La cercanía de la letra - Tununa Mercado

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Sensualidad, erotismo, escritura minuciosa y refinada como un bordado o un tapiz (arte que también practica), revelan a Tununa Mercado como una escritora que irrumpe con estilo, temática y obsesiones casi sin precedentes ni parentescos en nuestra narrativa, quizás porque -como dijo Daniel Freidenberg- sus afinidades y líneas de influencia entre sobre todo en los poetas y los pintores. Su obra se mueve entre el relato, la descripción, la autobiografía y el ensayo, y en todas sus formas el exilio y la memoria representan el núcleo de indagación fundamental. Imposible de encasillar como novelista, cuentista o ensayista, ofrece su escritura de gran solidez, originalidad y calidad literarias, como referente para la literatura argentina y latinoamericana contemporánea.

Hija de una escribana y un abogado criminalista, nació en Córdoba el 25 de diciembre de 1939, como Nilda Mercado, y se crió en el seno de una familia perteneciente a la burguesía ilustrada de esa provincia, en temprano contacto con libros y obras de arte. Estudió Letras en la Universidad Nacional de Córdoba, donde conoció al profesor e investigador Noé Jitrik, con quien se casó y tuvo dos hijos. En 1964 se trasladó con su familia a Buenos Aires, donde pronto formó parte del grupo de intelectuales integrado por el mismo Jitrik, César Fernández Moreno, Paco Urondo, Alberto Vanasco, Miguel Brascó y Juan Gelman. En 1966, de un modo casi se diría secreto, envía el libro de cuentos Celebrar a la mujer como a una pascua (Casa de las Américas, La Habana, 1967) al Premio Casa de las Américas, y obtiene Mención de honor. Poco más tarde, ante la mordaza que impone el onganiato, se va con su familia a Francia, gracias a una oferta que recibe su marido para enseñar en la universidad de Besancon y allí da cursos de historia y civilización de América latina. Es testigo de primera mano del mayo francés, al tiempo que pondera, desde lejos, el Cordobazo. En 1970 regresan a la Argentina y un año más tarde empieza a trabajar en el diario La Opinión, referente de la prensa progresista de la época. En 1973, luego del golpe de estado chileno, participa en acciones y comités de solidaridad con ese país y en 1974, mientras su marido viaja por trabajo a México, recibe amenazas de muerte de parte de la Triple A, motivo por el que decide exiliarse hasta el final de la dictadura. En México forma parte de una comisión de solidaridad con exiliados argentinos y se convierten, tanto ella como su marido, en referentes de la colonia de argentinos exiliados; trabaja como periodista free-lance, como miembro de la dirección colectiva de la revista feminista Fem y como encargada de prensa de la Dirección de Artes Plásticas del Instituto Nacional de Bellas Artes. En esos años escribe Canon de alcoba. En 1987, regresa definitivamente a Buenos Aires y comienza a publicar: Canon de alcoba (cuentos, Ada Korn, 1988/Seix Barral 2009), En estado de memoria (novela, Ada Korn, 1990/Alción 1998/Seix Barral 2010), La letra de lo mínimo (ensayos, Beatriz Viterbo, 1994), La madriguera (novela, Tusquets, 1996), Narrar después (ensayo, Beatriz Viterbo, 2003) y Yo nunca te prometí la eternidad (novela, Planeta, 2005). Obtuvo, por su escritura, la beca Guggenheim, el Premio Konex Diploma al Mérito en el rubro "Cuento: quinquenio 1999-2003", el Premio Boris Vian, por Canon de alcoba y el premio Sor Juana Inés de la Cruz por Yo nunca te prometí la eternidad.


Ella dijo:

Siempre tuve problemas para designar lo que yo hago. Las fronteras entre ficción y no ficción en mi escritura son muy lábiles. En el momento en que yo me comprometo con el texto, estoy haciendo ese trasvasamiento entre lo literario, lo histórico y lo personal. Yo no invento novelas de caballería. De todas maneras, creo que es muy diferente a las novelas históricas que hemos estado leyendo en Argentina en los últimos años. Entrevista de Pablo Gianera, La Nación, domingo 19 de junio de 2005.

