Casi no le importó eso de que la llamaría a la tarde porque se quedó leyendo varias veces el paréntesis del final que decía: “frente a este edificio, hacia la izquierda, se produce una sombra tridimensional”, es la sombra de este edificio a esta hora, pensó ella, “una sombra como tu cuerpo, en sombras, con náuseas, irremediablemente hermoso”.

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