Se dijo de ella:
Irma Verolín ha escrito un contratexto que es el habla y la escritura de las mujeres. Exige borrar el discurso prestado, a esta escritura hay que reconocerla, hay que desmenuzarla e integrarla a las voces altisonantes de los que restallan en la superficie social y de los que ya son dueños de la palabra y bajan línea. Ella ha revisado su propia vida y se puso el espejo de las vidas de todas las mujeres de su historia personal. Y para hacer esto, naturalmente, se necesita audacia. Libertad Demitrópulos. Presentación de Hay una nena que gira, Liberarte. Buenos Aires, 1988.
La literatura de Irma Verolín camino por el filo preciso de un cuchillo que separa la realidad de la ficción. Por ese motivo, podemos afirmar que se trata de una literatura autorreferencial, con los procesos de ficcionalización necesarios para presentarnos sus creaciones como pequeñas confesiones dichas en voz baja. El uso de la primera persona –frecuente en su universo literario- convence al lector para pactar con la magia de la historia narrada, y lo instala en el centro de los acontecimientos. Enrique Solinas. http://elincendio.blogspot.com/
Ella dijo:
Me crié en un barrio, Floresta, en el que la cultura no era muy cotidiana. La cultura era el tango, la televisión no ocupaba el primer puesto en la casa. Pero yo tenía una actriz que apareció en medio de esa especie de suburbio y vino de no sé dónde y me llevó al teatro. Y yo de golpe como las mujeres del tango, aparecí en el centro de Buenos Aires entre los bastidores del teatro San Martín. Los primeros textos que percibí fueron textos que me llegaron oralmente, los grandes textos: Lorca, Chejov, Ibsen y mucho del grotesco criollo. Toda esa lírica del gran teatro yo la mezclaba con el barrio, la señora con ruleros. Entrevista con Canela. Centro Cultural Recoleta, 1 de octubre de 1994.
La luz de la tarde se había ido achicando hacia atrás y hacia abajo, como si algo muy desde el fondo se la hubiese tragado. Poco a poco y, al parecer, medio mordida por el fondo, se había aferrado a un azul, a un lila, hasta convertirse en noche.
Ahora, por fin, yo estaba en mi pieza, cerca de la ventana con las cortinas descorridas, mirando detenidamente la noche que, sin lugar a dudas, era inmensa. Nadie pero nadie me hubiera podido quitar la idea de que la noche era más grande que no sé qué. Estaba totalmente segura de que, más allá de cada uno de los cuatro lados de la ventana, la noche, con su tamaño descomunal, continuaba. Tenía la certeza de que nunca podría terminarse en los costados de aquel rectángulo porque, además, había aprendido que las cosas oscuras tienen la costumbre de confundirse con su sombra, razón por la cual la sombra acaba finalmente confundiéndose con ellas. También sabía que la sombra de la sombra se confunde con la sombra. Y así hasta el cansancio.
De modo que, aunque pobremente reducida a un rectángulo, la noche se presentaba frente a mí y, allá adelante, al mirarla, me encontraba: en el vidrio oscurecido aparecía el reflejo de mi cara, redonda, alegre, con sus grandes ojos. De pronto, en el comedor, sonó el teléfono. Giré la cabeza. Entonces me quedé mirando el picaporte de la puerta con mucha atención. Brillaba. Era de bronce y brillaba con lujo y alarde. Yo seguía mirándolo cuando fue presionado y entró la abuela. Ella tenía los ojos enrojecidos; estuvo apoyada contra el marco de la puerta durante un rato. Luego espiró el rectángulo de la ventana y, ahí mismo, en ese preciso instante, me pareció que los ojos se le caían de la cara. Quizá se le cayeron porque bajó de repente la cabeza y ya no pude vérselos. En seguida dijo:
Tu mamá se fue al cielo.
Sin levantar la cabeza, la abuela salió. La puerta, al cerrarse, produjo un ruido seco, feo. Volví a mirar la ventana. Contemplé la sombra de la sombra de la sombra de la noche mientras la chica de cara redonda y ojos grandes me miraba a mí. No era fácil entender qué había querido decirme la abuela. Y, a lo mejor, entre otras cosas, para averiguar si aún estaban los ojos en su cara, le pedí con voz bien fuerte para que me escuchara:
Abuela, abuela, traéme un vaso de agua. Tengo sed.
Como la abuela no vino yo pensé que se la había tragado el fondo que había convertido la tarde en noche. O que andaría por allí, entre el desparramo de sombras, preocupadísima, buscando sus ojos.
http://www.ficticia.com/cuentos/iveronilnocheinmensa.html
Más sobre Irma Verolín en http://bibliotecavirtualmie.blogspot.com/2010/08/verolin-irma.html y en su blog http://espiraldesaraswati.blogspot.com/