Se dijo de ella:

Sedosa, consistente, morosa y a la vez tensa, la prosa de Tununa Mercado se parece mucho a la poesía: cualquier cosa, supone, aun la más abstracta o difusa, puede ser escrita si encuentra su ritmo y su tono. No faltan, en el fluir de esa corriente, las frases y las observaciones que emergen como la súbita condensación de una verdad, pero esto no parece responder a un saber previo sino a la capacidad de descubrimiento que la escritura suele tener cuando se la ejerce de un modo tan solitario e intransigente", Daniel Freidemberg. Revista Ñ, Clarín, domingo 7 de febrero de 1999.

Antieros

Comenzar por los cuartos. Barrer cuidadosamente con una escoba mojada el tapete (un balde con agua debe acom­pañar ese tránsito desde la recámara del fondo y por las otras recámaras hasta el final del pasillo). Recoger la basura una pri­mera vez al terminar la primera recámara y así sucesivamente con las otras. Regresar a la primera recámara, la del fondo, y quitar el polvo de los muebles con una franela húmeda pero no mojada. Sacudir sábanas y cobijas y tender la cama. La colcha debe cubrir la almohada, bajo la cual se pone el pijama o el camisón del durmiente. Poner en orden las sillas y otros ob­jetos que pudieran haber sido desplazados de su sitio la víspe­ra (siempre hay una víspera que "produce" una marca que hay que subsanar). Un primer recorrido habrá permitido rescatar vasos, tazas, botellas, ropa sucia, depositados sucesivamente en la cocina y el lavadero. Pasar al segundo cuarto que ya ha­brá sido barrido como los otros, el pasillo, y los baños que dan a él. Repetir allí las acciones llevadas a cabo en el anterior: sa­cudir el polvo, airear las sábanas y cobijas, tender la cama con las sábanas bien estiradas (el pliegue es un enemigo), alisar la almohada luego de esponjarla, entrar bien las sábanas y cobi­jas debajo del colchón; en el ángulo de cada uno de los pies, la ropa de cama debe ser entrada en dos etapas, primero ha­cia la derecha y luego hacia la izquierda y viceversa –depende del lado en cuestión– para formar un pico que se correspon­derá geométricamente con el ángulo. El estado óptimo: la ten­sión del lienzo debe ser como la de los bastidores del bordado. En el tercer cuarto predisponerse a tender una cama matrimonial; calcular por lo tanto los movimientos para eco­nomizar el máximo de tiempo posible. La operación de entrar la sábana de abajo y luego la segunda sábana debe hacerse, más allá de toda lógica, por separado; la astucia de plegarlas juntas produce un efecto que no deja dormir en toda la noche. La economía debe consistir, más bien, en agotar el mayor número de operaciones en un lado antes de pasar al otro. Una vez finalizada la etapa de la limpieza y arreglo de las recáma­ras echar un vistazo a cada una para ajustar cualquier detalle que hubiera podido ser dejado de lado; corregirlo; dejar apenas entreabiertas las persianas, la ventana entornada, las cortinas corridas. Gozar un instante, por turno, en el vano de la puer­ta de cada habitación, el quieto resplandor que segrega el in­terior en la semipenumbra. En los baños, tallar con pulidores especiales todo lo que sea mayólica y azulejos. Abrir la llave del agua caliente para lograr vapor, el mejor limpiador de es­pejos. Frotar y frotar hasta sacar brillo, aromatizar con pro­ductos especiales –nunca con el puro cloro, que despide olor a miseria–; reacomodar jabones, jaboneras, botellas de cham­pú, de acondicionadores, potes de crema y cosméticos, dejando fuera de los botiquines la menor cantidad de elementos. Doblar correctamente las toallas, combinando entre la de ba­ño y la de la cara, el color más afín. (Quien limpia no debe mirarse en el espejo.) Fregar el piso, verificar si falta papel, no dejar un solo pelo en ninguno de los artefactos del baño, ni siquiera en los peines y cepillos. Pasar luego a la sala. Recoger todo lo que esté tirado, barrer con un escobillón y pasar des­pués una franela con algún lustrador, solamente para rectifi­car el encerado (tarea que debe realizarse una vez por mes en forma total y que diariamente sólo admite un retoque); qui­tar con un plumero el polvo de los libros y de las hojas de las plantas (éstas también requieren una limpieza profunda cada diez o más días); reubicar, ordenar, meticulosamente dar cier­ta armonía a la disposición de los objetos sobre los estantes, los aparadores, los trinchantes, las vitrinas y todo el mobilia­rio; sacudir los cortinados, darles aire para que queden renovados, con una buena caída. Dar forma a los cojines, estirar perfectamente las alfombras y las carpetas; poner un gran cui­dado en regar las plantas sin desparramar agua. Quitar el pol­vo de los marcos de los cuadros; si hubiera una mancha sobre los vidrios rociarlos con un poquito de limpiador ad-hoc y pa­sar encima una gamuza seca; sacudir también los vanos de las puertas y ventanas, los alféizares, las alfarjías; con un cepillo sacar la tierra de las alforzas. Con un estropajo seco sacarle brillo al parquet. Si los cobres y platas estuvieran tristes darles una pasadita; si las caobas tuvieran la palidez de la depresión, levantarlas con un poco de lustrador. En el sillón más muelle, el de pana verde de preferencia, tenderse unos instantes con un pequeño cojín en el cuello y, desde ese lugar, entregarse a la visión de un espacio deslumbrante, con las cor­tinas a medio cerrar y las ventanas abiertas que dejan pasar, por entre las plantas y los linos, una brisa llena de aromas. En­tretanto habráse puesto en el fuego a hervir un agua, no cual­quier agua, sino la justa y necesaria para echar los huesos del puerco con algunas verduras pertinentes: cebollas de verdeo, hinojos, apio, culantro, tomillo, laurel y mejorana: esta agua hierve a olla y puerta cerrada, lejos de esa atmósfera pura de limpieza que exalta los sentidos en la sala, a mediados del día, cuando la gente se esmera en sus oficinas o se desespera en sus automóviles yendo a las citas de negocios. La brisa ondea el voile pero apenas consigue mover las cortinas, anudadas con un cordón dorado a cada lado del ventanal, en bandeaux. Sa­carse los zapatos para sentir la frescura cálida del terciopelo. Llevar la mano derecha suavemente desde la pantorrilla hasta el muslo y acariciarla, confirmando que esa piel puede perfec­tamente competir con la pana; no subir más arriba la mano; desprenderse la blusa y dejar unos momentos los pechos al ai­re, erguirse y, con la mano en jarras, mirarse el perfil en el es­pejo del fondo de la vitrina, por entremedio de las copas de cristal. Salir de la sala y, previamente, cerrar la camisa, aboto­narla y reacomodar los pliegues de la falda bajo el delantal. Entrar en la cocina, humeante por los huesos que hierven a todo vapor en la olla y cuyo destino es sólo convertirse en ba­se para algún otro manjar. Echar el polvo detergente en un re­cipiente de plástico, el que se usa de costumbre, y hacer una mezcla espumosa con agua caliente; lavar los trastos del desa­yuno: tazas, jarritas, cucharas, cuchillos, platos, todo lo que hubiese sido retirado de la mesa y acumulado en la pileta. Pensar una vez más, como todos los días, que es una lástima no poder usar guantes de hule, aceptando, por consiguiente, el deterioro que los detergentes producen en la piel (hongos incluidos); usar las fibras que el objeto requiera: zacate, lana de aluminio o simplemente esponja. No dejar el trapito que se usa para secar la mesada colgado del mezclador de agua; no queda bien en el orden de la cocina. Limpiar las hornallas, raspar, pulir, frotar hasta dejar todo como un espejo. Sobre los azulejos, pasar un trapo con limpiador en polvo; ir acumulando la basura en un bote pequeño, que después será volcada en el mayor, debidamente protegido con una bolsa grande de plástico o con un forro de papel de diario confeccionado a esos efectos. Pasar el trapo por el piso; una y dos veces, escu­rriendo y chaguándolo cada vez. Ordenar, sobre todo ordenar; guardar en los armarios todo lo que esté afuera; reacomodar las cosas en el refrigerador. Saber, por ejemplo, que una beren­jena, como en el viejo cuento, puede estar arrinconada en el fondo, como bola de toro de exportación; que las zanahorias pueden tener un destino fálico, arrojadas a la puerta de un lu­panar y recubiertas de un opaco preservativo; que los pepinos pueden servir a la muchacha de las historias inmorales en sus ceremonias narcisistas; que el hongo más lúbrico no puede compararse con la morilla que el profesor de lingüística fran­co ruso le propuso a su colega franco alemana en una sesión amorosa vegetal; que las verduras y las frutas —salsifíes, nabos, mangos paraíso y petacones, semillas de mamey, chiles an­chos, pasillas y mulatos, chilacayotes y chayotes, pitayas y camotes— pueden ser el contenido secreto de la valija del viajante que anda de pueblo en pueblo ofreciéndose para ciertas prácticas que responden a vicios particulares.

Saber todo esto, mientras la olla echa humos que ascien­den al tuérdano, aunque ese tuérdano haya sido reemplazado por una enorme campana con luces y tragaires que le chupan la conciencia a los alimentos. Después arremeter con la cebo­lla, la reina, picarla pertinazmente desde arriba e ir logrando los pedazos más diminutos con ese sistema que, por milagro, puede hasta hacerla desaparecer bajo la hoja del cuchillo; rehogarla en el fuego lentamente, dejando apenas que se dore. Sobre esa base construir el gran edificio, con la carne dejada en pesadumbre durante noche y día, los jitomates, los ajos quemados hasta la extenuación para extraerles toda el alma, la sustancia hecha papilla (¿por qué los ajos tienen que desapa­recer? ¿por qué?), las hierbas, ajedrea predominante, y la copi­ta que se bebe a medida que con ella y otra y otra se alimenta el cuerpo receptivo de la carne por impregnación, macera­ción, "mijotage". El tiempo transcurre agigantando los granos del arroz, creando espumas suplementarias en la superficie del caldo, dejándose invadir por los olores de las hierbas cada vez más despojadas de su esencia, meros tallos, escasas nervaduras que intentan sobrevivir al máximo de sí que se les exprime. Nadie, ningún extraño puede irrumpir en esta sesión en la que todo se hace por hábito pero en la que cada detalle em­pieza de pronto a cobrar un sentido muy peculiar, de objeto en sí, de objeto que se dota de una existencia propia, para no decir prodigiosa. El aceite cubre la superficie de los aguacates pelados, resbala por su piel y se chorrea sobre el plato; el ajo expulsado de su piel con el canto del cuchillo deja aparecer una materia larval; la sangre brota de la carne y, correlativamente, produce una segregación salival en la boca; el limón despide sus jugos apretado por los dedos; la piel de los garban­zos se desliza entre los dedos y el grano sale despedido sobre la fuente; la leche se espesa en la harina de la salsa; el huevo sale de su cáscara y deja ver su galladura; la pasta amasada en forma de cilindro se estira sobre la mesa y rueda bajo la pal­ma de la mano; al calamar le salta, por acción de los dedos, una uña transparente de su mero centro; a la sardina le brota un pececito del vientre; la lechuga expulsa su cogollo. Volver a desabotonarse la blusa y dejar los pechos al aire y, sin mu­chos preámbulos, como si se frotara con alguna esencia una endivia o se sobara con algún aliño el belfo de un ternero, cu­brir con un poquito de aceite los pezones erectos, rodear con la punta del índice la aureola y masajear levemente cada uno de los pechos, sin restablecer diferencias entre los reinos, mez­clando incluso las especies y las especias por puro afán de ve­rificación, porque en una de esas a los pezones no les viene bien el eneldo, pero sí la salvia. Dejar que los fuegos ardan, que las marmitas borboteen sus aguas y sus jugos y que la campana del tuérdano absorba como un torbellino los vahos. Apagar y, en el silencio, percibir con absoluta nitidez el ruido de la transformación de la materia. Rememorar que adentro, todo está listo, que no hay nada que censurar, que en cada si­tio por el que pasaron las escobas y los escobillones, las jergas y los estropajos, todo ha quedado reluciente, invitando al reposo y a la quietud del mediodía; confirmarse también, y una vez más que, salvo algún proveedor a quien no hay que abrirle, nadie vendrá a interrumpir la sesión hasta casi las cuatro de la tarde. Poner, no obstante, el pestillo de seguridad en la puerta; quitarse lisa y llanamente la blusa y, después, la falda. Quedarse sólo con el delantal, mientras, con diferentes cucha­ras, probar una y otra vez, de una olla y la otra, los sabores, rectificándolos, dándoles más cuerpo, volviendo más denso su sentido particular. Con el mismo aceite con que se ha freído algunas de las tantas comidas que ahora bullen lentamente en sus fuegos, untarse la curva de las nalgas, las piernas, las pan­torrillas, los tobillos; agacharse y ponerse de pie con la preste­za de alguien acostumbrado a gimnasias domésticas. Reducir aún más los fuegos, casi hasta la extinción y, como vestal, pa­rarse en medio de la cocina y considerar ese espacio como un anfiteatro; añorar la alcoba, el interior, el recinto cerrado, prohibidos por estar prisioneros del orden que se ha instaurado unas horas antes. Untarse todo el cuerpo con mayor meti­culosidad, hendiduras de diferentes profundidades y carácter, depresiones y salientes; girar, doblarse, buscar la armonía de los movimientos, oler la oliva y el comino, el caraway y el curry, las mezclas que la piel ha terminado por absorber trastornando los sentidos y transformando en danza los pasos cada vez más cadenciosos y dejarse invadir por la culminación en medio de sudores y fragancias.

http://www.lamaquinadeltiempo.com/contempo/mercado1.html

Para leer la nota en el diario La Capital de Rosario hacer click acá

9 comentarios to “La cercanía de la letra - Tununa Mercado”

  • 14 marzo, 2011 23:20
    Anama says:

    ¡Qué maravilla! Impecable la escritura, envolvente el crescendo, finísima la observación del personaje.
    Gracias, Teresita, por ponernos en contacto con tan magnífica narradora argentina.
    Abrazos.

  • 16 marzo, 2011 13:15

    Una impresionante escritora. Los relatos de Canon de alcoba, o los de su primer libro -reeditado hace poco, con algunos textos más "recuperados"- son muy pero muy buenos.
    Al igual que En estado de memoria (donde hay autobiografía, angustia, sensibles reflexiones... tensión y tesón narrativos... pero también humor); y, por supuesto, la gran novela Yo nunca te prometí la eternidad.

    Entre tanta literatura "convencional" que se lee, es imprescindible leer y difundir más a Tununa.

    saludos,
    DP

  • 21 marzo, 2011 16:54
    Helena says:

    ¡¡Que hermoso!! Es mi primera lectura de esta autora y me cautivó... ¡¡Gracias Ma. Teresa!!

  • 06 abril, 2011 10:04

    La primera vez que leí un cuento de Tununa fue en una antología "Mujeres Infieles." Me gustó aunque cruda hasta estremecer. Lo que leo en tu blog aporta humanidad a una gran escritora.
    Carmen

  • 22 mayo, 2011 14:13

    Enhorabuena por este magnífico blog y su propósito.
    Lo visitaré a menudo; y cada visita representará un nuevo aprendizaje.
    Cordiales saludos.

  • 24 mayo, 2011 17:19
    andrea guiu says:

    Excelente rescate de una de nuestras grandes escritoras. Su "Canon de alcoba" es una lección de narrativa erótica de altísimo nivel. Y "En estado de memoria" uno de los textos fundamentales de la literatura del exilio argentino. Saludos Teresa!

  • 30 mayo, 2011 09:00
    Sheila says:

    Necesario que usted, yo, y muchas otras, hagamos este tipo de llamada a la sociedad.

    EXISTIMOS, PASAMOS, SOMOS, ESTAMOS!

    Le animo a seguir mi blog: identidad, género y ciudadanía.

    http://identidadyciudadania.blogspot.com/

    Un saludo!

  • 21 junio, 2011 22:33
    Leo Mercado says:

    Tununa: Alguien imprescindible.
    Saludos

  • 24 abril, 2012 16:03
    Laura says:

    Ah... Tere, gracias por el momento!

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